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De Norteamérica toda

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De Cache Creek a Chilliwack hay entre 600 a 800 km, no estoy seguro. Los camioneros no tienen permitido levantar gente en la ruta… a no ser que sean los dueños del camión y tengan ganas de llevarte, como en este caso.
En Cache Creek no hay nada, es casi un desierto y todos visten sombrero de cowboy. Este tipo paró cuando el Sol se estaba ocultando y me ahorró el pernocte debajo de un puente.
A pesar de mi inglés básico de aquellas épocas, el tipo se las arregló para contar chistes y explotar a carcajadas. Un grande.
Me dejó en una parada de camiones, ya de noche, en Chilliwack y me quedé en una cafetería Tim Horton’s 24hs que son como un virus fuera de control en Canadá. No tenía ni bolsa de dormir, ni carpa ni plata ni nada, estaba regalado al azar.
La cafetería resultó ser la parada preferida de los ratis de turno, que entraban cada dos por tres a comprar donas, tomar café y hablar con los empleados. “Viste que bueno que esta el nuevo Taser?”.
Tiré toda la noche con mi café de $1,20 mientras leía los diarios de la semana.
A las 5 de la mañana volví a la ruta y después de un rato paró un paramédico que iba para Burnaby. Ahi me bajé, me tomé el subte y que me dejó en la esquina de mi casa. Saludé al gato del vecino y abrí la puerta del sótano de la calle 14 y me fui a dormir. Todo eso por allá cuando vivía en BC.

Errándole al tarro

trompeta

La muchedumbre silba una canción de tono victoriosa a pesar de la derrota, lo único que llego a distinguir son unas algas negras q se bambolean de la risa.
De repente,  siento el calor de las llamas como en Tokio del ’88, ¡pero no!,es el frío del invierno y el salpicar de olas que me derrite las manos, ¡Jesús!
La desesperación y el lamento de las lágrimas rojas brotantes de mis dedos desaparecen bajo el agua y se sumergen como una silla rota. Me vuelvo a casa a paso ligero con cara de chiste malo, deseando que las gotas rojas encuentren ese lugar desde donde los pescadores no regresan.

Mientras rola la perinola

Poco antes de que los “Idlers” frenaran, yo estaba a las puteadas al costado de la ruta 1, a 50km de las afueras de Winnipeg tratando de conseguir un viaje otra vez.

La inmensidad del paraje, una llanura interminable rodeada de pantanos inundados bajo un cielo inmenso y azul, me chupaba las esperanzas y me hacía sentir invisible a los conductores que me pasaban a 150 por hora por la ruta de doble mano sin siquiera mirarme. Me sentía parado en una pista de aterrizaje.

Había llegado ahí varias horas antes, cuando una chica que iba a sacarse una muela a la comunidad menonita donde solía vivir, frenó ante mis señas en la intersección frente a la estación de servicio. En ese momento estaba en el lugar perfecto para hacer dedo, entre un cruce de calles, un semáforo y una parada de camiones en las afueras de la ciudad.

Y el auto de esta chica fue el primero en pasar cuando llegué a la ruta y el primero en frenar también. Un destartalado Chevette celeste con asientos de cuero blanco, que contrastaba con la modernidad y la comodidad de los asientos de las camionetas Dodge Caravan a las que me tenía acostumbrado la ruta canadiense. idlers_van_b

No me acuerdo su nombre pero lo primero que me dijo fue que donde ella iba imperaba una ley “seca” que prohibía cualquier tipo de bebida alcohólica y que era el lugar “más aburrido del planeta”. Pero hacía muchos años que no vivía allí y que solo iba para ir al dentista, porque era más barato que en Winnipeg y además lo conocía de toda la vida. Todo esto diciéndolo con una gran sonrisa y unos dientes blancos como la nieve que parecían querer apoderarse de su cara.

Después de cuarenta y cinco minutos de viajar entre máquinas pavimentadoras, el auto se detuvo antes de una intersección. Ella se despidió y yo me bajé saliendo por la ventana porque la puerta se había trabado y no había otra forma de salir.

El Chevette acelero en la curva y lo vi desaparecer a lo lejos, humeando. Miré a mi alrededor y me di cuenta de que estaba jodido. No pude evitar mal decirme por haber cambiado el lugar donde estaba por un paraje desértico en el medio de la nada.

Crucé la autopista en dirección Este hacia el otro lado de la intersección, pasando por debajo de un puente de cemento, donde en un charco había un pantalón de jean embarrado y me dispuse a esperar con el pulgar sobre la ruta.

Después de una hora o dos sin suerte, me senté sobre la mochila y me comí un sándwich de queso, pensando en que iba a estar ahí para siempre.

Hacía un rato le había hecho señas a un auto que pasaba por un camino rural cerca de de donde estaba y este se había detenido pero yo no tenía forma de llegar; entre el camino y yo, un pantanal cubierto de yuyos me hacía imposible cruzar.

Me quedé una hora más, hasta que la impaciencia me ganó de mano y empecé a caminar hacia unas torres metálicas que creía que pertenecían a una granja. y Pensaba esperar la salida de alguna camioneta del lugar y pedir que me lleven. Más o menos así era el plan.

Antes de empezar la caminata, que supuse me tomaría al menos dos horas, cubrí la mochila con mi toalla amarilla como tratando de hacerme visible a los somnolientos conductores y evitar que un atolondrado me pase por arriba sin siquiera haberme visto.

Mientras caminaba, extendí el brazo y puse el dedo en la ruta. Como si la mano fuese ajena a mi cuerpo y me estuviese diciendo, ¡dale! para empujarme a través de la negatividad. Casi instantáneamente, los pasos me hicieron sentir mejor y empecé a disfrutar de la caminata sin pensar demasiado en nada. Dos minutos después, una camioneta verde se detenía con convicción diez metros delante mío.

Corrí hacia la van mientras me reía a carcajadas de mi suerte. Al llegar la puerta corrediza del medio ya estaba abierta y les pregunté, por costumbre, hacia dónde iban, a lo que respondieron: St John’s.

¡Mierda! me dije y antes de subir vi una pintada en la ventana de la camioneta que decía “The Idlers, one future tour”.

Los Idlers resultaron ser una banda de reggae “semi-profesional” que había terminado su gira por Canadá y estaban de regreso a su casa en la ciudad de St. John’s en la provincia de Newfounland. Ahí se termina la ruta 1 y también es el punto más al este de Norteamérica, después de eso, solo queda subirse a un barco y cruzar el atlántico… si es que se quiere seguir más al este, claro.

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De la banda solo quedaban tres de los diez que la conformaban. El resto había vuelto en avión para regresar a sus trabajos. En la camioneta también viajaba otra persona, Francoise, un vagabundo de la ciudad de Vancouver con el que curiosamente había hablado con anterioridad en el Stanley Park de Vancouver mientras juntaba latas en la calle junto a su perro, antes de irse al valle a recoger manzanas. El iba rumbo a Quebec, más precisamente a Iles de la Madeleine, bien cerca del límite con Nova Scotia, donde había nacido y su hermano todavía vivía ahí.

La camioneta arrancó y el ruido del motor enmudeció nuestras conversaciones. Me acomodé en uno de los asientos del fondo, entre cajas de instrumentos, cables, parlantes, tazas de café vacías y bolsas de dormir; y me dediqué a mirar por la ventana y disfrutar del paisaje de la provincia de Ontario mientras nos alejábamos de la intersección que me había tenido de rehén durante un buen rato.

Vi-ta-mi-nas

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El sonido avisposo del cerrojo electrónico de la puerta abriéndose se mezcla con el de la lluvia que cae afuera mientras Margarita, una mujer en sus cuarenta y tantos, abre la puerta empapada. Con su pelo teñido de rojo cubriendole la cara y sus anteojos de Sol, entra a la cocina que compartimos en el sótano de la casa de habitaciones de la calle doce oeste. Parece haber estado caminando durante un largo rato porque la veo agitada, avanzando pesadamente con una cartera que se parece mucho a esas que se usan para llevar la bola para jugar bolos.

Mis reflejos no están en su mejor día, me levanté con resaca de vodka ruso barato y cervezas “Moño Azul”, sudo en frío y los sonidos parecen amplificarse en mi cabeza a medida que pasan los minutos. La cabeza me late como el corazón de una mula vieja subiendo una cuesta. Una verdadera pesadilla etílica.
Aturdido, tengo la idea en mi cabeza de que haciéndome un café instantáneo todo va a ir mejor, al menos este día, que parece estar perdido mientras el cielo plateado se cae a pedazos a las cinco de la tarde para darle la bienvenida a la noche otra vez.

Margarita vive en el cuarto que está junto al mío con Ron, su pareja. Ron es un personaje rústico también en sus cuarenta y tantos, de aspecto de jugador de hockey retirado, ojos desorbitados y acostumbrado a vestir camisas hawaianas de colores chillones desabotonadas.
El tipo de psicópata que deja mensajes escritos en papel pegados con cinta adhesiva sobre el tubo del teléfono (que también compartimos) diciendo “NO PASEN MENAJES PERSONALES POR EL TELEFONO”. Supongo que alguien le deberá una puñalada o dos, o el servicio penitenciario lo busca porque se dejó la biografía de Picasso en la celda del Pabellón para presos insanos.

Su cuarto está junto al mío pero solo los he visto en contadas ocaciones, sirviéndose vino tinto frío de una botella de plástico de dos litros en un vaso de Mac Donald’s extra largo o comiéndose la manteca salada a cucharadas en una de esas mañanas donde el Sol esta enterrado en el centro de la Tierra y los cuervos afuera en las calles, apuntando a los transeuntes con metralletas exigiéndoles incoherencias a grito pelado.
Otro de esos días en que pareciera que las sonrisas fuesen ilegales.
En cambio sí he tenido la oscura oportunidad de escucharlos, ya que la pared que separa nuestros cuartos es de un material similar al cartón mojado. Sus peleas nocturnas parecen montadas a una calesita del terror en la que el dueño hace malabares con pastillas de clonazepam y los caballitos se fueron de putas. Un verdadero descalabro sonoro y un certero provocador de pesadillas burlescas entrando aceitadamente a mi ya perturbado subconsciente en esas madrugadas que logro conciliar el sueño que terminan por levantarme de un salto creyendo que se van a matar justo en frente de mi puerta.

La cocina parece un baño químico gigante, con luces de bajo consumo que prendidas hacen un sonido similar a una mosca zumbando atrapada detrás de un vidrio. Carteles en taiwanes e inglés rezan la frase “Ahorrá Energía” con letras negras y fondo amarillo pegados debajo de los interruptores de luz como un souvenir apocalíptico del calentamiento global.
Lo más curioso es un cuadro de esos que se consiguen en el tipo de local “Importaciones de Asia” colgado en la pared más popular para los bichos bolita que logran entrar a la casa por la ventana, que a propósito, tiene un tamaño similar a las que se encuentran al costado de los pequeños yates.
El cuadro hace las veces de cárcel de cristal para una figura tridimensional de un pavo real blanco de plástico que permanece inmóvil sabiendo que no hay forma de escapar. Parece estar relleno de alguna sustancia hedionda y putrefacta que hace que el lugar huela como una carnicería.

Al verla entrar, la saludo tímidamente levantando la mano como si mi brazo estuviese entumecido, mirandole apenas la cara, casi sin querer; espástico, tratando de mantener mi vista enfocada en su frente o en su mentón para evitar chocar contra sus ojos huecos. Me siento como si un perro me estuviese mordiendo la espalda para tratar de subirse a mi cabeza y un chispazo mental de una golpiza en un callejón tailandés se estrella en mi retina cuando ella en cambio, contrae los músculos de su cara hasta producir una mueca rabiosa que se asemeja a una sonrisa. Supongo una regla protocolar de algún organismo expulsado de un protomundo subterráneo.
Su dentadura postiza se deja ver entre entre el telón de carne que es su cara arrugada y los labios que parecen pintados con un fibrón gastado, me hacen acordar a la cadena oxidada de mi bicicleta que en este momento esta afuera atada a una reja bajo la eterna lluvia que baña a esta insípida ciudad.

Dado por terminado el saludo protocolar insinúo con mi dedo índice señalando la taza, seguir con mi asunto de revolver la mezcla pastosa de café y azúcar pero ella vomita,”¡la puta madre como llueve!” Mientras se pasa la mano por la frente mojada, se saca los anteojos y continua, como si en la boca tuviese una de esas máquinas automáticas que disparan clavos, “acabo de ver como atropellaban a una anciana en la avenida, fue asombroso, sus bolsas de la verdulería volaron por los aires mientas las frutas y las verduras se eyectaron al cielo como si un pene gigante eyaculase fuegos artificiales en el calor del caribe. Por un momento nadé en éxtasis, como si la adrenalina de la situación me hubiese catapultado a una fiesta de la adolescencia. ¡Fue un momento mágico, irrepetible e inolvidable!”.
Algunas lagrimas de emoción brotaron torpemente de sus pupilas resecas y metió su mano en la cartera, supuse buscando un pañuelo.
Pero como si el discurso verborrágico e insensible que acababa de presenciar fuese poco, no pude contener mi asombro al observar más detenidamente su cartera para descubrir con asco que estaba llena hasta el tope de manzanas machucadas, trozos de papas, pedazos de cebolla, hojas de lechuga embarrada y un trozo de calabaza, entre un mar de otras verduras y frutas multicolores hechas añicos. Una verdulería ambulante del infierno.
Adivinando mis pensamientos, trata de sonreír aun más esforzando sus músculos de la cara a nuevos límites y en lo que a mi respecta, un calambre facial completo de una película horrorosamente siniestra, me dice: “Ja, ja, supuse que la pobre anciana ya no iba a necesitar sus verduras ya que la comida de los hospitales es muy buena y me tomé el trabajo de recoger algunas, ¡son para todos, como si fuésemos una comunidad!. Vi-ta-mi-nas eso es lo necesitamos querido o ¿acaso crees que me gusta ver que la comida se tire a la basura?
En ese momento yo no podía procesar toda la información correctamente y ni siquiera articulé una sola palabra.
Orgullosamente, abrió la puerta de la heladera y guardó las verduras, junto con la cartera dentro del primer mostrador.

El trip de la realidad me había sobrepasado y la resaca galopante me asfixiaba como si tuviese una bufanda enrollada en la cabeza en verano. Me senté y dejé mi taza azul a un costado, en la mesa de plástico de la cocina mientras escuchaba los arrastrantes pasos de Margarita alejándose para meterse en su cuarto.
Escucho el sonido de la pava sobre la hornalla casi explotando por el calor y levanto la cabeza para ver la pava derretirse ante mis ojos desorbitados en la tarde vomitiva del lunes.
El portazo que la señora al cerrar la puerta blanca de su cuarto me saca del trance casi instantáneamente. Me levanto como si nada y comienzo desde cero mi ritual cafeínico. Dos cucharadas de café instantáneo, tres de azúcar, unas gotas de agua y revuelvo un rato. Luego hecho agua y después un poco de leche. Revuelvo un poco más y listo, el café esta preparado.

MRJ

El amor está en un barco cruzando el desierto

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사랑은 사막을 통해 배에 있다
Love is on a ship across the desert

“…Cordones Eléctricos entra como una tromba en la calle del azar, mientras Calogero baja por la garganta de un demonio…”. Me saco los auriculares mientras el tren metálico cargado de pasajeros, cruza a gran velocidad a través de la noche en el desierto.
En el vagón buffet, tres chicas piden gin-tonic a un cantinero negro y se ríen mientras suena el saxofón verde de un anciano con anteojos negros.
Yo estoy sentado en otro vagón, mirando la infinidad del desierto rojo por la ventana. Después de un largo rato de observación, creo ver un barco de carga en el horizonte, es un barco de gran porte, con una pequeña luz azul por encima de la cabina del capitán. Avanza lentamente, como si el tiempo no importase. No distingo su carga, parecen contenedores, pero no estoy seguro.

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A medida que el tren avanza no le pierdo la mirada al barco, que sigue su marcha muy de a poco. Con el tiempo mi vista se acostumbra a su figura y comienza a darme detalles más precisos de lo que acarrea esa ballena de hierro. Los contenedores se desvanecen en mi imaginación y son reemplazados por montañas de desechos, entre los cuales se destaca una cabeza plástica gigante de una mujer, parece haber sido parte de un espectáculo de esos que se auspician como “Viaje por el cuerpo humano” en los parque de diversiones o ferias.

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Se accede por la boca al resto del cuerpo, y dentro, se puede ver un hígado del tamaño de un auto o el corazón del tamaño de una casa.
Miro hacia el asiento del acompañante, buscando un cómplice de tamaño espectáculo, pero lo veo leer detenidamente el catálogo de la compañía ferroviaria en el que se explica detalladamente el espectáculo que hemos venido a ver. “VEA EL APOCALIPSIS A BORDO DEL TREN MAS MODERNO DE LA ARGENTINA” reza el folleto en el tope de todas sus páginas.

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Yo ya lo había leído en mi casa, antes de partir. Una serie de artículos y entrevistas a científicos del porqué, el cómo y el cuando se acabaría la vida en manos de este “Apocalípsis Azul”, como ellos le hacían llamar y aunque yo era completamente escéptico a todo ese rollo del fin del mundo, había comprado el puto boleto de tren y estaba ahí, junto con el resto de los idiotas que querían ver “El APOCALIPSIS A BORDO DEL TREN MAS MODERNO DE LA ARGENTINA”. Pero no había mucho que perder, los boletos estaban de oferta. Los que no estaban de oferta eran los diferentes programas que ofrecían las agencias aero-espaciales, “SALVESE DEL APOCALIPSIS AZUL, COMIENCE UNA NUEVA VIDA EN LA LUNA”.
¿A quién se le hubiese ocurrido viajar a la Luna? Yo estaba completamente seguro de que la Luna estaba habitada por una protoespecie de simios, que no dudarían en acabar con cualquiera que se atreviese a pisarla. Estaba seguro, lo había visto en mis sueños y en el caso de que el equivocado fuese yo, no tenía forma de costear ese boleto. Obviamente era solo accesible para los más ricos del planeta, que accedieron a pagar con toda su fortuna el “Ticket Hacia una Nueva Vida”.
Por los altoparlantes de última generación, la voz cálida de una chica anunciaba que dentro de un minuto comenzaría el apocalipsis y aconsejaban situarse del lado derecho del tren.
Automáticamente toda la tripulación se agolpo en las ventanas del lado derecho. Yo no me moví de mi asiento. No iba a suceder nada, era toda una gran mentira de algún cretino magnate aburrido amigo de algún cerdo publicista.
Yo permanecí en mi asiento, mirando por la ventana, buscando en el horizonte al barco errante con la cabeza gigante de la chica de parque de atracciones.
Por el reflejo del vidrio podía ver a las personas mirando sus relojes o contando en forma regresiva, el espectáculo me daba náuseas, creían estar viendo un programa de T.V. o abriendo los regalos de la Navidad, era patético.

Faltaban diez segundos y mi vista seguía clavada en la cabeza gigante que avanzaba a través del desierto, y mientras los segundos avanzaban comencé a creerme todo el rollo del apocalipsis azul, ¡Hasta me encantó la idea! Por primera vez en todo el viaje estaba contento. Vi mi sonrisa reflejada en el vidrio del tren y también vi las primeras explosiones azules.

Era verdad, los malditos estaban en lo cierto, pequeños meteoritos estallaban en la superficie arenosa del desierto y una esquirla de uno había desecho los vidrios de mi vagón. Pero no me moví del asiento, no podía. La atracción de la cabeza gigante era más fuerte que cualquier otra cosa en el mundo, incluso que el Apocalipsis. Sentí unos incontrolables deseos de estar en el barco con la cabeza gigante de la chica del parque de atracciones. Sentí unas ganas locas de besarla. Por primera vez en muchos años sabía lo que tenía que hacer, sabía cual era el camino a seguir. Me arrojé por la ventana hacia el desierto, que ahora estaba azul.

estallando

Encuentro fugaz con el universo rechazado

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거절된 우주를 가진 짧은 실전
Brief encounter with a rejected universe

Le daba, le daba, le daba y no paraba. ¡Una locura! El universo se puso a un costado y se sacó el sombrero. De la emoción dejo escapar otro universo, un poco más peludo y desgarbado, con una petaca de whisky en el bolsillo y remiendos en el saco. Sí,  algunos problemas emocionales que arrastraba desde el pasado y también una relación turbia debajo del brazo a punto de estallar. Podría agregar unos nebulosos días en la cárcel para apaciguar los ánimos también, y cortar un poco con la “rutina” quizá. Bueno, ni que hablar del asunto de su navaja pérdida. 

¿Perdida dónde ? pensé yo, ¿acaso el universo no lo contiene todo? o ¿acaso de eso se trata el Apocalipsis? de un retazo del universo perdido, vagando por ahí, buscando ser encontrado en vano, rodando mientras, cuesta abajo en los montes de la desolación imaginarios, al mismo tiempo que revuelve nostálgico en su bolsillo buscando un poco de polvo del pasado. 

Pero sin dudas y a pesar de todo eso, lucía muchísimo más poderoso,  motivante, estimulante y experimentado. Donde las canciones arrollaban con solo acercarte y las notas te arrastraban de prepo a la calle y te decían ¡dale vamos! 

Mientras que a las meseras le decías dos y te traían diez, la felicidad etílica rodaba infinita para todos.  Los mendigos o los solitarios no se quedaban afuera y en cambio entraban en escena, acercandose energicamente  al micrófono para uaaaauuuuuaaaabuuuuuubaaaaaa shhiiiii gububú gaaaa dizá, bá! pum!, jachá! ka ta pabum pá ziiiii

Infinitamente latente, desgastante y hermosamente espeluznante a la vez. ¡Que no termine, dale! uaabuuugaaaa, su di ba bum guup gachá shhhhhhh buri bap pá abu bum gaaaaa eehhhhhssssshhhhh.

Todos con un apetito insaciable y voraz de bebop en un bar estrecho y atiborrado hasta el techo de gente hambrienta de be bop una noche de esas que te encontrás tiradas solo por casualidad, al lado de un silla con tres patas, adentro de una lata con monedas de un centavo o al encontrar un gato negro muerto, con los ojos abiertos, al costado de tu camino .

Falsas Fábulas

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가짜 우화
Fake Fables 

Tambaleando
borracho
al final
de un arcoiris
borroneado,
una saco lleno
con monedas 
de oro
se encontró,high_sanvalentin

Vagó sonriendo,
silbando
alegremente
durante semanas
enteras,
pero
sin saber que hacer
con su dinero,
se sentó
a un costado
del camino
y
se puso
a llorar, 

high_coffee_break

Una catarata
(etílica)
brotó
de sus ojos,
mientras
reflejado en
sus lágrimas
cayentes
de cristal
azul oscuro,
una chispa
mágica 
lo sorprendió
y subitamente
tenía 
la solución
a su
monetario
dilema,

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En ese
mismísimo
momento
en 
que todo eran
saltos y risas
otra vez,
un oscura
e insolentemente
cuervo 
pasó rasante
para hurtar
con su pico
el saco
con monedas
de oro, 

 

high_jesus

Ya
desde
lo alto,
posado
en un cable,
recuperado
el aliento, 
dijo:
“nada 
es de nadie”

cabizbajo,
sin saber 
que hacer,
otra vez
perplejo,
él
quedó.

 

Chapoteando con los Desolados

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로 튀기는 것은 황폐한다
Splashing with the Desolates

Como un hada
en un pantano
azul
que no puede
encontrar
la salida,
Babilonia
cruza el callejón
arrastrando sueños rotos,
y un cheque
rebotado
en el fondo
de su cartera,

destella inquieta,
chispazos
nerviosos
de inseguridad,
porque
hace horas
que viene
buscando,
lo que viene
buscando,

una bolsa
con uñas rotas,
es lo que tiene,
un parque
de diversiones
en
una tarde
de verano,
es lo que
ella
quisiera,

Husmea en los huecos,
desvencijados
donde la ciudad
da la espalda
y la nuca
de los bares
suda frío
al
momento que
la vida
pasa fría,
inmutable,
por su lado,

vagabundos y yonquis,
putas y punteros,
lloran
al unísono,
repartidos
por el
callejón
formando una
gran lágrima
de hielo
que se derrite
y regala charcos
que parecen
espejos
de hotel,
tirados
en el piso
del callejón,

¡Ella también quiere llorar!
pero hace meses
que busca,
lo que busca
y encuentra,
lo que no quiere,
es por eso
que no tiene tiempo,
aún
y aúllan,
se pelean,
ya por nada,

es como si
quisiera,
vivir en su canción
favorita,
todo el tiempo,

me cuenta
que
perdió la cartera
en una curva
pronunciada,
los tacos de
los zapatos
están
flojos
y el vestido
de fiesta
ya no brilla,

Babilonia
le dice a nadie,
mientras
se acurruca
en un hueco
del callejón,
y lee el diario de ayer
mientras espera y espera.

Se acerca alguien pedaleando, tiene una campera marrón manchada de grasa y una gorra de los Canucks, el equipo de hockey local. Abre la tapa de un contenedor como si fuese un baúl al final del arcoíris. Un pucho a medio terminar le cuelga de los labios y sin bajarse de la bicicleta mete medio cuerpo en el contenedor y se estira para alcanzar varias latas de cerveza vacías que arroja casi sin mirar en una bolsa de plástico negra que trae atada al manubrio. Brotan una especie de carcajadas metálicas cada vez que una lata cae dentro de la bolsa, como si las demás se alegrasen de la nueva compañía.

Almuerzo una hamburguesa parado de espaldas al baldío. Una piñata llena de basura parece haber explotado hace segundos. Un festín de mugre alfombra el lugar. Dos ratas juegan a las escondidas entre los escombros de una vieja construcción, mientras otra se mira perpleja reflejada en un charco, y me pregunto, ¿acaso un roedor no puede ser coqueto?

Los momentos de magia son para cualquiera.

Pasa Marcelo, el poeta, y me cuenta que Ton y Tony’s el local de pizza de la esquina aumentó las porciones veinte centavos. El fin del mundo se acelera con respeto al precio de la mussarela . Mientras tanto, un helado se cae en el verano de alguna parte del mundo, bien lejos de acá seguramente.

En el primer piso una sombra mira las carreras de caballos en el televisor con un boleto en la mano. La luz del tubo escupe pedazos de la imagen por la ventana y la cabeza de un caballo rueda por el aire riéndose de los desafortunados que no tienen nada en los bolsillos, acá en el callejón.

Babilonia ahora tiene hambre
y nos va a comer a todos,
se deja escapar
un murmullo,
de entre una de las ventanas
del segundo piso de un edificio arrumbado,
hecho añicos.

Babilonia dentro del contenedor,
nadando en deshechos
ya
con los ojos
fuera de órbita.

Imagino el crash
de todas las computadoras
del planeta tierra
y
en un segundo,
la hamburguesa
estalla en mi estomago.

El Sol se va otra vez.

Subo
por la escalera
y prendo la radio,
en el marco
de la ventana,
una paloma
muerta,

escucho
mientras miro
al pájaro gris
en silencio,
una madre
que le dice a su hijo hijo:
¡No toques a los vagabundos!

Cierro la ventana
porque hace frío,
y en la radio,
un comentarista
de voz
carrasposa,
dice que
esta noche
va a nevar,
mientras
un saxofón,
devora
la escena
ya la tarde
se hace noche.

Babilonia se aleja
de espaldas,
esfumándose
alegremente
con su vestido azul
ahora encandilante,
como si
su cuerpo
hubiese salido
de la lavandería,

camina con frenesí
bajo la nieve,
haciendo florecer
un carnaval
de entre los charcos,
mientras un cerdo
de neón rosado,
gira colgado
en la puerta
de una carnicería
china
abriendo
el telón de la noche
en el callejón
de la calle Hastings.

MRJ

El Pibe Alcantarilla

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하수구 아이
The Sewer Kid

Desde hace un tiempo fue cobrando una dimensión inesperada la infección de una herida que tengo en la espalda. Lo que era una simple “cascarita” dio paso a unas ampollas similares a las de una quemadura, lo que me hace imposible dormir de espaldas.
En esta última semana, las ampollas crecieron en número y tamaño. Todo un microcosmos de dolor creciendo detrás mío. Por dentro de las ampollas siento una efervescencia cáustica que a decir verdad me da un poco de miedo, como si todo el asunto fuese a explotar de un momento a otro. Pero otras veces siento todo lo contrario. Ese movimiento dispara en mi mente imágenes de niños jugando bajo la lluvia en un parque, hamacandose o solo riendo a carcajadas mientras saltan en una cama elástica y toman jugo de sandia. En esos momentos abrazo ese sentimiento de compañía mental como si fuese el último cohete de un planeta a punto de explotar disparado hacia el espacio y entonces una sonrisa se dibuja en mi cara.

Me encantaría poder ver directamente al centro del asunto. En un pico de efervescencia, las ampollas parecen emitir una cálida luz intermitente, como si de alguna forma se hubiesen metido dentro docenas de luciérnagas borrachas y no pudiesen encontrar la salida.
Lo mas interesante o atemorizante tal vez, es que con el paso del tiempo esa efervescencia y luminosidad han perdido ese frenesí aleatorio y descontrolado y han dado paso a lo que yo llamo una rutina coreografiada de luz y movimiento que puedo presenciar proyectada en las paredes del acueducto.

La luz intermitente de neón verde del cartel “24hs” de la farmacia se entremezcla con el otro de color rojo que dice “Cerveza Fría” en un almacén Peruano a punto de cerrar, cerca de Callao y Corrientes. El espectáculo de neón incandescente se filtra por una de las rendijas de una alcantarilla al costado del cordón e ilumina parte del acueducto, que hoy viernes esta seco y por eso esta tarde me encontré un regalo, lo que en un primer momento creí una alcancía, resulto ser un pequeño instrumento de viento que al ejecutarlo dota a la escena de una alegría inusitada.

Inesperadamente la melodía atrae a unos roedores que desde un rincón me clavan la mirada como si estuviesen a punto de recibir una orden. Pongo mi puño en la boca como formando un megáfono y les digo:¡Bienvenidos al banquete imaginario, por favor, sirvanse cuanto gusten! Les digo mientras se me cae una gota de saliva espesa y los imagino aplaudiendo vigorosamente, como si estuviesen sentados cómodamente en sillones de pana roja en un teatro céntrico de una Buenos Aires pos apocalíptica, vistiendo de smoking y sonriendo en un festín grotesco.
¡No hay necesidad de formalidades, sientanse como en su casa! ¡Adelante, adelante! ¡No tengan miedo, solo estoy un poco sucio nada más!
El destello de sus ojos me encandila sumiendome en una ceguera temporal. Imagino las estrellas afuera en lo alto latiendo sin sentido mientras un relámpago estalla como si un gigante cayese sobre un techo en una noche azul.

Con los ojos cerrados vuelvo mi cabeza hacia atrás y me doy cuenta que las ampollas tienen el tamaño de un melón y un color rojo crudo. Sintiendo que tengo una carnicería barata en la espalda vuelvo a mirar a la pared y descubro la proyección de las ampollas con mucha más definición.
Nítidamente, podía apreciar figuras recortadas en sombra, como hechas de papel o cartulina, moviendose toscamente, espásticas, enardecidas y errantes.
Casi involuntariamente vuelvo a soplar el instrumento de viento. La madera de la cual esta hecho parece dotar al sonido de una textura rupestre y terrosa. Un pájaro cubista andino pintado de azul en la tapa con el pico abierto, exclamando. Formas geométricas lo rodean sin tocarlo. Me descubro contento al escuchar la melodía, me tiemblan las manos y el pelo se me viene a la cara aunque puedo continuar mirando las sombras de marionetas moviendose bajo la ciudad que duerme pero todos están borrachos por la noche.
Trato de dar forma a una tonada tapando y destapando con el dedo indice el agujero de la cajita de madera pero no puedo. Mis intentos de musicalizar la obra son en vano. Solo consigo un sonido repetitivo y casi tribal. Una especie de mantra del altiplano.

Las figuras resultan ser un gato y un mono. El felino busca jugar persiguiendo la cola del simio y este, como absorbido por la música, baila mientras aplaude con sus manos por sobre su cabeza sin prestar atención al gato, que insiste infinitamente con el juego.

Ya pasaron decenas de años desde el momento en que tomé la decisión de abandonar el mundo de los humanos o lo que ellos llaman “Civilización” para adentrarme en el mundo subterráneo de los acueductos porteños con la idea de nunca más salir. Desde ese momento no había vivido una intensidad y una emoción tan fuerte como en este momento, pero no pude resistirlo. Me quebré en llantos mientras el temblor de mis manos dejaba caer el instrumento de madera y este se perdía en la oscuridad espesa de una zanja.
En ese momento otro relámpago parecía abrir el cielo en mil pedazos y la lluvia estallaba en las calles del centro Buenos Aires. El acueducto comenzaba a inundarse lentamente mientras yo me alejaba hacia un lugar seco y seguro, recordando como si fuese un sueño el espectáculo que acababa de presenciar.

Me sequé las lágrimas con las manos y mientras caminaba por el pasillo húmedo y oscuro del acueducto, acaricie suavemente las ampollas con mi mano húmeda y todavía temblorosa.

Al otro día la lluvia continuaba incesantemente pero yo había alcanzado refugios más altos dentro de los pasillos subterráneos y ya no corría peligro.
Desperté de espaldas mirando hacia arriba, por lo que me di cuenta que estaba en el corredor 99G, casi en la intersección entre la Avenida Las Heras y Pueyrredon.
Después de un rato de observar el laberinto de tuberías oxidadas y enmohecidas, me incorporé de un salto imaginando las ampollas explotadas y casi instantáneamente llevé la mano a la espalda esperando lo peor.
Ya no había ampollas ni tampoco dolor y por lo tanto no volvería a haber luces ni espectáculo de sombras.

Un torrente de agua de desechos se habría unos metros por delante mío y vi como el instrumento de madera con la imagen del pájaro azul caía casi en cámara lenta entre latas de tomate, botellas de Coca-Cola y diarios gratuitos mojados. No pude seguir el recorrido del instrumento, que se camufló entre la basura húmeda y en mi búsqueda desesperada mi cara se disfrazó de pánico al leer el título de la portada de uno de los diarios empapados: Pronostican la Peor Tormenta de los Ultimos Cien Años en Buenos Aires.

Lentamente me senté en el cemento frío y húmedo. Saqué una pequeña radio que siempre llevaba conmigo en el bolsillo. No había mucho que yo pudiese hacer. Busqué en el dial mi estación preferida y me dispuse a esperar que el mono y el gato vieniesen a rescatarme.