El capitán navío entró a su camarote y tomó un libro de recortes y anotaciones, bebió lo último del vaso, y lo abrió en una página al azar.
No pensó en nada de lo que veía. Se vio acariciando la cabeza de un caballo en un campo que no conocía y en el fondo de la escena una cabaña de madera y unos viejos tocando la guitarra. No escuchaba la música, solo la respiración del caballo y la sensación de soledad que le transmitía la mirada de animal.
En ese momento, le hubiese gustado escuchar una canción de circo, o estar frente a una fogata en la montaña.
Le dolían las manos, había estado toda la tarde recogiendo las redes y estas le habían provocado pequeños cortes que ahora le causaban una quemazón insoportable.
La cama sobre la cual estaba sentado ya no era la misma de siempre. Su espalda se lo hacia saber mas de una vez por día.
El perro estaba afuera acostado junto a su tarro vació de comida y las olas golpeaban con fuerza el casco del barco..

Ellos salieron otra vez juntos. Siempre consumían alcohol y drogas pero ese no era el objetivo principal de sus salidas, nunca.
Se reían juntos y en realidad ninguno estaba demasiado interesado en el otro. Solo eran mutua compañía.
Una noche el le dijo: siento ganas de llorar – y se miraron a los ojos un rato y después cada uno agarro su vaso y termino el vino que. a ninguno le gustaba las copas.
La noche era fría y la gente del lugar, estaba alegre y tenia ganas de conversar. Predominaba gente mayor de 40, mesas de madera y servilletas de papel, y quizás por equivocación algunas mesas tenían velas.
El pensaba en un muelle en un barco, en un lugar desconocido, en dejar todo y empezar de nuevo.
Ella en cambio, en sus libros, en sus estudios y en su nueva casa.
_ ¡jajaja... noo, te queda súper bien! Le dijo, mirando hacia otra parte.
La terraza era genial, aunque en un barrio en el que no había casas alrededor, solo fábricas y muchas de ellas abandonadas.
Ella se acomodó el pelo otra vez y bajo las escaleras para ir a la habitación, donde estaba el espejo mas grande de la casa.
A ella le encantaban las multitudes, los aplausos de la gente en un teatro y correr.
Comía poco y se notaba, mas que nada en su cara. Su trabajo era una mierda, ella lo decía todo el tiempo. Pero era una chica a la que no le gustaba tomar riesgos, así que seg .
Creo que esa noche no salieron, se quedaron en la casa tomando vino y mirando una película o escuchando algún disco que habían bajado.
Unas horas después se cortó la luz e hicieron el amor.

 

 

 

el cielorraso se había convertido en una mierda, así le decía él, que lo único que hacia era arrepentirse de haber vuelto a su país después de haber estado en varias partes en las que nunca se había terminado de sentir “como en su casa”.
Había alquilado unas películas y pensaba quedarse en casa. Y sentado en el sillón miraba el a su alrededor y recapitulaba los últimos tres o cuatro años de su vida. Los libros que estaban apilados sobre el televisor le recordaban tiempos mas felices. Aunque ahora no le iba nada mal. Tenía chica, casa y dinero.
Sonó el teléfono, hablo quince minutos, se puso un saco que había comprado esa tarde y salio apurado.

 

una foto recortada, un señor con su perro y ella otra vez, vestida para salir. Estaba vacía. Toda la tarde lo único que había hecho era tomar agua y comer galletitas. No la satisfacía nada de su vida actual y esa tarde sin pensarlo se había llevado uno de los vinos mas caros de la vinoteca. Estaba un poco arrepentida pero cuando se sirvió la primera copa, el arrepentimiento murió.
Oh! Se decía, no deberías estar haciendo esto... y reía a carcajadas en la soledad de su departamento, que por cierto necesitaba cortinas y un sillón donde sentarse y no hacer nada.
Esa mañana se había encontrado una cámara digital en un taxi y mientras tomaba el vino pensó en salir a ver la noche y tomar algunas fotografías.

 

JL