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De Norteamérica toda

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De Cache Creek a Chilliwack hay entre 600 a 800 km, no estoy seguro. Los camioneros no tienen permitido levantar gente en la ruta… a no ser que sean los dueños del camión y tengan ganas de llevarte, como en este caso.
En Cache Creek no hay nada, es casi un desierto y todos visten sombrero de cowboy. Este tipo paró cuando el Sol se estaba ocultando y me ahorró el pernocte debajo de un puente.
A pesar de mi inglés básico de aquellas épocas, el tipo se las arregló para contar chistes y explotar a carcajadas. Un grande.
Me dejó en una parada de camiones, ya de noche, en Chilliwack y me quedé en una cafetería Tim Horton’s 24hs que son como un virus fuera de control en Canadá. No tenía ni bolsa de dormir, ni carpa ni plata ni nada, estaba regalado al azar.
La cafetería resultó ser la parada preferida de los ratis de turno, que entraban cada dos por tres a comprar donas, tomar café y hablar con los empleados. “Viste que bueno que esta el nuevo Taser?”.
Tiré toda la noche con mi café de $1,20 mientras leía los diarios de la semana.
A las 5 de la mañana volví a la ruta y después de un rato paró un paramédico que iba para Burnaby. Ahi me bajé, me tomé el subte y que me dejó en la esquina de mi casa. Saludé al gato del vecino y abrí la puerta del sótano de la calle 14 y me fui a dormir. Todo eso por allá cuando vivía en BC.

Muy lejos del planeta rojo

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Son las doce del mediodía y todavía no me fui a dormir. Un mamarracho blanco esférico brilla detrás de las nubes como una Luna radioactiva que se alegra de estar bien lejos de acá. A mis espaldas un lodazal abraza dos árboles muertos y la vegetación seca que los rodea se asoma por entre grietas de lodo como unos huesos tratando escapar de una tumba.
Un poquito más alto, un cuervo que posa sobre un cesto desbordante de basura abre el pico con ganas de decir ¡basta! pero en cambio le sale un sonido de tambor africano que les hace digerir bien rápido los panqueques matutinos a un grupo de señoras que tejen sentadas sobre unos bancos del parque.
Una de las señoras ha dejado de tejer y mira a los patos de la laguna que van y vienen con total desinterés mientras la gente desparrama sus perros que corren de acá para allá eyaculando alegría. Una rama cae en el agua y uno de los perros se zambulle, nada, la atrapa con su boca y regresa para devolvérsela a su dueño.
Detrás de la maraña de perros y dueños, unas personas parecen disfrutar del alboroto y se ríen a carcajadas, muy cerca de los cartones y diarios desparramados con los que alguien trato de evitar el frío de la noche anterior en el parque, donde una de las portadas dice con letras grandes “¡GANAMOS!” y muestra una foto del equipo local de hockey con los brazos en alto.
Dos pájaros miran impávidos toda la escena sobre el techo de una casa frente al parque cuando una de las ventanas se despedaza y unos pendejos huyen con bates de béisbol, vistiendo remeras de colores fluo, cruzando el parque en dirección a la estación de tren.
A pesar de todo la laguna negra sigue inmutable, enorme. Como un cráter lleno de petróleo, destella hermosa en la tarde y yo intento concentrarme en algún pensamiento que me aleje del lugar; el planeta rojo, las conversaciones ajenas en la pizzería o los zapatos de los vagabundos que duermen en la estación, casi como un ejercicio de meditación que me haga olvidar lo que me rodea. Pero una conversación por celular más allá del pantanal me da un sopapo de realidad:
-¿Diez mil? ¿Diez grandes?, 10 grandes está bien, fair enough.
Casi al mismo tiempo, un patrullero pasa zumbando, después otro y al rato otro más. ¡Ah, la vida!
Como tratando de escapar, un pato se sumerge bajo la oscura capa de agua dejando solo sus patas extendidas sobre la superficie. Las ondas que dejan sus movimientos se extienden sobre el agua hasta la orilla, donde la gente juega con sus perros. Varias ondas golpean la orilla como si fuesen su forma de comunicarse con la humanidad.
Otra pelota cae en la laguna, el Sol sale de entre las nubes, un labrador se zambulle, el cielo se despeja, el perro trae la pelota y todos están contentos.

Vestidos para la Luna

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En la batea
de saldo,
viejos libros
de ciencia ficción
abandonados reposan,
relatan epopeyas
de ciudades
que ya no existen;

un autobús
pasa humeante
con los vidrios
empañados y
un anciano
desde adentro,
me saluda
agitando su mano;

¿Adonde irá?
Me pregunto,
mientras
se pierde
en la bruma,
un título
me atrae
desde la batea:
“Vestidos
para la Luna”.

E.D.

Las alimañas de la nocturna

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Esta es una de esas noches infinitas en las que me acuerdo de todo muy tarde. Quizás las primeras luces tengan un efecto reminiscente en alguna parte de mi cerebro y es entonces cuando se me da por picotear el teclado buscando el chispazo azul.

Pero allá afuera, no tan lejos de acá, los bosques secos arden en una fiesta de luces en donde el calor baila junto con el fuego, mientras que el resto de los habitantes del bosque miran impávidos el espectáculo o algunos huyen despavoridos hacia sus refugios secretos y en el peor de los casos, rumbo a las montañas mutantes creadas por las grandes sanguijuelas corporativas.

En el cemento hace calor y mucho. Las noticias se derriten en los periódicos, chorreando párrafos del absurdo e invadiendo las calles con paranoia y sensacionalismo, como reflejando el balbuceo de un viejo senil en algún pasillo de un hospital público. La bola de la estupidez sigue rodando y agrandándose con el tiempo y los topos de la metrópolis, esos que caminan en dos patas, la siguen atrás a lo pavote, con cuchillo, tenedor y babero puesto. No vaya a ser cosa de atraparla y no poder probar bocado.

Pero en mi cueva las paredes sudan gris y eso hace que me olvide de los topos, las mentiras periódicas y todo lo que halla pudriendose allá afuera.

Aunque desde afuera se puede ver para acá adentro. Es así que los ojos del gato de la vecina cruzan el baldío para preguntarme que hacemos con nuestras vidas. Luego se dan la vuelta destellantes y saltan escondiéndose en los pastos altos del terreno sin interesarse siquiera por la respuesta, como sabiendo perfectamente que caemos en picada.

Mientras tanto la Luna se mezcla con el amanecer y es cuando recostado en el sillón sin saber que hacer, buceando en la penumbra con los pies colgando del apoya brazos y tapado a medias con mi campera azul, escucho a las alimañas ahí afuera, en el baldío. Son como niños salvajes expulsados de la escuela nocturna por no haber estudiado y sabérselo todo. Por lo cual ahora andan con mucho tiempo libre para martillar estrellas.
Criaturas casi invisibles, no se exponen a la luz del día por vergüenza a cruzarse con nosotros. Por eso viven entre hornos micro ondas descompuestos, motores de heladeras y tubos de televisores que alguna vez proyectaron fantasías y que ahora, duermen como esculturas abandonadas en el desierto en el baldío que da junto a mi ventana.
Las escucho escarbar para morder raíces suculentas y crujientes. Algunas son expertas buceadoras de bolsas de consorcio y otras simplemente tragan lo que se encuentran a su paso como verdaderas maquinas de reciclaje vivientes. Un espectáculo que no tuve el placer de presenciar pero que intuyo que ocurre en las cercanías de un pequeño lodazal de donde salen taladrantes onomatopeyas pornográficas.

Cada objeto nuevo arrojado a esa especie de zoológico carroñero es bienvenido con la alegría que un mendigo en la calle, recibe un cigarro y regala una anécdota infinita e intocable transformando las palabras en nubes inmutables que atraviesan el tiempo y cambian la vida de las personas que tienen el agrado de escucharla.

Pero yo sigo acá adentro. Como la criatura expulsada del charco por egoísta, que ahora se arrepiente y quiere deshacerse de todo sabiendo que los objetos carecen de valor alguno. Como decidida a cambiar algo que no sabe lo que es, pero reconoce que lo que hay huele a podrido. Como el tipo que sabe que la puerta esta abierta y sin embargo entra por la ventana. Casi como queriendo ser la ola que se llevó una botella y devolvió una ameba babeante y traslúcida.

Me siento en el sillón mientras las criaturas garabatean espásticas puteadas adentro de algún hueco en la tierra y me imagino ese océano de olas mágicas adentro de una botella de vodka, que como una escollera abrazada al oleaje, se encuentra erguida sobre la mesa.
En un intento por absorber parte de esa energía, me tomo un buen trago directo de la botella, esperando que una de las olas estalle adentro mío y deje escapar algunos pájaros de la jaula oxidada que cuelga en algún lugar dentro de mi.
Pero el vodka rápidamente me pone de buen talante, y como soy muy fácil, solo con eso me basta.

Una pluma azul se asoma y se hunde en el fondo de todo, escapando de la realidad y perdiéndose para siempre.

Es cuando abro la ventana de par en par, como invitando algo a entrar. Desde el terreno de enfrente me veo como un punto nublado en la escena. Un ladrillo en una pared abandonada. Una foto fuera de foco.
Mis gritos son mudos y por eso nadie se acerca. Mis muecas son invisibles hasta para el que tengo en frente. El laberinto de basura del baldío es más importante para ellos y los entiendo. No hay nada que yo pueda decirles a las criaturas expulsadas de la nocturna.
Solo una brisa que esta perdida se atreve a entrar, casi por error o de casualidad, pero se escurre rápidamente por debajo de la puerta tan rápido como llegó. Sin embargo la emoción del momento me dura un rato y con solo eso vuelvo a conformarme.

El escalón etílico se hace cada vez más empinado y a medida que busco la ola perfecta, mientras revuelvo en mi cabeza por una idea como un mono que busca una banana en un supermercado, me acuerdo de las maravillosas bienvenidas que las criaturas dan a los nuevos desechos que son arrojados en el baldío. Se me ocurre entonces, darles todo lo que tengo en mi casa y salir rumbo al Este haciendo dedo por la ruta transcanadiense hasta llegar al Océano Atlántico.

Esta epifanía se presenta mientras, casi en trance, abro la heladera para encontrar una lata de cerveza Pilzner de medio litro detrás de un frasco de puré de tomate casi vacío, casi por casualidad.
Como si la imagen de un conejo blanco que me mira parado en medio de un campo rojo inmenso, sonriendo; un campesino agitando la mano saludando y otro habitante de la escena manejando una carreta hacia el horizonte sobre un camino de tierra dorado y un sol enorme brillando en lo alto, todo desde el gráfico impreso en la lata de cerveza, pareciese haber provocado un electroshock visual en mi inconsciente y disparado la solución perfecta para reconciliarme con las alimañas del baldío.

Me tomo la cerveza casi de un sorbo y llevo casi todo lo que tengo al baldío. Cuando vuelvo voy a pedir mi deposito contra daños a la casera que vive en la parte de arriba. No me devuelve la plata tartamudeando escusas mirando al piso. La discusión se basa en el absurdo de sus quejas y mis reclamos se vuelven de cartón mojado.
Sabiendo que no había nada que hacer, me pongo la mochila con un poco de ropa y la computadora portátil. Mientras bajo la escalera para no volver pienso en las criaturas nocturnas celebrando la llegada de nuevos laberintos y lo que quedó en la casa desparramado por el piso.

Comunicado inútil

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Mientras revolvía la basura buscando alguna idea, encontré una vieja petaca, que para mi sorpresa todavía tenia vodka adentro. Serví un generoso trago en una pequeña tacita china que le habían regalado a mi novia para su cumpleaños y fui a mear.
Cuando regresé, sobre el borde reposaban dos mosquitas, de esas que revolotean sobre frutas y verduras, pero que también merodean a veces a tu alrededor.
Estaban una frente a la otra, como hipnotizadas por sus miradas. Estimuladas quizás, por el vaho que emitía el vodka barato, comenzaron a frotarse suculentamente sobre el borde que a escala humana seria el equivalente a una mesa de un café porteño. Una escena repulsiva, si a esto le agregamos el color rojizo de sus pequeños cuerpos infectos y peludos. Como dos perros en celo pegados se revolcaron por las alturas de la tacita, como en un intento de prolongar su especie al infinito.
De un par de manotazos frené la escena en seco, como un policía de otra galaxia y las mosquitas se esfumaron entre los recovecos de la alacena.

Sin dudarlo, me tomé un buen sorbo de vodka, sabiendo que no era la primera vez que un ser infecto se baboseaba sobre algo que me iba a llevar a la boca y que los químicos de los productos con los que limpiaba esa misma taza, se estaban encargando de pagar la hipoteca de algún cáncer o enfermedad corrosiva latiendo en mi interior, con ganas de implotar en un futuro cercano. En otras palabras, me parecían mucho más dañinos que la minúscula pareja.
Les escuché zumbar, como una risa cómplice, por detrás de un paquete de arroz, y me hicieron recordar las plegarias taladrantes que, parado sobre el cemento de una intersección de avenidas muy transitadas, escuché mientras esperaba a que el semáforo me de paso.

Un gemido balbuceante, un murmullo incomprensible que comenzó a derretirme el tímpano. A mi izquierda una señora gorda en sus cuarentas sostenía un rosario dorado que presionaba animosamente con ambas manos sobre su remera blanca como las nubes de ese día. Me miraba mientras el sudor le rodaba por la frente y sus cachetes, mientras que vociferaba una especie de mantra cristiano que a medida que fueron pasando los segundos comencé a escuchar cada vez más: ¡Gracias al señor por este hermoso cielo azul, gracias, gracias! ¡Gracias por el sol brillante que se ríe en lo alto y nos baña con su luz y calor. ¡Aleluya, mis gracias al Señor!
Se despabiló del mantra y me dijo: ¿No es terrible lo que le paso a Michael? ¡Ay, pobre Michael! (A una semana de la muerte de Michael Jackson) Su cara cambió bruscamente, como si recordar la muerte de su ídolo fuese como una cachetada de realidad, y continuó diciéndome con expresión de odio: ¡Aghh, que se vaya a la mierda! Estuve llorando como una semana sin parar por él y… ¡Al carajo! me cansé, me dije, él está en el cielo junto al Señor y yo acá, teniendo que pagar mis cuentas, trabajando todo el día por nada, una hipoteca que me asfixia, el by pass de mi perro, la gripe aviar y mfffrr, ¡quien sabe cuantos castigos más! ¿y por qué, eh? ¡Qué hemos hecho para recibir semejantes castigos Señor! Libranos de esta constante agon…
El semáforo me dió paso y me escabullí a sancazos entre la multitud, imaginando que todo había sido parte de un espejismo siniestro.
A pesar de haberme alejado varios metros, todavía podía escuchar las plegarias taladrándome la nuca. Llegué al otro lado, destrabé mi bicicleta y pedaleé rápido por el callejón que da al Mac Donald’s, donde los homeless tomaban café y contaban monedas de un centavo. Pude llegar a ver como uno de ellos formaba una carita sonriente con las monedas sobre la mesa y la cara avejentada de otro reflejada en rojo por el neón de un local de la avenida.

Pero no interrumpí el coito de dos espurios especímenes de la fauna metropolitana para sentarme acá a mofarme de su pequeñez y debilidad, de lo fácil que fue deshacerme de ellos con un simple abanicar de palmas; o tartamudear una anécdota errante y suburbana sobre un perturbado fanático del difunto Jackson.

O quizá sí, no sería la primera vez que me siento y escribo un comunicado inútil. Como si fuese un náufrago metiendo una hoja en blanco adentro de una botella para luego arrojarla al mar. La verdad es que ya no importa.

En fin, todas las cosas, las de la imagen y también otras que no están en cuadro, se fueron apilando rápidamente como el reflejo materializado de nuestras vidas absurdas a lo largo de este tiempo de habitante de las cavernas, o “basements”, como les llaman acá. Pero ahora, sin embargo y con alegría, tengo que deshacerme de todo, ya que el viento sopla nuevamente y el barco se empieza a mover.
También las ganas de apilarlo y quemarlo todo, reducirlo a cenizas para salir corriendo al bosque, a la montaña, al desierto o a esconderse entre las alcantarillas, ideas que siempre tienen varias fichas y más a esta altura de la madrugada, donde el vodka es más que un amigo.
Pero como ya sabemos que lo que para uno es una caja para el otro es una silla; un auto abandonado, un cuarto de hotel; una botella rota, un candelabro; la mayoría de las cosas que no necesito llevarme son gratis y con el dinero de lo que se vende o lo que se pueda vender, lo usaré para remendar algunas velas del barco y así partir rumbo al Este por la autopista transcanadiense hasta chocar con el Atlántico norte y ver de que color son las gaviotas por allá o arrojar piedras al agua, uno de mis pasatiempos favoritos.

Vi-ta-mi-nas

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El sonido avisposo del cerrojo electrónico de la puerta abriéndose se mezcla con el de la lluvia que cae afuera mientras Margarita, una mujer en sus cuarenta y tantos, abre la puerta empapada. Con su pelo teñido de rojo cubriendole la cara y sus anteojos de Sol, entra a la cocina que compartimos en el sótano de la casa de habitaciones de la calle doce oeste. Parece haber estado caminando durante un largo rato porque la veo agitada, avanzando pesadamente con una cartera que se parece mucho a esas que se usan para llevar la bola para jugar bolos.

Mis reflejos no están en su mejor día, me levanté con resaca de vodka ruso barato y cervezas “Moño Azul”, sudo en frío y los sonidos parecen amplificarse en mi cabeza a medida que pasan los minutos. La cabeza me late como el corazón de una mula vieja subiendo una cuesta. Una verdadera pesadilla etílica.
Aturdido, tengo la idea en mi cabeza de que haciéndome un café instantáneo todo va a ir mejor, al menos este día, que parece estar perdido mientras el cielo plateado se cae a pedazos a las cinco de la tarde para darle la bienvenida a la noche otra vez.

Margarita vive en el cuarto que está junto al mío con Ron, su pareja. Ron es un personaje rústico también en sus cuarenta y tantos, de aspecto de jugador de hockey retirado, ojos desorbitados y acostumbrado a vestir camisas hawaianas de colores chillones desabotonadas.
El tipo de psicópata que deja mensajes escritos en papel pegados con cinta adhesiva sobre el tubo del teléfono (que también compartimos) diciendo “NO PASEN MENAJES PERSONALES POR EL TELEFONO”. Supongo que alguien le deberá una puñalada o dos, o el servicio penitenciario lo busca porque se dejó la biografía de Picasso en la celda del Pabellón para presos insanos.

Su cuarto está junto al mío pero solo los he visto en contadas ocaciones, sirviéndose vino tinto frío de una botella de plástico de dos litros en un vaso de Mac Donald’s extra largo o comiéndose la manteca salada a cucharadas en una de esas mañanas donde el Sol esta enterrado en el centro de la Tierra y los cuervos afuera en las calles, apuntando a los transeuntes con metralletas exigiéndoles incoherencias a grito pelado.
Otro de esos días en que pareciera que las sonrisas fuesen ilegales.
En cambio sí he tenido la oscura oportunidad de escucharlos, ya que la pared que separa nuestros cuartos es de un material similar al cartón mojado. Sus peleas nocturnas parecen montadas a una calesita del terror en la que el dueño hace malabares con pastillas de clonazepam y los caballitos se fueron de putas. Un verdadero descalabro sonoro y un certero provocador de pesadillas burlescas entrando aceitadamente a mi ya perturbado subconsciente en esas madrugadas que logro conciliar el sueño que terminan por levantarme de un salto creyendo que se van a matar justo en frente de mi puerta.

La cocina parece un baño químico gigante, con luces de bajo consumo que prendidas hacen un sonido similar a una mosca zumbando atrapada detrás de un vidrio. Carteles en taiwanes e inglés rezan la frase “Ahorrá Energía” con letras negras y fondo amarillo pegados debajo de los interruptores de luz como un souvenir apocalíptico del calentamiento global.
Lo más curioso es un cuadro de esos que se consiguen en el tipo de local “Importaciones de Asia” colgado en la pared más popular para los bichos bolita que logran entrar a la casa por la ventana, que a propósito, tiene un tamaño similar a las que se encuentran al costado de los pequeños yates.
El cuadro hace las veces de cárcel de cristal para una figura tridimensional de un pavo real blanco de plástico que permanece inmóvil sabiendo que no hay forma de escapar. Parece estar relleno de alguna sustancia hedionda y putrefacta que hace que el lugar huela como una carnicería.

Al verla entrar, la saludo tímidamente levantando la mano como si mi brazo estuviese entumecido, mirandole apenas la cara, casi sin querer; espástico, tratando de mantener mi vista enfocada en su frente o en su mentón para evitar chocar contra sus ojos huecos. Me siento como si un perro me estuviese mordiendo la espalda para tratar de subirse a mi cabeza y un chispazo mental de una golpiza en un callejón tailandés se estrella en mi retina cuando ella en cambio, contrae los músculos de su cara hasta producir una mueca rabiosa que se asemeja a una sonrisa. Supongo una regla protocolar de algún organismo expulsado de un protomundo subterráneo.
Su dentadura postiza se deja ver entre entre el telón de carne que es su cara arrugada y los labios que parecen pintados con un fibrón gastado, me hacen acordar a la cadena oxidada de mi bicicleta que en este momento esta afuera atada a una reja bajo la eterna lluvia que baña a esta insípida ciudad.

Dado por terminado el saludo protocolar insinúo con mi dedo índice señalando la taza, seguir con mi asunto de revolver la mezcla pastosa de café y azúcar pero ella vomita,”¡la puta madre como llueve!” Mientras se pasa la mano por la frente mojada, se saca los anteojos y continua, como si en la boca tuviese una de esas máquinas automáticas que disparan clavos, “acabo de ver como atropellaban a una anciana en la avenida, fue asombroso, sus bolsas de la verdulería volaron por los aires mientas las frutas y las verduras se eyectaron al cielo como si un pene gigante eyaculase fuegos artificiales en el calor del caribe. Por un momento nadé en éxtasis, como si la adrenalina de la situación me hubiese catapultado a una fiesta de la adolescencia. ¡Fue un momento mágico, irrepetible e inolvidable!”.
Algunas lagrimas de emoción brotaron torpemente de sus pupilas resecas y metió su mano en la cartera, supuse buscando un pañuelo.
Pero como si el discurso verborrágico e insensible que acababa de presenciar fuese poco, no pude contener mi asombro al observar más detenidamente su cartera para descubrir con asco que estaba llena hasta el tope de manzanas machucadas, trozos de papas, pedazos de cebolla, hojas de lechuga embarrada y un trozo de calabaza, entre un mar de otras verduras y frutas multicolores hechas añicos. Una verdulería ambulante del infierno.
Adivinando mis pensamientos, trata de sonreír aun más esforzando sus músculos de la cara a nuevos límites y en lo que a mi respecta, un calambre facial completo de una película horrorosamente siniestra, me dice: “Ja, ja, supuse que la pobre anciana ya no iba a necesitar sus verduras ya que la comida de los hospitales es muy buena y me tomé el trabajo de recoger algunas, ¡son para todos, como si fuésemos una comunidad!. Vi-ta-mi-nas eso es lo necesitamos querido o ¿acaso crees que me gusta ver que la comida se tire a la basura?
En ese momento yo no podía procesar toda la información correctamente y ni siquiera articulé una sola palabra.
Orgullosamente, abrió la puerta de la heladera y guardó las verduras, junto con la cartera dentro del primer mostrador.

El trip de la realidad me había sobrepasado y la resaca galopante me asfixiaba como si tuviese una bufanda enrollada en la cabeza en verano. Me senté y dejé mi taza azul a un costado, en la mesa de plástico de la cocina mientras escuchaba los arrastrantes pasos de Margarita alejándose para meterse en su cuarto.
Escucho el sonido de la pava sobre la hornalla casi explotando por el calor y levanto la cabeza para ver la pava derretirse ante mis ojos desorbitados en la tarde vomitiva del lunes.
El portazo que la señora al cerrar la puerta blanca de su cuarto me saca del trance casi instantáneamente. Me levanto como si nada y comienzo desde cero mi ritual cafeínico. Dos cucharadas de café instantáneo, tres de azúcar, unas gotas de agua y revuelvo un rato. Luego hecho agua y después un poco de leche. Revuelvo un poco más y listo, el café esta preparado.

MRJ

Encuentro fugaz con el universo rechazado

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거절된 우주를 가진 짧은 실전
Brief encounter with a rejected universe

Le daba, le daba, le daba y no paraba. ¡Una locura! El universo se puso a un costado y se sacó el sombrero. De la emoción dejo escapar otro universo, un poco más peludo y desgarbado, con una petaca de whisky en el bolsillo y remiendos en el saco. Sí,  algunos problemas emocionales que arrastraba desde el pasado y también una relación turbia debajo del brazo a punto de estallar. Podría agregar unos nebulosos días en la cárcel para apaciguar los ánimos también, y cortar un poco con la “rutina” quizá. Bueno, ni que hablar del asunto de su navaja pérdida. 

¿Perdida dónde ? pensé yo, ¿acaso el universo no lo contiene todo? o ¿acaso de eso se trata el Apocalipsis? de un retazo del universo perdido, vagando por ahí, buscando ser encontrado en vano, rodando mientras, cuesta abajo en los montes de la desolación imaginarios, al mismo tiempo que revuelve nostálgico en su bolsillo buscando un poco de polvo del pasado. 

Pero sin dudas y a pesar de todo eso, lucía muchísimo más poderoso,  motivante, estimulante y experimentado. Donde las canciones arrollaban con solo acercarte y las notas te arrastraban de prepo a la calle y te decían ¡dale vamos! 

Mientras que a las meseras le decías dos y te traían diez, la felicidad etílica rodaba infinita para todos.  Los mendigos o los solitarios no se quedaban afuera y en cambio entraban en escena, acercandose energicamente  al micrófono para uaaaauuuuuaaaabuuuuuubaaaaaa shhiiiii gububú gaaaa dizá, bá! pum!, jachá! ka ta pabum pá ziiiii

Infinitamente latente, desgastante y hermosamente espeluznante a la vez. ¡Que no termine, dale! uaabuuugaaaa, su di ba bum guup gachá shhhhhhh buri bap pá abu bum gaaaaa eehhhhhssssshhhhh.

Todos con un apetito insaciable y voraz de bebop en un bar estrecho y atiborrado hasta el techo de gente hambrienta de be bop una noche de esas que te encontrás tiradas solo por casualidad, al lado de un silla con tres patas, adentro de una lata con monedas de un centavo o al encontrar un gato negro muerto, con los ojos abiertos, al costado de tu camino .

Chapoteando con los Desolados

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로 튀기는 것은 황폐한다
Splashing with the Desolates

Como un hada
en un pantano
azul
que no puede
encontrar
la salida,
Babilonia
cruza el callejón
arrastrando sueños rotos,
y un cheque
rebotado
en el fondo
de su cartera,

destella inquieta,
chispazos
nerviosos
de inseguridad,
porque
hace horas
que viene
buscando,
lo que viene
buscando,

una bolsa
con uñas rotas,
es lo que tiene,
un parque
de diversiones
en
una tarde
de verano,
es lo que
ella
quisiera,

Husmea en los huecos,
desvencijados
donde la ciudad
da la espalda
y la nuca
de los bares
suda frío
al
momento que
la vida
pasa fría,
inmutable,
por su lado,

vagabundos y yonquis,
putas y punteros,
lloran
al unísono,
repartidos
por el
callejón
formando una
gran lágrima
de hielo
que se derrite
y regala charcos
que parecen
espejos
de hotel,
tirados
en el piso
del callejón,

¡Ella también quiere llorar!
pero hace meses
que busca,
lo que busca
y encuentra,
lo que no quiere,
es por eso
que no tiene tiempo,
aún
y aúllan,
se pelean,
ya por nada,

es como si
quisiera,
vivir en su canción
favorita,
todo el tiempo,

me cuenta
que
perdió la cartera
en una curva
pronunciada,
los tacos de
los zapatos
están
flojos
y el vestido
de fiesta
ya no brilla,

Babilonia
le dice a nadie,
mientras
se acurruca
en un hueco
del callejón,
y lee el diario de ayer
mientras espera y espera.

Se acerca alguien pedaleando, tiene una campera marrón manchada de grasa y una gorra de los Canucks, el equipo de hockey local. Abre la tapa de un contenedor como si fuese un baúl al final del arcoíris. Un pucho a medio terminar le cuelga de los labios y sin bajarse de la bicicleta mete medio cuerpo en el contenedor y se estira para alcanzar varias latas de cerveza vacías que arroja casi sin mirar en una bolsa de plástico negra que trae atada al manubrio. Brotan una especie de carcajadas metálicas cada vez que una lata cae dentro de la bolsa, como si las demás se alegrasen de la nueva compañía.

Almuerzo una hamburguesa parado de espaldas al baldío. Una piñata llena de basura parece haber explotado hace segundos. Un festín de mugre alfombra el lugar. Dos ratas juegan a las escondidas entre los escombros de una vieja construcción, mientras otra se mira perpleja reflejada en un charco, y me pregunto, ¿acaso un roedor no puede ser coqueto?

Los momentos de magia son para cualquiera.

Pasa Marcelo, el poeta, y me cuenta que Ton y Tony’s el local de pizza de la esquina aumentó las porciones veinte centavos. El fin del mundo se acelera con respeto al precio de la mussarela . Mientras tanto, un helado se cae en el verano de alguna parte del mundo, bien lejos de acá seguramente.

En el primer piso una sombra mira las carreras de caballos en el televisor con un boleto en la mano. La luz del tubo escupe pedazos de la imagen por la ventana y la cabeza de un caballo rueda por el aire riéndose de los desafortunados que no tienen nada en los bolsillos, acá en el callejón.

Babilonia ahora tiene hambre
y nos va a comer a todos,
se deja escapar
un murmullo,
de entre una de las ventanas
del segundo piso de un edificio arrumbado,
hecho añicos.

Babilonia dentro del contenedor,
nadando en deshechos
ya
con los ojos
fuera de órbita.

Imagino el crash
de todas las computadoras
del planeta tierra
y
en un segundo,
la hamburguesa
estalla en mi estomago.

El Sol se va otra vez.

Subo
por la escalera
y prendo la radio,
en el marco
de la ventana,
una paloma
muerta,

escucho
mientras miro
al pájaro gris
en silencio,
una madre
que le dice a su hijo hijo:
¡No toques a los vagabundos!

Cierro la ventana
porque hace frío,
y en la radio,
un comentarista
de voz
carrasposa,
dice que
esta noche
va a nevar,
mientras
un saxofón,
devora
la escena
ya la tarde
se hace noche.

Babilonia se aleja
de espaldas,
esfumándose
alegremente
con su vestido azul
ahora encandilante,
como si
su cuerpo
hubiese salido
de la lavandería,

camina con frenesí
bajo la nieve,
haciendo florecer
un carnaval
de entre los charcos,
mientras un cerdo
de neón rosado,
gira colgado
en la puerta
de una carnicería
china
abriendo
el telón de la noche
en el callejón
de la calle Hastings.

MRJ

Jaula Nueva para el Mono

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원숭이를 위한 새로운 감금소
New Cage for the Monkey

En el momento que abro la puerta de entrada, sale disparado hacia la calle y rápidamente lo pierdo de vista, inmovilizado, sabiendo que es imposible atraparlo. El mono vuelve a escaparse.
Al tiempo lo encuentro, lo baño, lo peino, le doy de comer y se queda tranquilo.
A las pocas semanas lo veo con la cara pegada a la ventana otra vez; los autos pasando echando humo, la nieve rodando con el viento, los pájaros picoteandose por una ramita, las personas grises yendo al trabajo heladas en la mañana de invierno. Todo lo que está afuera absorve su atención.
Por el reflejo del vidrio puedo ver su cara compenetrada con el infinito. Sus ojos laten brillantes mientras sus manos pellizcan el marco de madera despintada. Siento que puede ver mas allá de la calle, de las chimeneas o de las antenas oxidadas en los techos de las casas del barrio. Puede ver la ciudad encendiendose por la noche y escuchar las bocinas de los buses atravesando las calles del centro; los vagabundos pidiendo monedas en la estacion y las putas maquillandose en el cordón de la calle pensando en el chute que tiene en la cartera; los taxis llenos y los centavos de cobre tirados en el asfalto mientras el neón de los restaurantes del barrio chino se apagan por la mañan; las peleas en los bares y el sonido de una botella estallando en alguna parte; las playas vacías en invierno y una paloma muerta en una terraza bajo el sol de la tarde que se acaba.
Más allá de todo eso, los caminos y las rutas, las montañas azules y los árboles imponentes. El sonido oxidado de los trenes llevando avena al más allá al momento en que las nubes nadan en un atardecer rojo de verano, mientras las estrellas se descargan cantando melancolías y titilando tímidamente hasta desaparecer en la oscuridad de la habitación infinita.

Apago la luz y el simio se queda dormido.

Meses después vuelve a fugarse. Salta en trenes, viaja en camiones de carga, come sardinas enlatadas al pie de una montaña, visita pueblos escondidos y hasta presciento que mantiene conversaciones existenciales interminables y estimulantes con conductores borrachos, osos pardos y musarañas sobrealimentadas. El agua de un lago le muestra su pasado y juntos ríen compartiendo anécdotas que creían haber olvidado. En la orilla, se acurruca en unos pastizales secos y las lágrimas se le caen mientras la fogata se desvanece como diciendo hasta mañana.

Una tarde aparece mientras estoy lavando los platos. Me sorprende disparando una diatriba de incongruencias que me abruman y me confunden.
Nos damos un abrazo estruendos que me contagia sus anécdotas mejor que las palabras y es en ese momento que por un momento puedo entenderlo todo. Por un segundo pienso que nada es verdad y que todo lo que hacemos no tiene sentido. Un pozo gigante se abre en el piso frente a mi y veo en el fondo brillar como oro la palabra miedo.
Me pongo la campera y salgo para la calle a comprar el mejor champagne que encuentre en el mercado. ¡El mono ha regresado y hay que festejarlo!