Category Archives: Acuarela

Errándole al tarro

trompeta

La muchedumbre silba una canción de tono victoriosa a pesar de la derrota, lo único que llego a distinguir son unas algas negras q se bambolean de la risa.
De repente,  siento el calor de las llamas como en Tokio del ’88, ¡pero no!,es el frío del invierno y el salpicar de olas que me derrite las manos, ¡Jesús!
La desesperación y el lamento de las lágrimas rojas brotantes de mis dedos desaparecen bajo el agua y se sumergen como una silla rota. Me vuelvo a casa a paso ligero con cara de chiste malo, deseando que las gotas rojas encuentren ese lugar desde donde los pescadores no regresan.

Comunicado inútil

stuff_01

Mientras revolvía la basura buscando alguna idea, encontré una vieja petaca, que para mi sorpresa todavía tenia vodka adentro. Serví un generoso trago en una pequeña tacita china que le habían regalado a mi novia para su cumpleaños y fui a mear.
Cuando regresé, sobre el borde reposaban dos mosquitas, de esas que revolotean sobre frutas y verduras, pero que también merodean a veces a tu alrededor.
Estaban una frente a la otra, como hipnotizadas por sus miradas. Estimuladas quizás, por el vaho que emitía el vodka barato, comenzaron a frotarse suculentamente sobre el borde que a escala humana seria el equivalente a una mesa de un café porteño. Una escena repulsiva, si a esto le agregamos el color rojizo de sus pequeños cuerpos infectos y peludos. Como dos perros en celo pegados se revolcaron por las alturas de la tacita, como en un intento de prolongar su especie al infinito.
De un par de manotazos frené la escena en seco, como un policía de otra galaxia y las mosquitas se esfumaron entre los recovecos de la alacena.

Sin dudarlo, me tomé un buen sorbo de vodka, sabiendo que no era la primera vez que un ser infecto se baboseaba sobre algo que me iba a llevar a la boca y que los químicos de los productos con los que limpiaba esa misma taza, se estaban encargando de pagar la hipoteca de algún cáncer o enfermedad corrosiva latiendo en mi interior, con ganas de implotar en un futuro cercano. En otras palabras, me parecían mucho más dañinos que la minúscula pareja.
Les escuché zumbar, como una risa cómplice, por detrás de un paquete de arroz, y me hicieron recordar las plegarias taladrantes que, parado sobre el cemento de una intersección de avenidas muy transitadas, escuché mientras esperaba a que el semáforo me de paso.

Un gemido balbuceante, un murmullo incomprensible que comenzó a derretirme el tímpano. A mi izquierda una señora gorda en sus cuarentas sostenía un rosario dorado que presionaba animosamente con ambas manos sobre su remera blanca como las nubes de ese día. Me miraba mientras el sudor le rodaba por la frente y sus cachetes, mientras que vociferaba una especie de mantra cristiano que a medida que fueron pasando los segundos comencé a escuchar cada vez más: ¡Gracias al señor por este hermoso cielo azul, gracias, gracias! ¡Gracias por el sol brillante que se ríe en lo alto y nos baña con su luz y calor. ¡Aleluya, mis gracias al Señor!
Se despabiló del mantra y me dijo: ¿No es terrible lo que le paso a Michael? ¡Ay, pobre Michael! (A una semana de la muerte de Michael Jackson) Su cara cambió bruscamente, como si recordar la muerte de su ídolo fuese como una cachetada de realidad, y continuó diciéndome con expresión de odio: ¡Aghh, que se vaya a la mierda! Estuve llorando como una semana sin parar por él y… ¡Al carajo! me cansé, me dije, él está en el cielo junto al Señor y yo acá, teniendo que pagar mis cuentas, trabajando todo el día por nada, una hipoteca que me asfixia, el by pass de mi perro, la gripe aviar y mfffrr, ¡quien sabe cuantos castigos más! ¿y por qué, eh? ¡Qué hemos hecho para recibir semejantes castigos Señor! Libranos de esta constante agon…
El semáforo me dió paso y me escabullí a sancazos entre la multitud, imaginando que todo había sido parte de un espejismo siniestro.
A pesar de haberme alejado varios metros, todavía podía escuchar las plegarias taladrándome la nuca. Llegué al otro lado, destrabé mi bicicleta y pedaleé rápido por el callejón que da al Mac Donald’s, donde los homeless tomaban café y contaban monedas de un centavo. Pude llegar a ver como uno de ellos formaba una carita sonriente con las monedas sobre la mesa y la cara avejentada de otro reflejada en rojo por el neón de un local de la avenida.

Pero no interrumpí el coito de dos espurios especímenes de la fauna metropolitana para sentarme acá a mofarme de su pequeñez y debilidad, de lo fácil que fue deshacerme de ellos con un simple abanicar de palmas; o tartamudear una anécdota errante y suburbana sobre un perturbado fanático del difunto Jackson.

O quizá sí, no sería la primera vez que me siento y escribo un comunicado inútil. Como si fuese un náufrago metiendo una hoja en blanco adentro de una botella para luego arrojarla al mar. La verdad es que ya no importa.

En fin, todas las cosas, las de la imagen y también otras que no están en cuadro, se fueron apilando rápidamente como el reflejo materializado de nuestras vidas absurdas a lo largo de este tiempo de habitante de las cavernas, o “basements”, como les llaman acá. Pero ahora, sin embargo y con alegría, tengo que deshacerme de todo, ya que el viento sopla nuevamente y el barco se empieza a mover.
También las ganas de apilarlo y quemarlo todo, reducirlo a cenizas para salir corriendo al bosque, a la montaña, al desierto o a esconderse entre las alcantarillas, ideas que siempre tienen varias fichas y más a esta altura de la madrugada, donde el vodka es más que un amigo.
Pero como ya sabemos que lo que para uno es una caja para el otro es una silla; un auto abandonado, un cuarto de hotel; una botella rota, un candelabro; la mayoría de las cosas que no necesito llevarme son gratis y con el dinero de lo que se vende o lo que se pueda vender, lo usaré para remendar algunas velas del barco y así partir rumbo al Este por la autopista transcanadiense hasta chocar con el Atlántico norte y ver de que color son las gaviotas por allá o arrojar piedras al agua, uno de mis pasatiempos favoritos.

Encuentro fugaz con el universo rechazado

high_blowing

거절된 우주를 가진 짧은 실전
Brief encounter with a rejected universe

Le daba, le daba, le daba y no paraba. ¡Una locura! El universo se puso a un costado y se sacó el sombrero. De la emoción dejo escapar otro universo, un poco más peludo y desgarbado, con una petaca de whisky en el bolsillo y remiendos en el saco. Sí,  algunos problemas emocionales que arrastraba desde el pasado y también una relación turbia debajo del brazo a punto de estallar. Podría agregar unos nebulosos días en la cárcel para apaciguar los ánimos también, y cortar un poco con la “rutina” quizá. Bueno, ni que hablar del asunto de su navaja pérdida. 

¿Perdida dónde ? pensé yo, ¿acaso el universo no lo contiene todo? o ¿acaso de eso se trata el Apocalipsis? de un retazo del universo perdido, vagando por ahí, buscando ser encontrado en vano, rodando mientras, cuesta abajo en los montes de la desolación imaginarios, al mismo tiempo que revuelve nostálgico en su bolsillo buscando un poco de polvo del pasado. 

Pero sin dudas y a pesar de todo eso, lucía muchísimo más poderoso,  motivante, estimulante y experimentado. Donde las canciones arrollaban con solo acercarte y las notas te arrastraban de prepo a la calle y te decían ¡dale vamos! 

Mientras que a las meseras le decías dos y te traían diez, la felicidad etílica rodaba infinita para todos.  Los mendigos o los solitarios no se quedaban afuera y en cambio entraban en escena, acercandose energicamente  al micrófono para uaaaauuuuuaaaabuuuuuubaaaaaa shhiiiii gububú gaaaa dizá, bá! pum!, jachá! ka ta pabum pá ziiiii

Infinitamente latente, desgastante y hermosamente espeluznante a la vez. ¡Que no termine, dale! uaabuuugaaaa, su di ba bum guup gachá shhhhhhh buri bap pá abu bum gaaaaa eehhhhhssssshhhhh.

Todos con un apetito insaciable y voraz de bebop en un bar estrecho y atiborrado hasta el techo de gente hambrienta de be bop una noche de esas que te encontrás tiradas solo por casualidad, al lado de un silla con tres patas, adentro de una lata con monedas de un centavo o al encontrar un gato negro muerto, con los ojos abiertos, al costado de tu camino .