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En una calle cualquiera, de una ciudad cualquiera

thebattery

Las olas y las nubes azotan
la oscuridad para parapetarse
en lo más alto de su insolencia,
gaviotas, cuervos y algún perro
extraviado
ni se inmutan por el proceder
de los fenómenos meteorológicos,
y deambulan de aquí para allá
escarbando esqueletos
o sacudiéndose el polvo,
¡temperaturas bajo cero!
se me cruza gritarles,
pero que va,
si yo estoy ahogado
en penumbras que ni
las vocales me sale
contarte,
mientras el despelote sigue allá abajo
ffffffsshhhh, jashhhhh, mmbbbgggrrrrrr,
las olas arremeten revolucionariamente contra los
cimientos de madera
de algunas de las casas
en las escollera.

60 años después

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Esa mañana levanté la carpa un poco después de que salió el Sol y caminé hasta la ruta 1 para tratar de encontrar el pasaje a la ciudad de Calgary, a más o menos cuatrocientos kilometros de donde estaba.

La noche anterior el “maestro mecánico” me había dejado en el estacionamiento de un local de hamburguesas a la salida de la ciudad de Revelstoke. “Maestro mecánico, porque no hay nada que no pueda reparar” me había dicho con su voz carrasposa y sudando como loco, poco después de que me hubiese subido a su Pontiac verde modelo ’87, allá por Nakusp bajo el Sol del mediodía, cuando parecía que iba a quedarme a vivir en el lugar y los incendios forestales iban a terminar con los bosques del lugar.
Antes de entrar al local, me sugirió algunos lugares donde pasar la noche que él había usado cuando cruzaba el país a dedo durante los ’70s, pero los fui a buscar y obviamente ya no existían.
Terminé trepando una loma donde cruzaban las vías del tren para poder ver el lugar desde otro punto de vista.
El pueblo era casi tan grande como el centro comercial del lugar, un río a su lado y más allá árboles que formaban un bosque bastante joven. Bajé por la entrada al pueblo donde dos osos pardos tallados en piedra recibían a los visitantes preguntándome para donde ir.
Finalmente acampé del otro lado de unos puentes que cruzaban el río, una versión en miniatura de los siete puentes de Avellaneda, cerca de las vías del tren y el río Columbia, entre los árboles que daban al comienzo de un sendero. Cociné unos fideos frente al río mirando los trenes de mercancías pasar y antes de que oscureciera colgué la bolsa con la comida en un árbol y me fui a dormir temprano.
En la mañana, desarmé la carpa, me lavé la cara en el río y crucé el pueblo otra vez, para salir a la intersección de la ruta con rumbo este. Dejé la mochila poco después del ultimo semaforo, saqué el dedo y me dediqué a esperar. Un rato antes me había comprado unas facturas en una cafetería del centro comercial, acto que consideré un lujo dado el presupuesto que tenía y para cuando las había terminado, un camión amarillo con un caballo aerografeado en la cabina ya había frenado unos metros después. Corrí hasta donde había parado y me trepé a la cabina sin dudarlo. Era el pasaje directo a Calgary.
Tiré la mochila en el fondo y me senté en el asiento del acompañante. William, el conductor, era un inglés que trabajaba para la armada británica y también para la embajada de USA en Baghdad. No hacía mucho había vuelto de Iraq para armar un establo en la isla de Vancouver y trabajar en su propia empresa de repartos con su camión.

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Las cosas parecían no estar yendole muy bien y esperaba un llamado que le confirmaría si en dos meses volvería a ser chofer para la embajada de Estados Unidos en Iraq, un trabajo con un sueldo mensual de once mil dólares. De esa forma podría continuar pagando su hipoteca al banco y retirarse más tarde, al oeste canadiense y dedicarse a la cría de caballos, lejos del ruido de las bombas y el calor del medio oriente.
Se había enrolado en la armada por tradición familiar y no dudaba en enumerar las bondades de la educación militar inglesa en donde “el respeto y la buena educación son prioridad.” Aunque no se le movía un pelo cuando se refería al pueblo iraquí como “those fuckin’ bastards” o criticaba a la armada de Estados Unidos diciendo que solo servían para dar vuelta hamburguesas en Mc Donald’s.
Me pidió permiso para subir el volumen de la canción que sonaba en el estéreo que decía algo como: “Country road/ Take me home/to the place I belong” y aproveché para sentarme en la parte trasera para estirar las piernas, hacer unos dibujos y disfrutar de la ruta que atravesaba las montañas rocosas para cruzar a la provincia de Alberta, en un día soleado en donde iba saliendo todo perfecto.

Esquivando el tropezón

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Ese día me desperté inusualmente temprano, a eso de las cinco de la mañana; toda una rareza, ya que a esa hora me suelo ir a dormir en los días que todo está para arriba. Todavía no había salido el Sol y algunas estrellas seguían explotando con ganas, en el cielo que lentamente iba virando a un color azul oscuro intenso; indicios suficientes como para imaginar una mañana soleada, invitante a salir de la casa.
Dentro de mi habitación, el silencio se interrumpía con uno de los gatos de mi compañero de casa rascando la puerta de vidrio para entrar, después de haber pasado toda la noche afuera debatiendo asuntos gatunos, evadiendo enemigos o persiguiendo comida.
Lo podía ver desde la cama con sus patas delanteras rascando el vidrio, que da a un balcón de madera tipo terraza, donde hay desparramadas algunas macetas con plantas muertas y los árboles se trepan llamando la atención. De fondo, los barcos pesqueros descansan en la otra orilla de la bahía.
Aunque parecía apurado, se tomó su tiempo, acercando su hocico al exterior y olfateando, quién sabe qué, antes de saltar con sutileza gatuna al piso de madera para después salir corriendo y desaparecer detrás de los yuyos que crecieron detrás de una de las macetas.
Al cerrar, pude ver como un crucero gigantesco, que parecia un enorme árbol de Navidad a la deriva, entraba lentamente en la bahía, con sus luces de colores prendidas en la semioscuridad de la mañana. Mientras tanto, algunos pocos pasajeros ansiosos por llegar a tierra, se apoyaban en la baranda mirando la ciudad que los esperaba en tierra firme.
Pensando en cómo la basura era escupida por el crucero provocando una lluvia subacuática de desperdicios en algún lugar del océano, me vestí.
El árbol de maple, afuera, ya casi sin hojas por el otoño, parecía no tener nada que decir frente a mis diatribas mentales mientras se quedaba quieto sosteniendo algunas gaviotas que esperaban la salida del Sol para secar su plumaje.

Salí de la casa caminando despacio por el sendero que lleva a la cima del monte, no muy lejos, desde el que se puede ver como las olas golpean contra la orilla rocosa de la isla y también el horizonte, que del otro lado oculta a Europa. A esta altura el sendero es más bien una vereda que tiene la suerte de no tener una calle a su lado.
Al pasar por la puerta de uno de los vecinos, recordé que la noche anterior entre copas de gin y tónica, amablemente me había ofrecido recolectar algunas verduras de su jardín que de otro modo se echarían a perder por el invierno.
Eché una mirada de reojo y a pesar de la penumbra, se mostraba lleno de diferentes plantas comestibles y, casi inmediatamente, escribí una nota mental para de regreso, no olvidar cortar algunas.
Mientras avanzaba zigzagueando por el sendero, el día se fue aclarando rápidamente y los sensores de las lamparitas de las casas, detectando la luz, las apagaban de forma intermitente. Para cuando pasé la última de las viviendas, ya era de día, aunque el temprano augurio de buen clima estaba siendo aplacado por un puñado de nubes que tapaban el Sol y un viento que empezaba a soplar cada vez más fuerte y me obligaba a meter las manos en los bolsillos.
Sin embargo, seguí caminando impulsivamente hacia la cima del monte, mientras miraba la bandada de gaviotas sentadas en una gran roca mucho más abajo, cerca del agua, inmóviles; muy cerca de donde alguna vez hubo docenas de barcos pesqueros y ahora solo quedaba un muelle destruido como símbolo de una industria que se extinguía irremediablemente. El ir y venir incesante de las olas había hipnotizado a los pájaros, tal que sus cabezas iban y venían al compás de la marea, en un trance interminable.

Divagando en mis pensamientos, describiendo para mis adentros las rocas y la vegetación que las cubría, los árboles y las plantas cerca de las piedras bajo el mar, terminé dejándome llevar por algunas ideas que en ese momento sonaban bien y no tenían nada que ver con mi entorno. Después de un rato la sensación habitual de que todos los cables están conectados en los lugares equivocados, comenzó a aflorar y a superponerse a otras ocurrencias, para finalmente, imponerse por sobre todo lo demás. Fue ahí que empecé a apurar el paso, saltando charcos, cortando camino fuera del sendero y por último corriendo. Lo que finalmente dio resultado, el cuerpo se acaparó la atención de mi mente y las voces oscuras de las conciencia se fueron aplacando hasta desaparecer en algún rincón del subconsciente.
Encaré una escalera con infinita cantidad de escalones a toda velocidad y al llegar al final estaba completamente agotado. Me incliné poniendo ambas manos en mis rodillas con el corazón saliéndoseme del pecho. Podía escuchar a las gaviotas chirriando, no muy alto en el cielo; sentir el viento frío que me daba en la cabeza o el mar entrando en una grieta de la montaña pero no podía ver nada. Todo estaba en blanco.

Me habré quedado solo unos minutos descansando metiéndome aire en los pulmones a más no poder, pero en ese momento parecieron los minutos más largos de todos los minutos en el mundo.

Un silbido perdido en algún lugar del sendero me devolvió a la realidad. La melodía, que era silbada con naturalidad y alegría, me sopapeaba y me ponía de nuevo en camino. Creo que por un segundo había pensado en volver después de tanta agitación, pero la canción me sedujo y me empujó a seguir en su dirección, así como las ratas siguieron al flautista hacia las afueras de Hamelin.
La perseguí hasta que casi llegando a la cima se detuvo. Pero ahora no importaba. Veía el mar, que parecía en una confusión interminable, bamboleándose de acá para allá, arremolinándose rabiosamente en cualquier rincón cerca de alguna cueva, escupiendo al cielo su saliva salada, trompeando grandes pesqueros que se atrevían a zapatear en una pista de baile infinita y que parecían perdidos entre tamaña inmensidad que ese día estaba de color azul. A lo mejor él también está confundido pensé, o tal vez este tratando de llamar la atención para decirnos algo… o podría ser tan solo, un momento de alboroto sin motivo alguno, ¿porqué no?
Me refugié detrás de una roca con forma de puño, una entre varias que estaban esparcidas en el lugar cuales restos de una escultura gigante destrozada por una tormenta de rayos.
De repente me puse a silbar la tonada, muy torpemente. Le pifié desde el principio hasta el final y en un rato ya estaba amasando cualquier otra canción, alejada de la original, que ahora había sido sepultada en el olvido con esta tonada tanguística que surgió así espontáneamente mientras fijaba mi vista en el horizonte, tratando de ver hasta donde la vista no llega, al momento que el pesquero seguía esquivando los patadones del agua.
El tanguismo navegaba entre Naranjo en Flor y Nocturno a mi Barrio, pero no le acertaba a ninguna de las dos ni por asomo, podría decirse que era una melodía original inédita con acompañamientos del viejo y cabrón atlántico norte.
Me acerqué al borde del acantilado y escupí un soberano gargajo, como empujando la melancolía tanguera al precipicio junto con las imágenes de cafés porteños, bondis fumantes fuera de borda, ciudadanos quejosos, tugurios con pizzas a la piedra y cervezas gigantes esperándote en una mesa en cualquier rincón de una ciudad laberinto, que se formatea incansablemente en su propia existencia logrando ser inagotable e infinita como lo es Buenos Aires.
El escupitajo desapareció en su viaje al agua y yo me levanté sediento para volver a la casa, recordándome nuevamente cortar algunas verduras en mi paso por el jardín del vecino y porque no, comprar unas cervezas en el almacén para tratar de que la mañana se cubra con un poco más de magia.

Las alimañas de la nocturna

lo_que_queda

Esta es una de esas noches infinitas en las que me acuerdo de todo muy tarde. Quizás las primeras luces tengan un efecto reminiscente en alguna parte de mi cerebro y es entonces cuando se me da por picotear el teclado buscando el chispazo azul.

Pero allá afuera, no tan lejos de acá, los bosques secos arden en una fiesta de luces en donde el calor baila junto con el fuego, mientras que el resto de los habitantes del bosque miran impávidos el espectáculo o algunos huyen despavoridos hacia sus refugios secretos y en el peor de los casos, rumbo a las montañas mutantes creadas por las grandes sanguijuelas corporativas.

En el cemento hace calor y mucho. Las noticias se derriten en los periódicos, chorreando párrafos del absurdo e invadiendo las calles con paranoia y sensacionalismo, como reflejando el balbuceo de un viejo senil en algún pasillo de un hospital público. La bola de la estupidez sigue rodando y agrandándose con el tiempo y los topos de la metrópolis, esos que caminan en dos patas, la siguen atrás a lo pavote, con cuchillo, tenedor y babero puesto. No vaya a ser cosa de atraparla y no poder probar bocado.

Pero en mi cueva las paredes sudan gris y eso hace que me olvide de los topos, las mentiras periódicas y todo lo que halla pudriendose allá afuera.

Aunque desde afuera se puede ver para acá adentro. Es así que los ojos del gato de la vecina cruzan el baldío para preguntarme que hacemos con nuestras vidas. Luego se dan la vuelta destellantes y saltan escondiéndose en los pastos altos del terreno sin interesarse siquiera por la respuesta, como sabiendo perfectamente que caemos en picada.

Mientras tanto la Luna se mezcla con el amanecer y es cuando recostado en el sillón sin saber que hacer, buceando en la penumbra con los pies colgando del apoya brazos y tapado a medias con mi campera azul, escucho a las alimañas ahí afuera, en el baldío. Son como niños salvajes expulsados de la escuela nocturna por no haber estudiado y sabérselo todo. Por lo cual ahora andan con mucho tiempo libre para martillar estrellas.
Criaturas casi invisibles, no se exponen a la luz del día por vergüenza a cruzarse con nosotros. Por eso viven entre hornos micro ondas descompuestos, motores de heladeras y tubos de televisores que alguna vez proyectaron fantasías y que ahora, duermen como esculturas abandonadas en el desierto en el baldío que da junto a mi ventana.
Las escucho escarbar para morder raíces suculentas y crujientes. Algunas son expertas buceadoras de bolsas de consorcio y otras simplemente tragan lo que se encuentran a su paso como verdaderas maquinas de reciclaje vivientes. Un espectáculo que no tuve el placer de presenciar pero que intuyo que ocurre en las cercanías de un pequeño lodazal de donde salen taladrantes onomatopeyas pornográficas.

Cada objeto nuevo arrojado a esa especie de zoológico carroñero es bienvenido con la alegría que un mendigo en la calle, recibe un cigarro y regala una anécdota infinita e intocable transformando las palabras en nubes inmutables que atraviesan el tiempo y cambian la vida de las personas que tienen el agrado de escucharla.

Pero yo sigo acá adentro. Como la criatura expulsada del charco por egoísta, que ahora se arrepiente y quiere deshacerse de todo sabiendo que los objetos carecen de valor alguno. Como decidida a cambiar algo que no sabe lo que es, pero reconoce que lo que hay huele a podrido. Como el tipo que sabe que la puerta esta abierta y sin embargo entra por la ventana. Casi como queriendo ser la ola que se llevó una botella y devolvió una ameba babeante y traslúcida.

Me siento en el sillón mientras las criaturas garabatean espásticas puteadas adentro de algún hueco en la tierra y me imagino ese océano de olas mágicas adentro de una botella de vodka, que como una escollera abrazada al oleaje, se encuentra erguida sobre la mesa.
En un intento por absorber parte de esa energía, me tomo un buen trago directo de la botella, esperando que una de las olas estalle adentro mío y deje escapar algunos pájaros de la jaula oxidada que cuelga en algún lugar dentro de mi.
Pero el vodka rápidamente me pone de buen talante, y como soy muy fácil, solo con eso me basta.

Una pluma azul se asoma y se hunde en el fondo de todo, escapando de la realidad y perdiéndose para siempre.

Es cuando abro la ventana de par en par, como invitando algo a entrar. Desde el terreno de enfrente me veo como un punto nublado en la escena. Un ladrillo en una pared abandonada. Una foto fuera de foco.
Mis gritos son mudos y por eso nadie se acerca. Mis muecas son invisibles hasta para el que tengo en frente. El laberinto de basura del baldío es más importante para ellos y los entiendo. No hay nada que yo pueda decirles a las criaturas expulsadas de la nocturna.
Solo una brisa que esta perdida se atreve a entrar, casi por error o de casualidad, pero se escurre rápidamente por debajo de la puerta tan rápido como llegó. Sin embargo la emoción del momento me dura un rato y con solo eso vuelvo a conformarme.

El escalón etílico se hace cada vez más empinado y a medida que busco la ola perfecta, mientras revuelvo en mi cabeza por una idea como un mono que busca una banana en un supermercado, me acuerdo de las maravillosas bienvenidas que las criaturas dan a los nuevos desechos que son arrojados en el baldío. Se me ocurre entonces, darles todo lo que tengo en mi casa y salir rumbo al Este haciendo dedo por la ruta transcanadiense hasta llegar al Océano Atlántico.

Esta epifanía se presenta mientras, casi en trance, abro la heladera para encontrar una lata de cerveza Pilzner de medio litro detrás de un frasco de puré de tomate casi vacío, casi por casualidad.
Como si la imagen de un conejo blanco que me mira parado en medio de un campo rojo inmenso, sonriendo; un campesino agitando la mano saludando y otro habitante de la escena manejando una carreta hacia el horizonte sobre un camino de tierra dorado y un sol enorme brillando en lo alto, todo desde el gráfico impreso en la lata de cerveza, pareciese haber provocado un electroshock visual en mi inconsciente y disparado la solución perfecta para reconciliarme con las alimañas del baldío.

Me tomo la cerveza casi de un sorbo y llevo casi todo lo que tengo al baldío. Cuando vuelvo voy a pedir mi deposito contra daños a la casera que vive en la parte de arriba. No me devuelve la plata tartamudeando escusas mirando al piso. La discusión se basa en el absurdo de sus quejas y mis reclamos se vuelven de cartón mojado.
Sabiendo que no había nada que hacer, me pongo la mochila con un poco de ropa y la computadora portátil. Mientras bajo la escalera para no volver pienso en las criaturas nocturnas celebrando la llegada de nuevos laberintos y lo que quedó en la casa desparramado por el piso.

Chapoteando con los Desolados

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로 튀기는 것은 황폐한다
Splashing with the Desolates

Como un hada
en un pantano
azul
que no puede
encontrar
la salida,
Babilonia
cruza el callejón
arrastrando sueños rotos,
y un cheque
rebotado
en el fondo
de su cartera,

destella inquieta,
chispazos
nerviosos
de inseguridad,
porque
hace horas
que viene
buscando,
lo que viene
buscando,

una bolsa
con uñas rotas,
es lo que tiene,
un parque
de diversiones
en
una tarde
de verano,
es lo que
ella
quisiera,

Husmea en los huecos,
desvencijados
donde la ciudad
da la espalda
y la nuca
de los bares
suda frío
al
momento que
la vida
pasa fría,
inmutable,
por su lado,

vagabundos y yonquis,
putas y punteros,
lloran
al unísono,
repartidos
por el
callejón
formando una
gran lágrima
de hielo
que se derrite
y regala charcos
que parecen
espejos
de hotel,
tirados
en el piso
del callejón,

¡Ella también quiere llorar!
pero hace meses
que busca,
lo que busca
y encuentra,
lo que no quiere,
es por eso
que no tiene tiempo,
aún
y aúllan,
se pelean,
ya por nada,

es como si
quisiera,
vivir en su canción
favorita,
todo el tiempo,

me cuenta
que
perdió la cartera
en una curva
pronunciada,
los tacos de
los zapatos
están
flojos
y el vestido
de fiesta
ya no brilla,

Babilonia
le dice a nadie,
mientras
se acurruca
en un hueco
del callejón,
y lee el diario de ayer
mientras espera y espera.

Se acerca alguien pedaleando, tiene una campera marrón manchada de grasa y una gorra de los Canucks, el equipo de hockey local. Abre la tapa de un contenedor como si fuese un baúl al final del arcoíris. Un pucho a medio terminar le cuelga de los labios y sin bajarse de la bicicleta mete medio cuerpo en el contenedor y se estira para alcanzar varias latas de cerveza vacías que arroja casi sin mirar en una bolsa de plástico negra que trae atada al manubrio. Brotan una especie de carcajadas metálicas cada vez que una lata cae dentro de la bolsa, como si las demás se alegrasen de la nueva compañía.

Almuerzo una hamburguesa parado de espaldas al baldío. Una piñata llena de basura parece haber explotado hace segundos. Un festín de mugre alfombra el lugar. Dos ratas juegan a las escondidas entre los escombros de una vieja construcción, mientras otra se mira perpleja reflejada en un charco, y me pregunto, ¿acaso un roedor no puede ser coqueto?

Los momentos de magia son para cualquiera.

Pasa Marcelo, el poeta, y me cuenta que Ton y Tony’s el local de pizza de la esquina aumentó las porciones veinte centavos. El fin del mundo se acelera con respeto al precio de la mussarela . Mientras tanto, un helado se cae en el verano de alguna parte del mundo, bien lejos de acá seguramente.

En el primer piso una sombra mira las carreras de caballos en el televisor con un boleto en la mano. La luz del tubo escupe pedazos de la imagen por la ventana y la cabeza de un caballo rueda por el aire riéndose de los desafortunados que no tienen nada en los bolsillos, acá en el callejón.

Babilonia ahora tiene hambre
y nos va a comer a todos,
se deja escapar
un murmullo,
de entre una de las ventanas
del segundo piso de un edificio arrumbado,
hecho añicos.

Babilonia dentro del contenedor,
nadando en deshechos
ya
con los ojos
fuera de órbita.

Imagino el crash
de todas las computadoras
del planeta tierra
y
en un segundo,
la hamburguesa
estalla en mi estomago.

El Sol se va otra vez.

Subo
por la escalera
y prendo la radio,
en el marco
de la ventana,
una paloma
muerta,

escucho
mientras miro
al pájaro gris
en silencio,
una madre
que le dice a su hijo hijo:
¡No toques a los vagabundos!

Cierro la ventana
porque hace frío,
y en la radio,
un comentarista
de voz
carrasposa,
dice que
esta noche
va a nevar,
mientras
un saxofón,
devora
la escena
ya la tarde
se hace noche.

Babilonia se aleja
de espaldas,
esfumándose
alegremente
con su vestido azul
ahora encandilante,
como si
su cuerpo
hubiese salido
de la lavandería,

camina con frenesí
bajo la nieve,
haciendo florecer
un carnaval
de entre los charcos,
mientras un cerdo
de neón rosado,
gira colgado
en la puerta
de una carnicería
china
abriendo
el telón de la noche
en el callejón
de la calle Hastings.

MRJ

Jaula Nueva para el Mono

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원숭이를 위한 새로운 감금소
New Cage for the Monkey

En el momento que abro la puerta de entrada, sale disparado hacia la calle y rápidamente lo pierdo de vista, inmovilizado, sabiendo que es imposible atraparlo. El mono vuelve a escaparse.
Al tiempo lo encuentro, lo baño, lo peino, le doy de comer y se queda tranquilo.
A las pocas semanas lo veo con la cara pegada a la ventana otra vez; los autos pasando echando humo, la nieve rodando con el viento, los pájaros picoteandose por una ramita, las personas grises yendo al trabajo heladas en la mañana de invierno. Todo lo que está afuera absorve su atención.
Por el reflejo del vidrio puedo ver su cara compenetrada con el infinito. Sus ojos laten brillantes mientras sus manos pellizcan el marco de madera despintada. Siento que puede ver mas allá de la calle, de las chimeneas o de las antenas oxidadas en los techos de las casas del barrio. Puede ver la ciudad encendiendose por la noche y escuchar las bocinas de los buses atravesando las calles del centro; los vagabundos pidiendo monedas en la estacion y las putas maquillandose en el cordón de la calle pensando en el chute que tiene en la cartera; los taxis llenos y los centavos de cobre tirados en el asfalto mientras el neón de los restaurantes del barrio chino se apagan por la mañan; las peleas en los bares y el sonido de una botella estallando en alguna parte; las playas vacías en invierno y una paloma muerta en una terraza bajo el sol de la tarde que se acaba.
Más allá de todo eso, los caminos y las rutas, las montañas azules y los árboles imponentes. El sonido oxidado de los trenes llevando avena al más allá al momento en que las nubes nadan en un atardecer rojo de verano, mientras las estrellas se descargan cantando melancolías y titilando tímidamente hasta desaparecer en la oscuridad de la habitación infinita.

Apago la luz y el simio se queda dormido.

Meses después vuelve a fugarse. Salta en trenes, viaja en camiones de carga, come sardinas enlatadas al pie de una montaña, visita pueblos escondidos y hasta presciento que mantiene conversaciones existenciales interminables y estimulantes con conductores borrachos, osos pardos y musarañas sobrealimentadas. El agua de un lago le muestra su pasado y juntos ríen compartiendo anécdotas que creían haber olvidado. En la orilla, se acurruca en unos pastizales secos y las lágrimas se le caen mientras la fogata se desvanece como diciendo hasta mañana.

Una tarde aparece mientras estoy lavando los platos. Me sorprende disparando una diatriba de incongruencias que me abruman y me confunden.
Nos damos un abrazo estruendos que me contagia sus anécdotas mejor que las palabras y es en ese momento que por un momento puedo entenderlo todo. Por un segundo pienso que nada es verdad y que todo lo que hacemos no tiene sentido. Un pozo gigante se abre en el piso frente a mi y veo en el fondo brillar como oro la palabra miedo.
Me pongo la campera y salgo para la calle a comprar el mejor champagne que encuentre en el mercado. ¡El mono ha regresado y hay que festejarlo!