60 años después

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Esa mañana levanté la carpa un poco después de que salió el Sol y caminé hasta la ruta 1 para tratar de encontrar el pasaje a la ciudad de Calgary, a más o menos cuatrocientos kilometros de donde estaba.

La noche anterior el “maestro mecánico” me había dejado en el estacionamiento de un local de hamburguesas a la salida de la ciudad de Revelstoke. “Maestro mecánico, porque no hay nada que no pueda reparar” me había dicho con su voz carrasposa y sudando como loco, poco después de que me hubiese subido a su Pontiac verde modelo ’87, allá por Nakusp bajo el Sol del mediodía, cuando parecía que iba a quedarme a vivir en el lugar y los incendios forestales iban a terminar con los bosques del lugar.
Antes de entrar al local, me sugirió algunos lugares donde pasar la noche que él había usado cuando cruzaba el país a dedo durante los ’70s, pero los fui a buscar y obviamente ya no existían.
Terminé trepando una loma donde cruzaban las vías del tren para poder ver el lugar desde otro punto de vista.
El pueblo era casi tan grande como el centro comercial del lugar, un río a su lado y más allá árboles que formaban un bosque bastante joven. Bajé por la entrada al pueblo donde dos osos pardos tallados en piedra recibían a los visitantes preguntándome para donde ir.
Finalmente acampé del otro lado de unos puentes que cruzaban el río, una versión en miniatura de los siete puentes de Avellaneda, cerca de las vías del tren y el río Columbia, entre los árboles que daban al comienzo de un sendero. Cociné unos fideos frente al río mirando los trenes de mercancías pasar y antes de que oscureciera colgué la bolsa con la comida en un árbol y me fui a dormir temprano.
En la mañana, desarmé la carpa, me lavé la cara en el río y crucé el pueblo otra vez, para salir a la intersección de la ruta con rumbo este. Dejé la mochila poco después del ultimo semaforo, saqué el dedo y me dediqué a esperar. Un rato antes me había comprado unas facturas en una cafetería del centro comercial, acto que consideré un lujo dado el presupuesto que tenía y para cuando las había terminado, un camión amarillo con un caballo aerografeado en la cabina ya había frenado unos metros después. Corrí hasta donde había parado y me trepé a la cabina sin dudarlo. Era el pasaje directo a Calgary.
Tiré la mochila en el fondo y me senté en el asiento del acompañante. William, el conductor, era un inglés que trabajaba para la armada británica y también para la embajada de USA en Baghdad. No hacía mucho había vuelto de Iraq para armar un establo en la isla de Vancouver y trabajar en su propia empresa de repartos con su camión.

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Las cosas parecían no estar yendole muy bien y esperaba un llamado que le confirmaría si en dos meses volvería a ser chofer para la embajada de Estados Unidos en Iraq, un trabajo con un sueldo mensual de once mil dólares. De esa forma podría continuar pagando su hipoteca al banco y retirarse más tarde, al oeste canadiense y dedicarse a la cría de caballos, lejos del ruido de las bombas y el calor del medio oriente.
Se había enrolado en la armada por tradición familiar y no dudaba en enumerar las bondades de la educación militar inglesa en donde “el respeto y la buena educación son prioridad.” Aunque no se le movía un pelo cuando se refería al pueblo iraquí como “those fuckin’ bastards” o criticaba a la armada de Estados Unidos diciendo que solo servían para dar vuelta hamburguesas en Mc Donald’s.
Me pidió permiso para subir el volumen de la canción que sonaba en el estéreo que decía algo como: “Country road/ Take me home/to the place I belong” y aproveché para sentarme en la parte trasera para estirar las piernas, hacer unos dibujos y disfrutar de la ruta que atravesaba las montañas rocosas para cruzar a la provincia de Alberta, en un día soleado en donde iba saliendo todo perfecto.

One thought on “60 años después

  1. joaquin

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