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De Norteamérica toda

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De Cache Creek a Chilliwack hay entre 600 a 800 km, no estoy seguro. Los camioneros no tienen permitido levantar gente en la ruta… a no ser que sean los dueños del camión y tengan ganas de llevarte, como en este caso.
En Cache Creek no hay nada, es casi un desierto y todos visten sombrero de cowboy. Este tipo paró cuando el Sol se estaba ocultando y me ahorró el pernocte debajo de un puente.
A pesar de mi inglés básico de aquellas épocas, el tipo se las arregló para contar chistes y explotar a carcajadas. Un grande.
Me dejó en una parada de camiones, ya de noche, en Chilliwack y me quedé en una cafetería Tim Horton’s 24hs que son como un virus fuera de control en Canadá. No tenía ni bolsa de dormir, ni carpa ni plata ni nada, estaba regalado al azar.
La cafetería resultó ser la parada preferida de los ratis de turno, que entraban cada dos por tres a comprar donas, tomar café y hablar con los empleados. “Viste que bueno que esta el nuevo Taser?”.
Tiré toda la noche con mi café de $1,20 mientras leía los diarios de la semana.
A las 5 de la mañana volví a la ruta y después de un rato paró un paramédico que iba para Burnaby. Ahi me bajé, me tomé el subte y que me dejó en la esquina de mi casa. Saludé al gato del vecino y abrí la puerta del sótano de la calle 14 y me fui a dormir. Todo eso por allá cuando vivía en BC.

Girando en falso

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Los días y las noches se diluían detrás de las ventanas sucias allá por Quebec o New Brunswick, no me acuerdo.

Martes, sábados, jueves envueltos en una nube de polvo confundidos por el Sol del mediodía o la Luna brillante que iluminaba la ruta que se extendía hacia el Este, en los últimos días del verano.
La camioneta avanzaba a un ritmo parejo y adormecedor, como un somnífero rodante e infalible. Sin embargo,  era el boleto asegurado para avanzar y no esperar nada.Destruyendo cualquier plan, haciendo esculturas  con billetes al costado del camino, saludando con el cartel de Nova Scotia en la mano, ahí estábamos antes.

Solo un par de donas azucaradas de regalo al final del día te podían sacar una sonrisa.Agua caliente gratis para nuestros saquitos de té en la cafetería donde sentarse no costaba nada.  Dando vueltas para nunca llegar, riendo mientras se pueda, esquivábamos la melancolía del ayer sentándonos a ver los camiones pasar detrás del vidrio u oler el café recién hecho de la mañana.

Mientras rola la perinola

Poco antes de que los “Idlers” frenaran, yo estaba a las puteadas al costado de la ruta 1, a 50km de las afueras de Winnipeg tratando de conseguir un viaje otra vez.

La inmensidad del paraje, una llanura interminable rodeada de pantanos inundados bajo un cielo inmenso y azul, me chupaba las esperanzas y me hacía sentir invisible a los conductores que me pasaban a 150 por hora por la ruta de doble mano sin siquiera mirarme. Me sentía parado en una pista de aterrizaje.

Había llegado ahí varias horas antes, cuando una chica que iba a sacarse una muela a la comunidad menonita donde solía vivir, frenó ante mis señas en la intersección frente a la estación de servicio. En ese momento estaba en el lugar perfecto para hacer dedo, entre un cruce de calles, un semáforo y una parada de camiones en las afueras de la ciudad.

Y el auto de esta chica fue el primero en pasar cuando llegué a la ruta y el primero en frenar también. Un destartalado Chevette celeste con asientos de cuero blanco, que contrastaba con la modernidad y la comodidad de los asientos de las camionetas Dodge Caravan a las que me tenía acostumbrado la ruta canadiense. idlers_van_b

No me acuerdo su nombre pero lo primero que me dijo fue que donde ella iba imperaba una ley “seca” que prohibía cualquier tipo de bebida alcohólica y que era el lugar “más aburrido del planeta”. Pero hacía muchos años que no vivía allí y que solo iba para ir al dentista, porque era más barato que en Winnipeg y además lo conocía de toda la vida. Todo esto diciéndolo con una gran sonrisa y unos dientes blancos como la nieve que parecían querer apoderarse de su cara.

Después de cuarenta y cinco minutos de viajar entre máquinas pavimentadoras, el auto se detuvo antes de una intersección. Ella se despidió y yo me bajé saliendo por la ventana porque la puerta se había trabado y no había otra forma de salir.

El Chevette acelero en la curva y lo vi desaparecer a lo lejos, humeando. Miré a mi alrededor y me di cuenta de que estaba jodido. No pude evitar mal decirme por haber cambiado el lugar donde estaba por un paraje desértico en el medio de la nada.

Crucé la autopista en dirección Este hacia el otro lado de la intersección, pasando por debajo de un puente de cemento, donde en un charco había un pantalón de jean embarrado y me dispuse a esperar con el pulgar sobre la ruta.

Después de una hora o dos sin suerte, me senté sobre la mochila y me comí un sándwich de queso, pensando en que iba a estar ahí para siempre.

Hacía un rato le había hecho señas a un auto que pasaba por un camino rural cerca de de donde estaba y este se había detenido pero yo no tenía forma de llegar; entre el camino y yo, un pantanal cubierto de yuyos me hacía imposible cruzar.

Me quedé una hora más, hasta que la impaciencia me ganó de mano y empecé a caminar hacia unas torres metálicas que creía que pertenecían a una granja. y Pensaba esperar la salida de alguna camioneta del lugar y pedir que me lleven. Más o menos así era el plan.

Antes de empezar la caminata, que supuse me tomaría al menos dos horas, cubrí la mochila con mi toalla amarilla como tratando de hacerme visible a los somnolientos conductores y evitar que un atolondrado me pase por arriba sin siquiera haberme visto.

Mientras caminaba, extendí el brazo y puse el dedo en la ruta. Como si la mano fuese ajena a mi cuerpo y me estuviese diciendo, ¡dale! para empujarme a través de la negatividad. Casi instantáneamente, los pasos me hicieron sentir mejor y empecé a disfrutar de la caminata sin pensar demasiado en nada. Dos minutos después, una camioneta verde se detenía con convicción diez metros delante mío.

Corrí hacia la van mientras me reía a carcajadas de mi suerte. Al llegar la puerta corrediza del medio ya estaba abierta y les pregunté, por costumbre, hacia dónde iban, a lo que respondieron: St John’s.

¡Mierda! me dije y antes de subir vi una pintada en la ventana de la camioneta que decía “The Idlers, one future tour”.

Los Idlers resultaron ser una banda de reggae “semi-profesional” que había terminado su gira por Canadá y estaban de regreso a su casa en la ciudad de St. John’s en la provincia de Newfounland. Ahí se termina la ruta 1 y también es el punto más al este de Norteamérica, después de eso, solo queda subirse a un barco y cruzar el atlántico… si es que se quiere seguir más al este, claro.

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De la banda solo quedaban tres de los diez que la conformaban. El resto había vuelto en avión para regresar a sus trabajos. En la camioneta también viajaba otra persona, Francoise, un vagabundo de la ciudad de Vancouver con el que curiosamente había hablado con anterioridad en el Stanley Park de Vancouver mientras juntaba latas en la calle junto a su perro, antes de irse al valle a recoger manzanas. El iba rumbo a Quebec, más precisamente a Iles de la Madeleine, bien cerca del límite con Nova Scotia, donde había nacido y su hermano todavía vivía ahí.

La camioneta arrancó y el ruido del motor enmudeció nuestras conversaciones. Me acomodé en uno de los asientos del fondo, entre cajas de instrumentos, cables, parlantes, tazas de café vacías y bolsas de dormir; y me dediqué a mirar por la ventana y disfrutar del paisaje de la provincia de Ontario mientras nos alejábamos de la intersección que me había tenido de rehén durante un buen rato.

60 años después

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Esa mañana levanté la carpa un poco después de que salió el Sol y caminé hasta la ruta 1 para tratar de encontrar el pasaje a la ciudad de Calgary, a más o menos cuatrocientos kilometros de donde estaba.

La noche anterior el “maestro mecánico” me había dejado en el estacionamiento de un local de hamburguesas a la salida de la ciudad de Revelstoke. “Maestro mecánico, porque no hay nada que no pueda reparar” me había dicho con su voz carrasposa y sudando como loco, poco después de que me hubiese subido a su Pontiac verde modelo ’87, allá por Nakusp bajo el Sol del mediodía, cuando parecía que iba a quedarme a vivir en el lugar y los incendios forestales iban a terminar con los bosques del lugar.
Antes de entrar al local, me sugirió algunos lugares donde pasar la noche que él había usado cuando cruzaba el país a dedo durante los ’70s, pero los fui a buscar y obviamente ya no existían.
Terminé trepando una loma donde cruzaban las vías del tren para poder ver el lugar desde otro punto de vista.
El pueblo era casi tan grande como el centro comercial del lugar, un río a su lado y más allá árboles que formaban un bosque bastante joven. Bajé por la entrada al pueblo donde dos osos pardos tallados en piedra recibían a los visitantes preguntándome para donde ir.
Finalmente acampé del otro lado de unos puentes que cruzaban el río, una versión en miniatura de los siete puentes de Avellaneda, cerca de las vías del tren y el río Columbia, entre los árboles que daban al comienzo de un sendero. Cociné unos fideos frente al río mirando los trenes de mercancías pasar y antes de que oscureciera colgué la bolsa con la comida en un árbol y me fui a dormir temprano.
En la mañana, desarmé la carpa, me lavé la cara en el río y crucé el pueblo otra vez, para salir a la intersección de la ruta con rumbo este. Dejé la mochila poco después del ultimo semaforo, saqué el dedo y me dediqué a esperar. Un rato antes me había comprado unas facturas en una cafetería del centro comercial, acto que consideré un lujo dado el presupuesto que tenía y para cuando las había terminado, un camión amarillo con un caballo aerografeado en la cabina ya había frenado unos metros después. Corrí hasta donde había parado y me trepé a la cabina sin dudarlo. Era el pasaje directo a Calgary.
Tiré la mochila en el fondo y me senté en el asiento del acompañante. William, el conductor, era un inglés que trabajaba para la armada británica y también para la embajada de USA en Baghdad. No hacía mucho había vuelto de Iraq para armar un establo en la isla de Vancouver y trabajar en su propia empresa de repartos con su camión.

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Las cosas parecían no estar yendole muy bien y esperaba un llamado que le confirmaría si en dos meses volvería a ser chofer para la embajada de Estados Unidos en Iraq, un trabajo con un sueldo mensual de once mil dólares. De esa forma podría continuar pagando su hipoteca al banco y retirarse más tarde, al oeste canadiense y dedicarse a la cría de caballos, lejos del ruido de las bombas y el calor del medio oriente.
Se había enrolado en la armada por tradición familiar y no dudaba en enumerar las bondades de la educación militar inglesa en donde “el respeto y la buena educación son prioridad.” Aunque no se le movía un pelo cuando se refería al pueblo iraquí como “those fuckin’ bastards” o criticaba a la armada de Estados Unidos diciendo que solo servían para dar vuelta hamburguesas en Mc Donald’s.
Me pidió permiso para subir el volumen de la canción que sonaba en el estéreo que decía algo como: “Country road/ Take me home/to the place I belong” y aproveché para sentarme en la parte trasera para estirar las piernas, hacer unos dibujos y disfrutar de la ruta que atravesaba las montañas rocosas para cruzar a la provincia de Alberta, en un día soleado en donde iba saliendo todo perfecto.

Comunicado inútil

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Mientras revolvía la basura buscando alguna idea, encontré una vieja petaca, que para mi sorpresa todavía tenia vodka adentro. Serví un generoso trago en una pequeña tacita china que le habían regalado a mi novia para su cumpleaños y fui a mear.
Cuando regresé, sobre el borde reposaban dos mosquitas, de esas que revolotean sobre frutas y verduras, pero que también merodean a veces a tu alrededor.
Estaban una frente a la otra, como hipnotizadas por sus miradas. Estimuladas quizás, por el vaho que emitía el vodka barato, comenzaron a frotarse suculentamente sobre el borde que a escala humana seria el equivalente a una mesa de un café porteño. Una escena repulsiva, si a esto le agregamos el color rojizo de sus pequeños cuerpos infectos y peludos. Como dos perros en celo pegados se revolcaron por las alturas de la tacita, como en un intento de prolongar su especie al infinito.
De un par de manotazos frené la escena en seco, como un policía de otra galaxia y las mosquitas se esfumaron entre los recovecos de la alacena.

Sin dudarlo, me tomé un buen sorbo de vodka, sabiendo que no era la primera vez que un ser infecto se baboseaba sobre algo que me iba a llevar a la boca y que los químicos de los productos con los que limpiaba esa misma taza, se estaban encargando de pagar la hipoteca de algún cáncer o enfermedad corrosiva latiendo en mi interior, con ganas de implotar en un futuro cercano. En otras palabras, me parecían mucho más dañinos que la minúscula pareja.
Les escuché zumbar, como una risa cómplice, por detrás de un paquete de arroz, y me hicieron recordar las plegarias taladrantes que, parado sobre el cemento de una intersección de avenidas muy transitadas, escuché mientras esperaba a que el semáforo me de paso.

Un gemido balbuceante, un murmullo incomprensible que comenzó a derretirme el tímpano. A mi izquierda una señora gorda en sus cuarentas sostenía un rosario dorado que presionaba animosamente con ambas manos sobre su remera blanca como las nubes de ese día. Me miraba mientras el sudor le rodaba por la frente y sus cachetes, mientras que vociferaba una especie de mantra cristiano que a medida que fueron pasando los segundos comencé a escuchar cada vez más: ¡Gracias al señor por este hermoso cielo azul, gracias, gracias! ¡Gracias por el sol brillante que se ríe en lo alto y nos baña con su luz y calor. ¡Aleluya, mis gracias al Señor!
Se despabiló del mantra y me dijo: ¿No es terrible lo que le paso a Michael? ¡Ay, pobre Michael! (A una semana de la muerte de Michael Jackson) Su cara cambió bruscamente, como si recordar la muerte de su ídolo fuese como una cachetada de realidad, y continuó diciéndome con expresión de odio: ¡Aghh, que se vaya a la mierda! Estuve llorando como una semana sin parar por él y… ¡Al carajo! me cansé, me dije, él está en el cielo junto al Señor y yo acá, teniendo que pagar mis cuentas, trabajando todo el día por nada, una hipoteca que me asfixia, el by pass de mi perro, la gripe aviar y mfffrr, ¡quien sabe cuantos castigos más! ¿y por qué, eh? ¡Qué hemos hecho para recibir semejantes castigos Señor! Libranos de esta constante agon…
El semáforo me dió paso y me escabullí a sancazos entre la multitud, imaginando que todo había sido parte de un espejismo siniestro.
A pesar de haberme alejado varios metros, todavía podía escuchar las plegarias taladrándome la nuca. Llegué al otro lado, destrabé mi bicicleta y pedaleé rápido por el callejón que da al Mac Donald’s, donde los homeless tomaban café y contaban monedas de un centavo. Pude llegar a ver como uno de ellos formaba una carita sonriente con las monedas sobre la mesa y la cara avejentada de otro reflejada en rojo por el neón de un local de la avenida.

Pero no interrumpí el coito de dos espurios especímenes de la fauna metropolitana para sentarme acá a mofarme de su pequeñez y debilidad, de lo fácil que fue deshacerme de ellos con un simple abanicar de palmas; o tartamudear una anécdota errante y suburbana sobre un perturbado fanático del difunto Jackson.

O quizá sí, no sería la primera vez que me siento y escribo un comunicado inútil. Como si fuese un náufrago metiendo una hoja en blanco adentro de una botella para luego arrojarla al mar. La verdad es que ya no importa.

En fin, todas las cosas, las de la imagen y también otras que no están en cuadro, se fueron apilando rápidamente como el reflejo materializado de nuestras vidas absurdas a lo largo de este tiempo de habitante de las cavernas, o “basements”, como les llaman acá. Pero ahora, sin embargo y con alegría, tengo que deshacerme de todo, ya que el viento sopla nuevamente y el barco se empieza a mover.
También las ganas de apilarlo y quemarlo todo, reducirlo a cenizas para salir corriendo al bosque, a la montaña, al desierto o a esconderse entre las alcantarillas, ideas que siempre tienen varias fichas y más a esta altura de la madrugada, donde el vodka es más que un amigo.
Pero como ya sabemos que lo que para uno es una caja para el otro es una silla; un auto abandonado, un cuarto de hotel; una botella rota, un candelabro; la mayoría de las cosas que no necesito llevarme son gratis y con el dinero de lo que se vende o lo que se pueda vender, lo usaré para remendar algunas velas del barco y así partir rumbo al Este por la autopista transcanadiense hasta chocar con el Atlántico norte y ver de que color son las gaviotas por allá o arrojar piedras al agua, uno de mis pasatiempos favoritos.