Muy lejos del planeta rojo

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Son las doce del mediodía y todavía no me fui a dormir. Un mamarracho blanco esférico brilla detrás de las nubes como una Luna radioactiva que se alegra de estar bien lejos de acá. A mis espaldas un lodazal abraza dos árboles muertos y la vegetación seca que los rodea se asoma por entre grietas de lodo como unos huesos tratando escapar de una tumba.
Un poquito más alto, un cuervo que posa sobre un cesto desbordante de basura abre el pico con ganas de decir ¡basta! pero en cambio le sale un sonido de tambor africano que les hace digerir bien rápido los panqueques matutinos a un grupo de señoras que tejen sentadas sobre unos bancos del parque.
Una de las señoras ha dejado de tejer y mira a los patos de la laguna que van y vienen con total desinterés mientras la gente desparrama sus perros que corren de acá para allá eyaculando alegría. Una rama cae en el agua y uno de los perros se zambulle, nada, la atrapa con su boca y regresa para devolvérsela a su dueño.
Detrás de la maraña de perros y dueños, unas personas parecen disfrutar del alboroto y se ríen a carcajadas, muy cerca de los cartones y diarios desparramados con los que alguien trato de evitar el frío de la noche anterior en el parque, donde una de las portadas dice con letras grandes “¡GANAMOS!” y muestra una foto del equipo local de hockey con los brazos en alto.
Dos pájaros miran impávidos toda la escena sobre el techo de una casa frente al parque cuando una de las ventanas se despedaza y unos pendejos huyen con bates de béisbol, vistiendo remeras de colores fluo, cruzando el parque en dirección a la estación de tren.
A pesar de todo la laguna negra sigue inmutable, enorme. Como un cráter lleno de petróleo, destella hermosa en la tarde y yo intento concentrarme en algún pensamiento que me aleje del lugar; el planeta rojo, las conversaciones ajenas en la pizzería o los zapatos de los vagabundos que duermen en la estación, casi como un ejercicio de meditación que me haga olvidar lo que me rodea. Pero una conversación por celular más allá del pantanal me da un sopapo de realidad:
-¿Diez mil? ¿Diez grandes?, 10 grandes está bien, fair enough.
Casi al mismo tiempo, un patrullero pasa zumbando, después otro y al rato otro más. ¡Ah, la vida!
Como tratando de escapar, un pato se sumerge bajo la oscura capa de agua dejando solo sus patas extendidas sobre la superficie. Las ondas que dejan sus movimientos se extienden sobre el agua hasta la orilla, donde la gente juega con sus perros. Varias ondas golpean la orilla como si fuesen su forma de comunicarse con la humanidad.
Otra pelota cae en la laguna, el Sol sale de entre las nubes, un labrador se zambulle, el cielo se despeja, el perro trae la pelota y todos están contentos.