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Girando en falso

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Los días y las noches se diluían detrás de las ventanas sucias allá por Quebec o New Brunswick, no me acuerdo.

Martes, sábados, jueves envueltos en una nube de polvo confundidos por el Sol del mediodía o la Luna brillante que iluminaba la ruta que se extendía hacia el Este, en los últimos días del verano.
La camioneta avanzaba a un ritmo parejo y adormecedor, como un somnífero rodante e infalible. Sin embargo,  era el boleto asegurado para avanzar y no esperar nada.Destruyendo cualquier plan, haciendo esculturas  con billetes al costado del camino, saludando con el cartel de Nova Scotia en la mano, ahí estábamos antes.

Solo un par de donas azucaradas de regalo al final del día te podían sacar una sonrisa.Agua caliente gratis para nuestros saquitos de té en la cafetería donde sentarse no costaba nada.  Dando vueltas para nunca llegar, riendo mientras se pueda, esquivábamos la melancolía del ayer sentándonos a ver los camiones pasar detrás del vidrio u oler el café recién hecho de la mañana.

Errándole al tarro

trompeta

La muchedumbre silba una canción de tono victoriosa a pesar de la derrota, lo único que llego a distinguir son unas algas negras q se bambolean de la risa.
De repente,  siento el calor de las llamas como en Tokio del ’88, ¡pero no!,es el frío del invierno y el salpicar de olas que me derrite las manos, ¡Jesús!
La desesperación y el lamento de las lágrimas rojas brotantes de mis dedos desaparecen bajo el agua y se sumergen como una silla rota. Me vuelvo a casa a paso ligero con cara de chiste malo, deseando que las gotas rojas encuentren ese lugar desde donde los pescadores no regresan.

En una calle cualquiera, de una ciudad cualquiera

thebattery

Las olas y las nubes azotan
la oscuridad para parapetarse
en lo más alto de su insolencia,
gaviotas, cuervos y algún perro
extraviado
ni se inmutan por el proceder
de los fenómenos meteorológicos,
y deambulan de aquí para allá
escarbando esqueletos
o sacudiéndose el polvo,
¡temperaturas bajo cero!
se me cruza gritarles,
pero que va,
si yo estoy ahogado
en penumbras que ni
las vocales me sale
contarte,
mientras el despelote sigue allá abajo
ffffffsshhhh, jashhhhh, mmbbbgggrrrrrr,
las olas arremeten revolucionariamente contra los
cimientos de madera
de algunas de las casas
en las escollera.

Mientras rola la perinola

Poco antes de que los “Idlers” frenaran, yo estaba a las puteadas al costado de la ruta 1, a 50km de las afueras de Winnipeg tratando de conseguir un viaje otra vez.

La inmensidad del paraje, una llanura interminable rodeada de pantanos inundados bajo un cielo inmenso y azul, me chupaba las esperanzas y me hacía sentir invisible a los conductores que me pasaban a 150 por hora por la ruta de doble mano sin siquiera mirarme. Me sentía parado en una pista de aterrizaje.

Había llegado ahí varias horas antes, cuando una chica que iba a sacarse una muela a la comunidad menonita donde solía vivir, frenó ante mis señas en la intersección frente a la estación de servicio. En ese momento estaba en el lugar perfecto para hacer dedo, entre un cruce de calles, un semáforo y una parada de camiones en las afueras de la ciudad.

Y el auto de esta chica fue el primero en pasar cuando llegué a la ruta y el primero en frenar también. Un destartalado Chevette celeste con asientos de cuero blanco, que contrastaba con la modernidad y la comodidad de los asientos de las camionetas Dodge Caravan a las que me tenía acostumbrado la ruta canadiense. idlers_van_b

No me acuerdo su nombre pero lo primero que me dijo fue que donde ella iba imperaba una ley “seca” que prohibía cualquier tipo de bebida alcohólica y que era el lugar “más aburrido del planeta”. Pero hacía muchos años que no vivía allí y que solo iba para ir al dentista, porque era más barato que en Winnipeg y además lo conocía de toda la vida. Todo esto diciéndolo con una gran sonrisa y unos dientes blancos como la nieve que parecían querer apoderarse de su cara.

Después de cuarenta y cinco minutos de viajar entre máquinas pavimentadoras, el auto se detuvo antes de una intersección. Ella se despidió y yo me bajé saliendo por la ventana porque la puerta se había trabado y no había otra forma de salir.

El Chevette acelero en la curva y lo vi desaparecer a lo lejos, humeando. Miré a mi alrededor y me di cuenta de que estaba jodido. No pude evitar mal decirme por haber cambiado el lugar donde estaba por un paraje desértico en el medio de la nada.

Crucé la autopista en dirección Este hacia el otro lado de la intersección, pasando por debajo de un puente de cemento, donde en un charco había un pantalón de jean embarrado y me dispuse a esperar con el pulgar sobre la ruta.

Después de una hora o dos sin suerte, me senté sobre la mochila y me comí un sándwich de queso, pensando en que iba a estar ahí para siempre.

Hacía un rato le había hecho señas a un auto que pasaba por un camino rural cerca de de donde estaba y este se había detenido pero yo no tenía forma de llegar; entre el camino y yo, un pantanal cubierto de yuyos me hacía imposible cruzar.

Me quedé una hora más, hasta que la impaciencia me ganó de mano y empecé a caminar hacia unas torres metálicas que creía que pertenecían a una granja. y Pensaba esperar la salida de alguna camioneta del lugar y pedir que me lleven. Más o menos así era el plan.

Antes de empezar la caminata, que supuse me tomaría al menos dos horas, cubrí la mochila con mi toalla amarilla como tratando de hacerme visible a los somnolientos conductores y evitar que un atolondrado me pase por arriba sin siquiera haberme visto.

Mientras caminaba, extendí el brazo y puse el dedo en la ruta. Como si la mano fuese ajena a mi cuerpo y me estuviese diciendo, ¡dale! para empujarme a través de la negatividad. Casi instantáneamente, los pasos me hicieron sentir mejor y empecé a disfrutar de la caminata sin pensar demasiado en nada. Dos minutos después, una camioneta verde se detenía con convicción diez metros delante mío.

Corrí hacia la van mientras me reía a carcajadas de mi suerte. Al llegar la puerta corrediza del medio ya estaba abierta y les pregunté, por costumbre, hacia dónde iban, a lo que respondieron: St John’s.

¡Mierda! me dije y antes de subir vi una pintada en la ventana de la camioneta que decía “The Idlers, one future tour”.

Los Idlers resultaron ser una banda de reggae “semi-profesional” que había terminado su gira por Canadá y estaban de regreso a su casa en la ciudad de St. John’s en la provincia de Newfounland. Ahí se termina la ruta 1 y también es el punto más al este de Norteamérica, después de eso, solo queda subirse a un barco y cruzar el atlántico… si es que se quiere seguir más al este, claro.

musica


De la banda solo quedaban tres de los diez que la conformaban. El resto había vuelto en avión para regresar a sus trabajos. En la camioneta también viajaba otra persona, Francoise, un vagabundo de la ciudad de Vancouver con el que curiosamente había hablado con anterioridad en el Stanley Park de Vancouver mientras juntaba latas en la calle junto a su perro, antes de irse al valle a recoger manzanas. El iba rumbo a Quebec, más precisamente a Iles de la Madeleine, bien cerca del límite con Nova Scotia, donde había nacido y su hermano todavía vivía ahí.

La camioneta arrancó y el ruido del motor enmudeció nuestras conversaciones. Me acomodé en uno de los asientos del fondo, entre cajas de instrumentos, cables, parlantes, tazas de café vacías y bolsas de dormir; y me dediqué a mirar por la ventana y disfrutar del paisaje de la provincia de Ontario mientras nos alejábamos de la intersección que me había tenido de rehén durante un buen rato.

60 años después

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Esa mañana levanté la carpa un poco después de que salió el Sol y caminé hasta la ruta 1 para tratar de encontrar el pasaje a la ciudad de Calgary, a más o menos cuatrocientos kilometros de donde estaba.

La noche anterior el “maestro mecánico” me había dejado en el estacionamiento de un local de hamburguesas a la salida de la ciudad de Revelstoke. “Maestro mecánico, porque no hay nada que no pueda reparar” me había dicho con su voz carrasposa y sudando como loco, poco después de que me hubiese subido a su Pontiac verde modelo ’87, allá por Nakusp bajo el Sol del mediodía, cuando parecía que iba a quedarme a vivir en el lugar y los incendios forestales iban a terminar con los bosques del lugar.
Antes de entrar al local, me sugirió algunos lugares donde pasar la noche que él había usado cuando cruzaba el país a dedo durante los ’70s, pero los fui a buscar y obviamente ya no existían.
Terminé trepando una loma donde cruzaban las vías del tren para poder ver el lugar desde otro punto de vista.
El pueblo era casi tan grande como el centro comercial del lugar, un río a su lado y más allá árboles que formaban un bosque bastante joven. Bajé por la entrada al pueblo donde dos osos pardos tallados en piedra recibían a los visitantes preguntándome para donde ir.
Finalmente acampé del otro lado de unos puentes que cruzaban el río, una versión en miniatura de los siete puentes de Avellaneda, cerca de las vías del tren y el río Columbia, entre los árboles que daban al comienzo de un sendero. Cociné unos fideos frente al río mirando los trenes de mercancías pasar y antes de que oscureciera colgué la bolsa con la comida en un árbol y me fui a dormir temprano.
En la mañana, desarmé la carpa, me lavé la cara en el río y crucé el pueblo otra vez, para salir a la intersección de la ruta con rumbo este. Dejé la mochila poco después del ultimo semaforo, saqué el dedo y me dediqué a esperar. Un rato antes me había comprado unas facturas en una cafetería del centro comercial, acto que consideré un lujo dado el presupuesto que tenía y para cuando las había terminado, un camión amarillo con un caballo aerografeado en la cabina ya había frenado unos metros después. Corrí hasta donde había parado y me trepé a la cabina sin dudarlo. Era el pasaje directo a Calgary.
Tiré la mochila en el fondo y me senté en el asiento del acompañante. William, el conductor, era un inglés que trabajaba para la armada británica y también para la embajada de USA en Baghdad. No hacía mucho había vuelto de Iraq para armar un establo en la isla de Vancouver y trabajar en su propia empresa de repartos con su camión.

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Las cosas parecían no estar yendole muy bien y esperaba un llamado que le confirmaría si en dos meses volvería a ser chofer para la embajada de Estados Unidos en Iraq, un trabajo con un sueldo mensual de once mil dólares. De esa forma podría continuar pagando su hipoteca al banco y retirarse más tarde, al oeste canadiense y dedicarse a la cría de caballos, lejos del ruido de las bombas y el calor del medio oriente.
Se había enrolado en la armada por tradición familiar y no dudaba en enumerar las bondades de la educación militar inglesa en donde “el respeto y la buena educación son prioridad.” Aunque no se le movía un pelo cuando se refería al pueblo iraquí como “those fuckin’ bastards” o criticaba a la armada de Estados Unidos diciendo que solo servían para dar vuelta hamburguesas en Mc Donald’s.
Me pidió permiso para subir el volumen de la canción que sonaba en el estéreo que decía algo como: “Country road/ Take me home/to the place I belong” y aproveché para sentarme en la parte trasera para estirar las piernas, hacer unos dibujos y disfrutar de la ruta que atravesaba las montañas rocosas para cruzar a la provincia de Alberta, en un día soleado en donde iba saliendo todo perfecto.

Esquivando el tropezón

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Ese día me desperté inusualmente temprano, a eso de las cinco de la mañana; toda una rareza, ya que a esa hora me suelo ir a dormir en los días que todo está para arriba. Todavía no había salido el Sol y algunas estrellas seguían explotando con ganas, en el cielo que lentamente iba virando a un color azul oscuro intenso; indicios suficientes como para imaginar una mañana soleada, invitante a salir de la casa.
Dentro de mi habitación, el silencio se interrumpía con uno de los gatos de mi compañero de casa rascando la puerta de vidrio para entrar, después de haber pasado toda la noche afuera debatiendo asuntos gatunos, evadiendo enemigos o persiguiendo comida.
Lo podía ver desde la cama con sus patas delanteras rascando el vidrio, que da a un balcón de madera tipo terraza, donde hay desparramadas algunas macetas con plantas muertas y los árboles se trepan llamando la atención. De fondo, los barcos pesqueros descansan en la otra orilla de la bahía.
Aunque parecía apurado, se tomó su tiempo, acercando su hocico al exterior y olfateando, quién sabe qué, antes de saltar con sutileza gatuna al piso de madera para después salir corriendo y desaparecer detrás de los yuyos que crecieron detrás de una de las macetas.
Al cerrar, pude ver como un crucero gigantesco, que parecia un enorme árbol de Navidad a la deriva, entraba lentamente en la bahía, con sus luces de colores prendidas en la semioscuridad de la mañana. Mientras tanto, algunos pocos pasajeros ansiosos por llegar a tierra, se apoyaban en la baranda mirando la ciudad que los esperaba en tierra firme.
Pensando en cómo la basura era escupida por el crucero provocando una lluvia subacuática de desperdicios en algún lugar del océano, me vestí.
El árbol de maple, afuera, ya casi sin hojas por el otoño, parecía no tener nada que decir frente a mis diatribas mentales mientras se quedaba quieto sosteniendo algunas gaviotas que esperaban la salida del Sol para secar su plumaje.

Salí de la casa caminando despacio por el sendero que lleva a la cima del monte, no muy lejos, desde el que se puede ver como las olas golpean contra la orilla rocosa de la isla y también el horizonte, que del otro lado oculta a Europa. A esta altura el sendero es más bien una vereda que tiene la suerte de no tener una calle a su lado.
Al pasar por la puerta de uno de los vecinos, recordé que la noche anterior entre copas de gin y tónica, amablemente me había ofrecido recolectar algunas verduras de su jardín que de otro modo se echarían a perder por el invierno.
Eché una mirada de reojo y a pesar de la penumbra, se mostraba lleno de diferentes plantas comestibles y, casi inmediatamente, escribí una nota mental para de regreso, no olvidar cortar algunas.
Mientras avanzaba zigzagueando por el sendero, el día se fue aclarando rápidamente y los sensores de las lamparitas de las casas, detectando la luz, las apagaban de forma intermitente. Para cuando pasé la última de las viviendas, ya era de día, aunque el temprano augurio de buen clima estaba siendo aplacado por un puñado de nubes que tapaban el Sol y un viento que empezaba a soplar cada vez más fuerte y me obligaba a meter las manos en los bolsillos.
Sin embargo, seguí caminando impulsivamente hacia la cima del monte, mientras miraba la bandada de gaviotas sentadas en una gran roca mucho más abajo, cerca del agua, inmóviles; muy cerca de donde alguna vez hubo docenas de barcos pesqueros y ahora solo quedaba un muelle destruido como símbolo de una industria que se extinguía irremediablemente. El ir y venir incesante de las olas había hipnotizado a los pájaros, tal que sus cabezas iban y venían al compás de la marea, en un trance interminable.

Divagando en mis pensamientos, describiendo para mis adentros las rocas y la vegetación que las cubría, los árboles y las plantas cerca de las piedras bajo el mar, terminé dejándome llevar por algunas ideas que en ese momento sonaban bien y no tenían nada que ver con mi entorno. Después de un rato la sensación habitual de que todos los cables están conectados en los lugares equivocados, comenzó a aflorar y a superponerse a otras ocurrencias, para finalmente, imponerse por sobre todo lo demás. Fue ahí que empecé a apurar el paso, saltando charcos, cortando camino fuera del sendero y por último corriendo. Lo que finalmente dio resultado, el cuerpo se acaparó la atención de mi mente y las voces oscuras de las conciencia se fueron aplacando hasta desaparecer en algún rincón del subconsciente.
Encaré una escalera con infinita cantidad de escalones a toda velocidad y al llegar al final estaba completamente agotado. Me incliné poniendo ambas manos en mis rodillas con el corazón saliéndoseme del pecho. Podía escuchar a las gaviotas chirriando, no muy alto en el cielo; sentir el viento frío que me daba en la cabeza o el mar entrando en una grieta de la montaña pero no podía ver nada. Todo estaba en blanco.

Me habré quedado solo unos minutos descansando metiéndome aire en los pulmones a más no poder, pero en ese momento parecieron los minutos más largos de todos los minutos en el mundo.

Un silbido perdido en algún lugar del sendero me devolvió a la realidad. La melodía, que era silbada con naturalidad y alegría, me sopapeaba y me ponía de nuevo en camino. Creo que por un segundo había pensado en volver después de tanta agitación, pero la canción me sedujo y me empujó a seguir en su dirección, así como las ratas siguieron al flautista hacia las afueras de Hamelin.
La perseguí hasta que casi llegando a la cima se detuvo. Pero ahora no importaba. Veía el mar, que parecía en una confusión interminable, bamboleándose de acá para allá, arremolinándose rabiosamente en cualquier rincón cerca de alguna cueva, escupiendo al cielo su saliva salada, trompeando grandes pesqueros que se atrevían a zapatear en una pista de baile infinita y que parecían perdidos entre tamaña inmensidad que ese día estaba de color azul. A lo mejor él también está confundido pensé, o tal vez este tratando de llamar la atención para decirnos algo… o podría ser tan solo, un momento de alboroto sin motivo alguno, ¿porqué no?
Me refugié detrás de una roca con forma de puño, una entre varias que estaban esparcidas en el lugar cuales restos de una escultura gigante destrozada por una tormenta de rayos.
De repente me puse a silbar la tonada, muy torpemente. Le pifié desde el principio hasta el final y en un rato ya estaba amasando cualquier otra canción, alejada de la original, que ahora había sido sepultada en el olvido con esta tonada tanguística que surgió así espontáneamente mientras fijaba mi vista en el horizonte, tratando de ver hasta donde la vista no llega, al momento que el pesquero seguía esquivando los patadones del agua.
El tanguismo navegaba entre Naranjo en Flor y Nocturno a mi Barrio, pero no le acertaba a ninguna de las dos ni por asomo, podría decirse que era una melodía original inédita con acompañamientos del viejo y cabrón atlántico norte.
Me acerqué al borde del acantilado y escupí un soberano gargajo, como empujando la melancolía tanguera al precipicio junto con las imágenes de cafés porteños, bondis fumantes fuera de borda, ciudadanos quejosos, tugurios con pizzas a la piedra y cervezas gigantes esperándote en una mesa en cualquier rincón de una ciudad laberinto, que se formatea incansablemente en su propia existencia logrando ser inagotable e infinita como lo es Buenos Aires.
El escupitajo desapareció en su viaje al agua y yo me levanté sediento para volver a la casa, recordándome nuevamente cortar algunas verduras en mi paso por el jardín del vecino y porque no, comprar unas cervezas en el almacén para tratar de que la mañana se cubra con un poco más de magia.

Muy lejos del planeta rojo

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Son las doce del mediodía y todavía no me fui a dormir. Un mamarracho blanco esférico brilla detrás de las nubes como una Luna radioactiva que se alegra de estar bien lejos de acá. A mis espaldas un lodazal abraza dos árboles muertos y la vegetación seca que los rodea se asoma por entre grietas de lodo como unos huesos tratando escapar de una tumba.
Un poquito más alto, un cuervo que posa sobre un cesto desbordante de basura abre el pico con ganas de decir ¡basta! pero en cambio le sale un sonido de tambor africano que les hace digerir bien rápido los panqueques matutinos a un grupo de señoras que tejen sentadas sobre unos bancos del parque.
Una de las señoras ha dejado de tejer y mira a los patos de la laguna que van y vienen con total desinterés mientras la gente desparrama sus perros que corren de acá para allá eyaculando alegría. Una rama cae en el agua y uno de los perros se zambulle, nada, la atrapa con su boca y regresa para devolvérsela a su dueño.
Detrás de la maraña de perros y dueños, unas personas parecen disfrutar del alboroto y se ríen a carcajadas, muy cerca de los cartones y diarios desparramados con los que alguien trato de evitar el frío de la noche anterior en el parque, donde una de las portadas dice con letras grandes “¡GANAMOS!” y muestra una foto del equipo local de hockey con los brazos en alto.
Dos pájaros miran impávidos toda la escena sobre el techo de una casa frente al parque cuando una de las ventanas se despedaza y unos pendejos huyen con bates de béisbol, vistiendo remeras de colores fluo, cruzando el parque en dirección a la estación de tren.
A pesar de todo la laguna negra sigue inmutable, enorme. Como un cráter lleno de petróleo, destella hermosa en la tarde y yo intento concentrarme en algún pensamiento que me aleje del lugar; el planeta rojo, las conversaciones ajenas en la pizzería o los zapatos de los vagabundos que duermen en la estación, casi como un ejercicio de meditación que me haga olvidar lo que me rodea. Pero una conversación por celular más allá del pantanal me da un sopapo de realidad:
-¿Diez mil? ¿Diez grandes?, 10 grandes está bien, fair enough.
Casi al mismo tiempo, un patrullero pasa zumbando, después otro y al rato otro más. ¡Ah, la vida!
Como tratando de escapar, un pato se sumerge bajo la oscura capa de agua dejando solo sus patas extendidas sobre la superficie. Las ondas que dejan sus movimientos se extienden sobre el agua hasta la orilla, donde la gente juega con sus perros. Varias ondas golpean la orilla como si fuesen su forma de comunicarse con la humanidad.
Otra pelota cae en la laguna, el Sol sale de entre las nubes, un labrador se zambulle, el cielo se despeja, el perro trae la pelota y todos están contentos.

Las alimañas de la nocturna

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Esta es una de esas noches infinitas en las que me acuerdo de todo muy tarde. Quizás las primeras luces tengan un efecto reminiscente en alguna parte de mi cerebro y es entonces cuando se me da por picotear el teclado buscando el chispazo azul.

Pero allá afuera, no tan lejos de acá, los bosques secos arden en una fiesta de luces en donde el calor baila junto con el fuego, mientras que el resto de los habitantes del bosque miran impávidos el espectáculo o algunos huyen despavoridos hacia sus refugios secretos y en el peor de los casos, rumbo a las montañas mutantes creadas por las grandes sanguijuelas corporativas.

En el cemento hace calor y mucho. Las noticias se derriten en los periódicos, chorreando párrafos del absurdo e invadiendo las calles con paranoia y sensacionalismo, como reflejando el balbuceo de un viejo senil en algún pasillo de un hospital público. La bola de la estupidez sigue rodando y agrandándose con el tiempo y los topos de la metrópolis, esos que caminan en dos patas, la siguen atrás a lo pavote, con cuchillo, tenedor y babero puesto. No vaya a ser cosa de atraparla y no poder probar bocado.

Pero en mi cueva las paredes sudan gris y eso hace que me olvide de los topos, las mentiras periódicas y todo lo que halla pudriendose allá afuera.

Aunque desde afuera se puede ver para acá adentro. Es así que los ojos del gato de la vecina cruzan el baldío para preguntarme que hacemos con nuestras vidas. Luego se dan la vuelta destellantes y saltan escondiéndose en los pastos altos del terreno sin interesarse siquiera por la respuesta, como sabiendo perfectamente que caemos en picada.

Mientras tanto la Luna se mezcla con el amanecer y es cuando recostado en el sillón sin saber que hacer, buceando en la penumbra con los pies colgando del apoya brazos y tapado a medias con mi campera azul, escucho a las alimañas ahí afuera, en el baldío. Son como niños salvajes expulsados de la escuela nocturna por no haber estudiado y sabérselo todo. Por lo cual ahora andan con mucho tiempo libre para martillar estrellas.
Criaturas casi invisibles, no se exponen a la luz del día por vergüenza a cruzarse con nosotros. Por eso viven entre hornos micro ondas descompuestos, motores de heladeras y tubos de televisores que alguna vez proyectaron fantasías y que ahora, duermen como esculturas abandonadas en el desierto en el baldío que da junto a mi ventana.
Las escucho escarbar para morder raíces suculentas y crujientes. Algunas son expertas buceadoras de bolsas de consorcio y otras simplemente tragan lo que se encuentran a su paso como verdaderas maquinas de reciclaje vivientes. Un espectáculo que no tuve el placer de presenciar pero que intuyo que ocurre en las cercanías de un pequeño lodazal de donde salen taladrantes onomatopeyas pornográficas.

Cada objeto nuevo arrojado a esa especie de zoológico carroñero es bienvenido con la alegría que un mendigo en la calle, recibe un cigarro y regala una anécdota infinita e intocable transformando las palabras en nubes inmutables que atraviesan el tiempo y cambian la vida de las personas que tienen el agrado de escucharla.

Pero yo sigo acá adentro. Como la criatura expulsada del charco por egoísta, que ahora se arrepiente y quiere deshacerse de todo sabiendo que los objetos carecen de valor alguno. Como decidida a cambiar algo que no sabe lo que es, pero reconoce que lo que hay huele a podrido. Como el tipo que sabe que la puerta esta abierta y sin embargo entra por la ventana. Casi como queriendo ser la ola que se llevó una botella y devolvió una ameba babeante y traslúcida.

Me siento en el sillón mientras las criaturas garabatean espásticas puteadas adentro de algún hueco en la tierra y me imagino ese océano de olas mágicas adentro de una botella de vodka, que como una escollera abrazada al oleaje, se encuentra erguida sobre la mesa.
En un intento por absorber parte de esa energía, me tomo un buen trago directo de la botella, esperando que una de las olas estalle adentro mío y deje escapar algunos pájaros de la jaula oxidada que cuelga en algún lugar dentro de mi.
Pero el vodka rápidamente me pone de buen talante, y como soy muy fácil, solo con eso me basta.

Una pluma azul se asoma y se hunde en el fondo de todo, escapando de la realidad y perdiéndose para siempre.

Es cuando abro la ventana de par en par, como invitando algo a entrar. Desde el terreno de enfrente me veo como un punto nublado en la escena. Un ladrillo en una pared abandonada. Una foto fuera de foco.
Mis gritos son mudos y por eso nadie se acerca. Mis muecas son invisibles hasta para el que tengo en frente. El laberinto de basura del baldío es más importante para ellos y los entiendo. No hay nada que yo pueda decirles a las criaturas expulsadas de la nocturna.
Solo una brisa que esta perdida se atreve a entrar, casi por error o de casualidad, pero se escurre rápidamente por debajo de la puerta tan rápido como llegó. Sin embargo la emoción del momento me dura un rato y con solo eso vuelvo a conformarme.

El escalón etílico se hace cada vez más empinado y a medida que busco la ola perfecta, mientras revuelvo en mi cabeza por una idea como un mono que busca una banana en un supermercado, me acuerdo de las maravillosas bienvenidas que las criaturas dan a los nuevos desechos que son arrojados en el baldío. Se me ocurre entonces, darles todo lo que tengo en mi casa y salir rumbo al Este haciendo dedo por la ruta transcanadiense hasta llegar al Océano Atlántico.

Esta epifanía se presenta mientras, casi en trance, abro la heladera para encontrar una lata de cerveza Pilzner de medio litro detrás de un frasco de puré de tomate casi vacío, casi por casualidad.
Como si la imagen de un conejo blanco que me mira parado en medio de un campo rojo inmenso, sonriendo; un campesino agitando la mano saludando y otro habitante de la escena manejando una carreta hacia el horizonte sobre un camino de tierra dorado y un sol enorme brillando en lo alto, todo desde el gráfico impreso en la lata de cerveza, pareciese haber provocado un electroshock visual en mi inconsciente y disparado la solución perfecta para reconciliarme con las alimañas del baldío.

Me tomo la cerveza casi de un sorbo y llevo casi todo lo que tengo al baldío. Cuando vuelvo voy a pedir mi deposito contra daños a la casera que vive en la parte de arriba. No me devuelve la plata tartamudeando escusas mirando al piso. La discusión se basa en el absurdo de sus quejas y mis reclamos se vuelven de cartón mojado.
Sabiendo que no había nada que hacer, me pongo la mochila con un poco de ropa y la computadora portátil. Mientras bajo la escalera para no volver pienso en las criaturas nocturnas celebrando la llegada de nuevos laberintos y lo que quedó en la casa desparramado por el piso.