Mientras rola la perinola

November 26, 2009

Poco antes de que los “Idlers” frenaran, yo estaba a las puteadas al costado de la ruta 1, a 50km de las afueras de Winnipeg tratando de conseguir un viaje otra vez.

La inmensidad del paraje, una llanura interminable rodeada de pantanos inundados bajo un cielo inmenso y azul, me chupaba las esperanzas y me hacía sentir invisible a los conductores que me pasaban a 150 por hora por la ruta de doble mano sin siquiera mirarme. Me sentía parado en una pista de aterrizaje.

Había llegado ahí varias horas antes, cuando una chica que iba a sacarse una muela a la comunidad menonita donde solía vivir, frenó ante mis señas en la intersección frente a la estación de servicio. En ese momento estaba en el lugar perfecto para hacer dedo, entre un cruce de calles, un semáforo y una parada de camiones en las afueras de la ciudad.

Y el auto de esta chica fue el primero en pasar cuando llegué a la ruta y el primero en frenar también. Un destartalado Chevette celeste con asientos de cuero blanco, que contrastaba con la modernidad y la comodidad de los asientos de las camionetas Dodge Caravan a las que me tenía acostumbrado la ruta canadiense. idlers_van_b

No me acuerdo su nombre pero lo primero que me dijo fue que donde ella iba imperaba una ley “seca” que prohibía cualquier tipo de bebida alcohólica y que era el lugar “más aburrido del planeta”. Pero hacía muchos años que no vivía allí y que solo iba para ir al dentista, porque era más barato que en Winnipeg y además lo conocía de toda la vida. Todo esto diciéndolo con una gran sonrisa y unos dientes blancos como la nieve que parecían querer apoderarse de su cara.

Después de cuarenta y cinco minutos de viajar entre máquinas pavimentadoras, el auto se detuvo antes de una intersección. Ella se despidió y yo me bajé saliendo por la ventana porque la puerta se había trabado y no había otra forma de salir.

El Chevette acelero en la curva y lo vi desaparecer a lo lejos, humeando. Miré a mi alrededor y me di cuenta de que estaba jodido. No pude evitar mal decirme por haber cambiado el lugar donde estaba por un paraje desértico en el medio de la nada.

Crucé la autopista en dirección Este hacia el otro lado de la intersección, pasando por debajo de un puente de cemento, donde en un charco había un pantalón de jean embarrado y me dispuse a esperar con el pulgar sobre la ruta.

Después de una hora o dos sin suerte, me senté sobre la mochila y me comí un sándwich de queso, pensando en que iba a estar ahí para siempre.

Hacía un rato le había hecho señas a un auto que pasaba por un camino rural cerca de de donde estaba y este se había detenido pero yo no tenía forma de llegar; entre el camino y yo, un pantanal cubierto de yuyos me hacía imposible cruzar.

Me quedé una hora más, hasta que la impaciencia me ganó de mano y empecé a caminar hacia unas torres metálicas que creía que pertenecían a una granja. y Pensaba esperar la salida de alguna camioneta del lugar y pedir que me lleven. Más o menos así era el plan.

Antes de empezar la caminata, que supuse me tomaría al menos dos horas, cubrí la mochila con mi toalla amarilla como tratando de hacerme visible a los somnolientos conductores y evitar que un atolondrado me pase por arriba sin siquiera haberme visto.

Mientras caminaba, extendí el brazo y puse el dedo en la ruta. Como si la mano fuese ajena a mi cuerpo y me estuviese diciendo, ¡dale! para empujarme a través de la negatividad. Casi instantáneamente, los pasos me hicieron sentir mejor y empecé a disfrutar de la caminata sin pensar demasiado en nada. Dos minutos después, una camioneta verde se detenía con convicción diez metros delante mío.

Corrí hacia la van mientras me reía a carcajadas de mi suerte. Al llegar la puerta corrediza del medio ya estaba abierta y les pregunté, por costumbre, hacia dónde iban, a lo que respondieron: St John’s.

¡Mierda! me dije y antes de subir vi una pintada en la ventana de la camioneta que decía “The Idlers, one future tour”.

Los Idlers resultaron ser una banda de reggae “semi-profesional” que había terminado su gira por Canadá y estaban de regreso a su casa en la ciudad de St. John’s en la provincia de Newfounland. Ahí se termina la ruta 1 y también es el punto más al este de Norteamérica, después de eso, solo queda subirse a un barco y cruzar el atlántico… si es que se quiere seguir más al este, claro.

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De la banda solo quedaban tres de los diez que la conformaban. El resto había vuelto en avión para regresar a sus trabajos. En la camioneta también viajaba otra persona, Francoise, un vagabundo de la ciudad de Vancouver con el que curiosamente había hablado con anterioridad en el Stanley Park de Vancouver mientras juntaba latas en la calle junto a su perro, antes de irse al valle a recoger manzanas. El iba rumbo a Quebec, más precisamente a Iles de la Madeleine, bien cerca del límite con Nova Scotia, donde había nacido y su hermano todavía vivía ahí.

La camioneta arrancó y el ruido del motor enmudeció nuestras conversaciones. Me acomodé en uno de los asientos del fondo, entre cajas de instrumentos, cables, parlantes, tazas de café vacías y bolsas de dormir; y me dediqué a mirar por la ventana y disfrutar del paisaje de la provincia de Ontario mientras nos alejábamos de la intersección que me había tenido de rehén durante un buen rato.

Dando vueltas por ahí

November 24, 2009

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Sonrisas etílicas

November 9, 2009

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60 años después

November 6, 2009

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Esa mañana levanté la carpa un poco después de que salió el Sol y caminé hasta la ruta 1 para tratar de encontrar el pasaje a la ciudad de Calgary, a más o menos cuatrocientos kilometros de donde estaba.

La noche anterior el “maestro mecánico” me había dejado en el estacionamiento de un local de hamburguesas a la salida de la ciudad de Revelstoke. “Maestro mecánico, porque no hay nada que no pueda reparar” me había dicho con su voz carrasposa y sudando como loco, poco después de que me hubiese subido a su Pontiac verde modelo ‘87, allá por Nakusp bajo el Sol del mediodía, cuando parecía que iba a quedarme a vivir en el lugar y los incendios forestales iban a terminar con los bosques del lugar.
Antes de entrar al local, me sugirió algunos lugares donde pasar la noche que él había usado cuando cruzaba el país a dedo durante los ’70s, pero los fui a buscar y obviamente ya no existían.
Terminé trepando una loma donde cruzaban las vías del tren para poder ver el lugar desde otro punto de vista.
El pueblo era casi tan grande como el centro comercial del lugar, un río a su lado y más allá árboles que formaban un bosque bastante joven. Bajé por la entrada al pueblo donde dos osos pardos tallados en piedra recibían a los visitantes preguntándome para donde ir.
Finalmente acampé del otro lado de unos puentes que cruzaban el río, una versión en miniatura de los siete puentes de Avellaneda, cerca de las vías del tren y el río Columbia, entre los árboles que daban al comienzo de un sendero. Cociné unos fideos frente al río mirando los trenes de mercancías pasar y antes de que oscureciera colgué la bolsa con la comida en un árbol y me fui a dormir temprano.
En la mañana, desarmé la carpa, me lavé la cara en el río y crucé el pueblo otra vez, para salir a la intersección de la ruta con rumbo este. Dejé la mochila poco después del ultimo semaforo, saqué el dedo y me dediqué a esperar. Un rato antes me había comprado unas facturas en una cafetería del centro comercial, acto que consideré un lujo dado el presupuesto que tenía y para cuando las había terminado, un camión amarillo con un caballo aerografeado en la cabina ya había frenado unos metros después. Corrí hasta donde había parado y me trepé a la cabina sin dudarlo. Era el pasaje directo a Calgary.
Tiré la mochila en el fondo y me senté en el asiento del acompañante. William, el conductor, era un inglés que trabajaba para la armada británica y también para la embajada de USA en Baghdad. No hacía mucho había vuelto de Iraq para armar un establo en la isla de Vancouver y trabajar en su propia empresa de repartos con su camión.

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Las cosas parecían no estar yendole muy bien y esperaba un llamado que le confirmaría si en dos meses volvería a ser chofer para la embajada de Estados Unidos en Iraq, un trabajo con un sueldo mensual de once mil dólares. De esa forma podría continuar pagando su hipoteca al banco y retirarse más tarde, al oeste canadiense y dedicarse a la cría de caballos, lejos del ruido de las bombas y el calor del medio oriente.
Se había enrolado en la armada por tradición familiar y no dudaba en enumerar las bondades de la educación militar inglesa en donde “el respeto y la buena educación son prioridad.” Aunque no se le movía un pelo cuando se refería al pueblo iraquí como “those fuckin’ bastards” o criticaba a la armada de Estados Unidos diciendo que solo servían para dar vuelta hamburguesas en Mc Donald’s.
Me pidió permiso para subir el volumen de la canción que sonaba en el estéreo que decía algo como: “Country road/ Take me home/to the place I belong” y aproveché para sentarme en la parte trasera para estirar las piernas, hacer unos dibujos y disfrutar de la ruta que atravesaba las montañas rocosas para cruzar a la provincia de Alberta, en un día soleado en donde iba saliendo todo perfecto.

Esquivando el tropezón

November 2, 2009

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Ese día me desperté inusualmente temprano, a eso de las cinco de la mañana; toda una rareza, ya que a esa hora me suelo ir a dormir en los días que todo está para arriba. Todavía no había salido el Sol y algunas estrellas seguían explotando con ganas, en el cielo que lentamente iba virando a un color azul oscuro intenso; indicios suficientes como para imaginar una mañana soleada, invitante a salir de la casa.
Dentro de mi habitación, el silencio se interrumpía con uno de los gatos de mi compañero de casa rascando la puerta de vidrio para entrar, después de haber pasado toda la noche afuera debatiendo asuntos gatunos, evadiendo enemigos o persiguiendo comida.
Lo podía ver desde la cama con sus patas delanteras rascando el vidrio, que da a un balcón de madera tipo terraza, donde hay desparramadas algunas macetas con plantas muertas y los árboles se trepan llamando la atención. De fondo, los barcos pesqueros descansan en la otra orilla de la bahía.
Aunque parecía apurado, se tomó su tiempo, acercando su hocico al exterior y olfateando, quién sabe qué, antes de saltar con sutileza gatuna al piso de madera para después salir corriendo y desaparecer detrás de los yuyos que crecieron detrás de una de las macetas.
Al cerrar, pude ver como un crucero gigantesco, que parecia un enorme árbol de Navidad a la deriva, entraba lentamente en la bahía, con sus luces de colores prendidas en la semioscuridad de la mañana. Mientras tanto, algunos pocos pasajeros ansiosos por llegar a tierra, se apoyaban en la baranda mirando la ciudad que los esperaba en tierra firme.
Pensando en cómo la basura era escupida por el crucero provocando una lluvia subacuática de desperdicios en algún lugar del océano, me vestí.
El árbol de maple, afuera, ya casi sin hojas por el otoño, parecía no tener nada que decir frente a mis diatribas mentales mientras se quedaba quieto sosteniendo algunas gaviotas que esperaban la salida del Sol para secar su plumaje.

Salí de la casa caminando despacio por el sendero que lleva a la cima del monte, no muy lejos, desde el que se puede ver como las olas golpean contra la orilla rocosa de la isla y también el horizonte, que del otro lado oculta a Europa. A esta altura el sendero es más bien una vereda que tiene la suerte de no tener una calle a su lado.
Al pasar por la puerta de uno de los vecinos, recordé que la noche anterior entre copas de gin y tónica, amablemente me había ofrecido recolectar algunas verduras de su jardín que de otro modo se echarían a perder por el invierno.
Eché una mirada de reojo y a pesar de la penumbra, se mostraba lleno de diferentes plantas comestibles y, casi inmediatamente, escribí una nota mental para de regreso, no olvidar cortar algunas.
Mientras avanzaba zigzagueando por el sendero, el día se fue aclarando rápidamente y los sensores de las lamparitas de las casas, detectando la luz, las apagaban de forma intermitente. Para cuando pasé la última de las viviendas, ya era de día, aunque el temprano augurio de buen clima estaba siendo aplacado por un puñado de nubes que tapaban el Sol y un viento que empezaba a soplar cada vez más fuerte y me obligaba a meter las manos en los bolsillos.
Sin embargo, seguí caminando impulsivamente hacia la cima del monte, mientras miraba la bandada de gaviotas sentadas en una gran roca mucho más abajo, cerca del agua, inmóviles; muy cerca de donde alguna vez hubo docenas de barcos pesqueros y ahora solo quedaba un muelle destruido como símbolo de una industria que se extinguía irremediablemente. El ir y venir incesante de las olas había hipnotizado a los pájaros, tal que sus cabezas iban y venían al compás de la marea, en un trance interminable.

Divagando en mis pensamientos, describiendo para mis adentros las rocas y la vegetación que las cubría, los árboles y las plantas cerca de las piedras bajo el mar, terminé dejándome llevar por algunas ideas que en ese momento sonaban bien y no tenían nada que ver con mi entorno. Después de un rato la sensación habitual de que todos los cables están conectados en los lugares equivocados, comenzó a aflorar y a superponerse a otras ocurrencias, para finalmente, imponerse por sobre todo lo demás. Fue ahí que empecé a apurar el paso, saltando charcos, cortando camino fuera del sendero y por último corriendo. Lo que finalmente dio resultado, el cuerpo se acaparó la atención de mi mente y las voces oscuras de las conciencia se fueron aplacando hasta desaparecer en algún rincón del subconsciente.
Encaré una escalera con infinita cantidad de escalones a toda velocidad y al llegar al final estaba completamente agotado. Me incliné poniendo ambas manos en mis rodillas con el corazón saliéndoseme del pecho. Podía escuchar a las gaviotas chirriando, no muy alto en el cielo; sentir el viento frío que me daba en la cabeza o el mar entrando en una grieta de la montaña pero no podía ver nada. Todo estaba en blanco.

Me habré quedado solo unos minutos descansando metiéndome aire en los pulmones a más no poder, pero en ese momento parecieron los minutos más largos de todos los minutos en el mundo.

Un silbido perdido en algún lugar del sendero me devolvió a la realidad. La melodía, que era silbada con naturalidad y alegría, me sopapeaba y me ponía de nuevo en camino. Creo que por un segundo había pensado en volver después de tanta agitación, pero la canción me sedujo y me empujó a seguir en su dirección, así como las ratas siguieron al flautista hacia las afueras de Hamelin.
La perseguí hasta que casi llegando a la cima se detuvo. Pero ahora no importaba. Veía el mar, que parecía en una confusión interminable, bamboleándose de acá para allá, arremolinándose rabiosamente en cualquier rincón cerca de alguna cueva, escupiendo al cielo su saliva salada, trompeando grandes pesqueros que se atrevían a zapatear en una pista de baile infinita y que parecían perdidos entre tamaña inmensidad que ese día estaba de color azul. A lo mejor él también está confundido pensé, o tal vez este tratando de llamar la atención para decirnos algo… o podría ser tan solo, un momento de alboroto sin motivo alguno, ¿porqué no?
Me refugié detrás de una roca con forma de puño, una entre varias que estaban esparcidas en el lugar cuales restos de una escultura gigante destrozada por una tormenta de rayos.
De repente me puse a silbar la tonada, muy torpemente. Le pifié desde el principio hasta el final y en un rato ya estaba amasando cualquier otra canción, alejada de la original, que ahora había sido sepultada en el olvido con esta tonada tanguística que surgió así espontáneamente mientras fijaba mi vista en el horizonte, tratando de ver hasta donde la vista no llega, al momento que el pesquero seguía esquivando los patadones del agua.
El tanguismo navegaba entre Naranjo en Flor y Nocturno a mi Barrio, pero no le acertaba a ninguna de las dos ni por asomo, podría decirse que era una melodía original inédita con acompañamientos del viejo y cabrón atlántico norte.
Me acerqué al borde del acantilado y escupí un soberano gargajo, como empujando la melancolía tanguera al precipicio junto con las imágenes de cafés porteños, bondis fumantes fuera de borda, ciudadanos quejosos, tugurios con pizzas a la piedra y cervezas gigantes esperándote en una mesa en cualquier rincón de una ciudad laberinto, que se formatea incansablemente en su propia existencia logrando ser inagotable e infinita como lo es Buenos Aires.
El escupitajo desapareció en su viaje al agua y yo me levanté sediento para volver a la casa, recordándome nuevamente cortar algunas verduras en mi paso por el jardín del vecino y porque no, comprar unas cervezas en el almacén para tratar de que la mañana se cubra con un poco más de magia.

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