Otra de las casas que la marea no derribó durante el invierno.
El capitán se fue a almorzar…
Nadie en casa
Hoy a la tarde me senté a la mesa a que me pegue el Sol en la cara y en ese momento me di cuenta de que alguien había sacado la hamaca paraguaya que colgaba entre uno de los arboles y la columna del balcón. Ahora se pueden ver los pesqueros reposando del otro lado.
Estampadas feministas
Verano caluroso en Montreal. En el jardín de Pacale corría un poco de aire fresco y me senté en la escalera a ver como Coco y Leslie estampaban camisetas y a tratar de meter todo lo que veía en el cuaderno.
Girando en falso
Los días y las noches se diluían detrás de las ventanas sucias allá por Quebec o New Brunswick, no me acuerdo.
Martes, sábados, jueves envueltos en una nube de polvo confundidos por el Sol del mediodía o la Luna brillante que iluminaba la ruta que se extendía hacia el Este, en los últimos días del verano.
La camioneta avanzaba a un ritmo parejo y adormecedor, como un somnífero rodante e infalible. Sin embargo, era el boleto asegurado para avanzar y no esperar nada.Destruyendo cualquier plan, haciendo esculturas con billetes al costado del camino, saludando con el cartel de Nova Scotia en la mano, ahí estábamos antes.
Solo un par de donas azucaradas de regalo al final del día te podían sacar una sonrisa.Agua caliente gratis para nuestros saquitos de té en la cafetería donde sentarse no costaba nada. Dando vueltas para nunca llegar, riendo mientras se pueda, esquivábamos la melancolía del ayer sentándonos a ver los camiones pasar detrás del vidrio u oler el café recién hecho de la mañana.
Errándole al tarro
La muchedumbre silba una canción de tono victoriosa a pesar de la derrota, lo único que llego a distinguir son unas algas negras q se bambolean de la risa.
De repente, siento el calor de las llamas como en Tokio del ‘88, ¡pero no!,es el frío del invierno y el salpicar de olas que me derrite las manos, ¡Jesús!
La desesperación y el lamento de las lágrimas rojas brotantes de mis dedos desaparecen bajo el agua y se sumergen como una silla rota. Me vuelvo a casa a paso ligero con cara de chiste malo, deseando que las gotas rojas encuentren ese lugar desde donde los pescadores no regresan.
En una calle cualquiera, de una ciudad cualquiera
Las olas y las nubes azotan
la oscuridad para parapetarse
en lo más alto de su insolencia,
gaviotas, cuervos y algún perro
extraviado
ni se inmutan por el proceder
de los fenómenos meteorológicos,
y deambulan de aquí para allá
escarbando esqueletos
o sacudiéndose el polvo,
¡temperaturas bajo cero!
se me cruza gritarles,
pero que va,
si yo estoy ahogado
en penumbras que ni
las vocales me sale
contarte,
mientras el despelote sigue allá abajo
ffffffsshhhh, jashhhhh, mmbbbgggrrrrrr,
las olas arremeten revolucionariamente contra los
cimientos de madera
de algunas de las casas
en las escollera.









