Comunicado inútil

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Mientras revolvía la basura buscando alguna idea, encontré una vieja petaca, que para mi sorpresa todavía tenia vodka adentro. Serví un generoso trago en una pequeña tacita china que le habían regalado a mi novia para su cumpleaños y fui a mear.
Cuando regresé, sobre el borde reposaban dos mosquitas, de esas que revolotean sobre frutas y verduras, pero que también merodean a veces a tu alrededor.
Estaban una frente a la otra, como hipnotizadas por sus miradas. Estimuladas quizás, por el vaho que emitía el vodka barato, comenzaron a frotarse suculentamente sobre el borde que a escala humana seria el equivalente a una mesa de un café porteño. Una escena repulsiva, si a esto le agregamos el color rojizo de sus pequeños cuerpos infectos y peludos. Como dos perros en celo pegados se revolcaron por las alturas de la tacita, como en un intento de prolongar su especie al infinito.
De un par de manotazos frené la escena en seco, como un policía de otra galaxia y las mosquitas se esfumaron entre los recovecos de la alacena.

Sin dudarlo, me tomé un buen sorbo de vodka, sabiendo que no era la primera vez que un ser infecto se baboseaba sobre algo que me iba a llevar a la boca y que los químicos de los productos con los que limpiaba esa misma taza, se estaban encargando de pagar la hipoteca de algún cáncer o enfermedad corrosiva latiendo en mi interior, con ganas de implotar en un futuro cercano. En otras palabras, me parecían mucho más dañinos que la minúscula pareja.
Les escuché zumbar, como una risa cómplice, por detrás de un paquete de arroz, y me hicieron recordar las plegarias taladrantes que, parado sobre el cemento de una intersección de avenidas muy transitadas, escuché mientras esperaba a que el semáforo me de paso.

Un gemido balbuceante, un murmullo incomprensible que comenzó a derretirme el tímpano. A mi izquierda una señora gorda en sus cuarentas sostenía un rosario dorado que presionaba animosamente con ambas manos sobre su remera blanca como las nubes de ese día. Me miraba mientras el sudor le rodaba por la frente y sus cachetes, mientras que vociferaba una especie de mantra cristiano que a medida que fueron pasando los segundos comencé a escuchar cada vez más: ¡Gracias al señor por este hermoso cielo azul, gracias, gracias! ¡Gracias por el sol brillante que se ríe en lo alto y nos baña con su luz y calor. ¡Aleluya, mis gracias al Señor!
Se despabiló del mantra y me dijo: ¿No es terrible lo que le paso a Michael? ¡Ay, pobre Michael! (A una semana de la muerte de Michael Jackson) Su cara cambió bruscamente, como si recordar la muerte de su ídolo fuese como una cachetada de realidad, y continuó diciéndome con expresión de odio: ¡Aghh, que se vaya a la mierda! Estuve llorando como una semana sin parar por él y… ¡Al carajo! me cansé, me dije, él está en el cielo junto al Señor y yo acá, teniendo que pagar mis cuentas, trabajando todo el día por nada, una hipoteca que me asfixia, el by pass de mi perro, la gripe aviar y mfffrr, ¡quien sabe cuantos castigos más! ¿y por qué, eh? ¡Qué hemos hecho para recibir semejantes castigos Señor! Libranos de esta constante agon…
El semáforo me dió paso y me escabullí a sancazos entre la multitud, imaginando que todo había sido parte de un espejismo siniestro.
A pesar de haberme alejado varios metros, todavía podía escuchar las plegarias taladrándome la nuca. Llegué al otro lado, destrabé mi bicicleta y pedaleé rápido por el callejón que da al Mac Donald’s, donde los homeless tomaban café y contaban monedas de un centavo. Pude llegar a ver como uno de ellos formaba una carita sonriente con las monedas sobre la mesa y la cara avejentada de otro reflejada en rojo por el neón de un local de la avenida.

Pero no interrumpí el coito de dos espurios especímenes de la fauna metropolitana para sentarme acá a mofarme de su pequeñez y debilidad, de lo fácil que fue deshacerme de ellos con un simple abanicar de palmas; o tartamudear una anécdota errante y suburbana sobre un perturbado fanático del difunto Jackson.

O quizá sí, no sería la primera vez que me siento y escribo un comunicado inútil. Como si fuese un náufrago metiendo una hoja en blanco adentro de una botella para luego arrojarla al mar. La verdad es que ya no importa.

En fin, todas las cosas, las de la imagen y también otras que no están en cuadro, se fueron apilando rápidamente como el reflejo materializado de nuestras vidas absurdas a lo largo de este tiempo de habitante de las cavernas, o “basements”, como les llaman acá. Pero ahora, sin embargo y con alegría, tengo que deshacerme de todo, ya que el viento sopla nuevamente y el barco se empieza a mover.
También las ganas de apilarlo y quemarlo todo, reducirlo a cenizas para salir corriendo al bosque, a la montaña, al desierto o a esconderse entre las alcantarillas, ideas que siempre tienen varias fichas y más a esta altura de la madrugada, donde el vodka es más que un amigo.
Pero como ya sabemos que lo que para uno es una caja para el otro es una silla; un auto abandonado, un cuarto de hotel; una botella rota, un candelabro; la mayoría de las cosas que no necesito llevarme son gratis y con el dinero de lo que se vende o lo que se pueda vender, lo usaré para remendar algunas velas del barco y así partir rumbo al Este por la autopista transcanadiense hasta chocar con el Atlántico norte y ver de que color son las gaviotas por allá o arrojar piedras al agua, uno de mis pasatiempos favoritos.