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El aguante

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Los fanáticos de los Montreal Canadiens, el equipo de hockey de Quebéc que juega en la NHL (la liga de hockey norteamericana), inundaron las calles cuando llegaron a las semifinales de la copa.
Al ser el único equipo en toda la ciudad, la gente vestía la misma camiseta en todas partes, un evento particular que, siendo de Argentina donde solo en Buenos Aires hay docenas de equipos y estadios, me llamó la atención.
Yo andaba por ahí, caminando sin rumbo fijo, mirando todo como si fuese por la ventana de un tren. Más tarde, ya agotado, me senté a descansar en una escalera en la esquina de la Avenida St. Dennis y el bulevar de Maisonneuve y retraté algunos de los personajes en mi cuaderno.
Esa noche los de Montreal ganaron y los fanáticos salieron a descontrolar la ciudad, destruyendo locales, licorerías y tiendas de ropa en un festín de violencia sin sentido. En los diarios se podían ver algunas fotos de gente con cajas de zapatillas o botellas de licor saliendo de entre las ventanas rotas de algún local.
Más tarde en la serie, quedarían eliminados de la copa y los hinchas junto con sus camisetas se convertirían en algo imposible de encontrar en la urbe.

Las alimañas de la nocturna

lo_que_queda

Esta es una de esas noches infinitas en las que me acuerdo de todo muy tarde. Quizás las primeras luces tengan un efecto reminiscente en alguna parte de mi cerebro y es entonces cuando se me da por picotear el teclado buscando el chispazo azul.

Pero allá afuera, no tan lejos de acá, los bosques secos arden en una fiesta de luces en donde el calor baila junto con el fuego, mientras que el resto de los habitantes del bosque miran impávidos el espectáculo o algunos huyen despavoridos hacia sus refugios secretos y en el peor de los casos, rumbo a las montañas mutantes creadas por las grandes sanguijuelas corporativas.

En el cemento hace calor y mucho. Las noticias se derriten en los periódicos, chorreando párrafos del absurdo e invadiendo las calles con paranoia y sensacionalismo, como reflejando el balbuceo de un viejo senil en algún pasillo de un hospital público. La bola de la estupidez sigue rodando y agrandándose con el tiempo y los topos de la metrópolis, esos que caminan en dos patas, la siguen atrás a lo pavote, con cuchillo, tenedor y babero puesto. No vaya a ser cosa de atraparla y no poder probar bocado.

Pero en mi cueva las paredes sudan gris y eso hace que me olvide de los topos, las mentiras periódicas y todo lo que halla pudriendose allá afuera.

Aunque desde afuera se puede ver para acá adentro. Es así que los ojos del gato de la vecina cruzan el baldío para preguntarme que hacemos con nuestras vidas. Luego se dan la vuelta destellantes y saltan escondiéndose en los pastos altos del terreno sin interesarse siquiera por la respuesta, como sabiendo perfectamente que caemos en picada.

Mientras tanto la Luna se mezcla con el amanecer y es cuando recostado en el sillón sin saber que hacer, buceando en la penumbra con los pies colgando del apoya brazos y tapado a medias con mi campera azul, escucho a las alimañas ahí afuera, en el baldío. Son como niños salvajes expulsados de la escuela nocturna por no haber estudiado y sabérselo todo. Por lo cual ahora andan con mucho tiempo libre para martillar estrellas.
Criaturas casi invisibles, no se exponen a la luz del día por vergüenza a cruzarse con nosotros. Por eso viven entre hornos micro ondas descompuestos, motores de heladeras y tubos de televisores que alguna vez proyectaron fantasías y que ahora, duermen como esculturas abandonadas en el desierto en el baldío que da junto a mi ventana.
Las escucho escarbar para morder raíces suculentas y crujientes. Algunas son expertas buceadoras de bolsas de consorcio y otras simplemente tragan lo que se encuentran a su paso como verdaderas maquinas de reciclaje vivientes. Un espectáculo que no tuve el placer de presenciar pero que intuyo que ocurre en las cercanías de un pequeño lodazal de donde salen taladrantes onomatopeyas pornográficas.

Cada objeto nuevo arrojado a esa especie de zoológico carroñero es bienvenido con la alegría que un mendigo en la calle, recibe un cigarro y regala una anécdota infinita e intocable transformando las palabras en nubes inmutables que atraviesan el tiempo y cambian la vida de las personas que tienen el agrado de escucharla.

Pero yo sigo acá adentro. Como la criatura expulsada del charco por egoísta, que ahora se arrepiente y quiere deshacerse de todo sabiendo que los objetos carecen de valor alguno. Como decidida a cambiar algo que no sabe lo que es, pero reconoce que lo que hay huele a podrido. Como el tipo que sabe que la puerta esta abierta y sin embargo entra por la ventana. Casi como queriendo ser la ola que se llevó una botella y devolvió una ameba babeante y traslúcida.

Me siento en el sillón mientras las criaturas garabatean espásticas puteadas adentro de algún hueco en la tierra y me imagino ese océano de olas mágicas adentro de una botella de vodka, que como una escollera abrazada al oleaje, se encuentra erguida sobre la mesa.
En un intento por absorber parte de esa energía, me tomo un buen trago directo de la botella, esperando que una de las olas estalle adentro mío y deje escapar algunos pájaros de la jaula oxidada que cuelga en algún lugar dentro de mi.
Pero el vodka rápidamente me pone de buen talante, y como soy muy fácil, solo con eso me basta.

Una pluma azul se asoma y se hunde en el fondo de todo, escapando de la realidad y perdiéndose para siempre.

Es cuando abro la ventana de par en par, como invitando algo a entrar. Desde el terreno de enfrente me veo como un punto nublado en la escena. Un ladrillo en una pared abandonada. Una foto fuera de foco.
Mis gritos son mudos y por eso nadie se acerca. Mis muecas son invisibles hasta para el que tengo en frente. El laberinto de basura del baldío es más importante para ellos y los entiendo. No hay nada que yo pueda decirles a las criaturas expulsadas de la nocturna.
Solo una brisa que esta perdida se atreve a entrar, casi por error o de casualidad, pero se escurre rápidamente por debajo de la puerta tan rápido como llegó. Sin embargo la emoción del momento me dura un rato y con solo eso vuelvo a conformarme.

El escalón etílico se hace cada vez más empinado y a medida que busco la ola perfecta, mientras revuelvo en mi cabeza por una idea como un mono que busca una banana en un supermercado, me acuerdo de las maravillosas bienvenidas que las criaturas dan a los nuevos desechos que son arrojados en el baldío. Se me ocurre entonces, darles todo lo que tengo en mi casa y salir rumbo al Este haciendo dedo por la ruta transcanadiense hasta llegar al Océano Atlántico.

Esta epifanía se presenta mientras, casi en trance, abro la heladera para encontrar una lata de cerveza Pilzner de medio litro detrás de un frasco de puré de tomate casi vacío, casi por casualidad.
Como si la imagen de un conejo blanco que me mira parado en medio de un campo rojo inmenso, sonriendo; un campesino agitando la mano saludando y otro habitante de la escena manejando una carreta hacia el horizonte sobre un camino de tierra dorado y un sol enorme brillando en lo alto, todo desde el gráfico impreso en la lata de cerveza, pareciese haber provocado un electroshock visual en mi inconsciente y disparado la solución perfecta para reconciliarme con las alimañas del baldío.

Me tomo la cerveza casi de un sorbo y llevo casi todo lo que tengo al baldío. Cuando vuelvo voy a pedir mi deposito contra daños a la casera que vive en la parte de arriba. No me devuelve la plata tartamudeando escusas mirando al piso. La discusión se basa en el absurdo de sus quejas y mis reclamos se vuelven de cartón mojado.
Sabiendo que no había nada que hacer, me pongo la mochila con un poco de ropa y la computadora portátil. Mientras bajo la escalera para no volver pienso en las criaturas nocturnas celebrando la llegada de nuevos laberintos y lo que quedó en la casa desparramado por el piso.