Vi-ta-mi-nas

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El sonido avisposo del cerrojo electrónico de la puerta abriéndose se mezcla con el de la lluvia que cae afuera mientras Margarita, una mujer en sus cuarenta y tantos, abre la puerta empapada. Con su pelo teñido de rojo cubriendole la cara y sus anteojos de Sol, entra a la cocina que compartimos en el sótano de la casa de habitaciones de la calle doce oeste. Parece haber estado caminando durante un largo rato porque la veo agitada, avanzando pesadamente con una cartera que se parece mucho a esas que se usan para llevar la bola para jugar bolos.

Mis reflejos no están en su mejor día, me levanté con resaca de vodka ruso barato y cervezas “Moño Azul”, sudo en frío y los sonidos parecen amplificarse en mi cabeza a medida que pasan los minutos. La cabeza me late como el corazón de una mula vieja subiendo una cuesta. Una verdadera pesadilla etílica.
Aturdido, tengo la idea en mi cabeza de que haciéndome un café instantáneo todo va a ir mejor, al menos este día, que parece estar perdido mientras el cielo plateado se cae a pedazos a las cinco de la tarde para darle la bienvenida a la noche otra vez.

Margarita vive en el cuarto que está junto al mío con Ron, su pareja. Ron es un personaje rústico también en sus cuarenta y tantos, de aspecto de jugador de hockey retirado, ojos desorbitados y acostumbrado a vestir camisas hawaianas de colores chillones desabotonadas.
El tipo de psicópata que deja mensajes escritos en papel pegados con cinta adhesiva sobre el tubo del teléfono (que también compartimos) diciendo “NO PASEN MENAJES PERSONALES POR EL TELEFONO”. Supongo que alguien le deberá una puñalada o dos, o el servicio penitenciario lo busca porque se dejó la biografía de Picasso en la celda del Pabellón para presos insanos.

Su cuarto está junto al mío pero solo los he visto en contadas ocaciones, sirviéndose vino tinto frío de una botella de plástico de dos litros en un vaso de Mac Donald’s extra largo o comiéndose la manteca salada a cucharadas en una de esas mañanas donde el Sol esta enterrado en el centro de la Tierra y los cuervos afuera en las calles, apuntando a los transeuntes con metralletas exigiéndoles incoherencias a grito pelado.
Otro de esos días en que pareciera que las sonrisas fuesen ilegales.
En cambio sí he tenido la oscura oportunidad de escucharlos, ya que la pared que separa nuestros cuartos es de un material similar al cartón mojado. Sus peleas nocturnas parecen montadas a una calesita del terror en la que el dueño hace malabares con pastillas de clonazepam y los caballitos se fueron de putas. Un verdadero descalabro sonoro y un certero provocador de pesadillas burlescas entrando aceitadamente a mi ya perturbado subconsciente en esas madrugadas que logro conciliar el sueño que terminan por levantarme de un salto creyendo que se van a matar justo en frente de mi puerta.

La cocina parece un baño químico gigante, con luces de bajo consumo que prendidas hacen un sonido similar a una mosca zumbando atrapada detrás de un vidrio. Carteles en taiwanes e inglés rezan la frase “Ahorrá Energía” con letras negras y fondo amarillo pegados debajo de los interruptores de luz como un souvenir apocalíptico del calentamiento global.
Lo más curioso es un cuadro de esos que se consiguen en el tipo de local “Importaciones de Asia” colgado en la pared más popular para los bichos bolita que logran entrar a la casa por la ventana, que a propósito, tiene un tamaño similar a las que se encuentran al costado de los pequeños yates.
El cuadro hace las veces de cárcel de cristal para una figura tridimensional de un pavo real blanco de plástico que permanece inmóvil sabiendo que no hay forma de escapar. Parece estar relleno de alguna sustancia hedionda y putrefacta que hace que el lugar huela como una carnicería.

Al verla entrar, la saludo tímidamente levantando la mano como si mi brazo estuviese entumecido, mirandole apenas la cara, casi sin querer; espástico, tratando de mantener mi vista enfocada en su frente o en su mentón para evitar chocar contra sus ojos huecos. Me siento como si un perro me estuviese mordiendo la espalda para tratar de subirse a mi cabeza y un chispazo mental de una golpiza en un callejón tailandés se estrella en mi retina cuando ella en cambio, contrae los músculos de su cara hasta producir una mueca rabiosa que se asemeja a una sonrisa. Supongo una regla protocolar de algún organismo expulsado de un protomundo subterráneo.
Su dentadura postiza se deja ver entre entre el telón de carne que es su cara arrugada y los labios que parecen pintados con un fibrón gastado, me hacen acordar a la cadena oxidada de mi bicicleta que en este momento esta afuera atada a una reja bajo la eterna lluvia que baña a esta insípida ciudad.

Dado por terminado el saludo protocolar insinúo con mi dedo índice señalando la taza, seguir con mi asunto de revolver la mezcla pastosa de café y azúcar pero ella vomita,”¡la puta madre como llueve!” Mientras se pasa la mano por la frente mojada, se saca los anteojos y continua, como si en la boca tuviese una de esas máquinas automáticas que disparan clavos, “acabo de ver como atropellaban a una anciana en la avenida, fue asombroso, sus bolsas de la verdulería volaron por los aires mientas las frutas y las verduras se eyectaron al cielo como si un pene gigante eyaculase fuegos artificiales en el calor del caribe. Por un momento nadé en éxtasis, como si la adrenalina de la situación me hubiese catapultado a una fiesta de la adolescencia. ¡Fue un momento mágico, irrepetible e inolvidable!”.
Algunas lagrimas de emoción brotaron torpemente de sus pupilas resecas y metió su mano en la cartera, supuse buscando un pañuelo.
Pero como si el discurso verborrágico e insensible que acababa de presenciar fuese poco, no pude contener mi asombro al observar más detenidamente su cartera para descubrir con asco que estaba llena hasta el tope de manzanas machucadas, trozos de papas, pedazos de cebolla, hojas de lechuga embarrada y un trozo de calabaza, entre un mar de otras verduras y frutas multicolores hechas añicos. Una verdulería ambulante del infierno.
Adivinando mis pensamientos, trata de sonreír aun más esforzando sus músculos de la cara a nuevos límites y en lo que a mi respecta, un calambre facial completo de una película horrorosamente siniestra, me dice: “Ja, ja, supuse que la pobre anciana ya no iba a necesitar sus verduras ya que la comida de los hospitales es muy buena y me tomé el trabajo de recoger algunas, ¡son para todos, como si fuésemos una comunidad!. Vi-ta-mi-nas eso es lo necesitamos querido o ¿acaso crees que me gusta ver que la comida se tire a la basura?
En ese momento yo no podía procesar toda la información correctamente y ni siquiera articulé una sola palabra.
Orgullosamente, abrió la puerta de la heladera y guardó las verduras, junto con la cartera dentro del primer mostrador.

El trip de la realidad me había sobrepasado y la resaca galopante me asfixiaba como si tuviese una bufanda enrollada en la cabeza en verano. Me senté y dejé mi taza azul a un costado, en la mesa de plástico de la cocina mientras escuchaba los arrastrantes pasos de Margarita alejándose para meterse en su cuarto.
Escucho el sonido de la pava sobre la hornalla casi explotando por el calor y levanto la cabeza para ver la pava derretirse ante mis ojos desorbitados en la tarde vomitiva del lunes.
El portazo que la señora al cerrar la puerta blanca de su cuarto me saca del trance casi instantáneamente. Me levanto como si nada y comienzo desde cero mi ritual cafeínico. Dos cucharadas de café instantáneo, tres de azúcar, unas gotas de agua y revuelvo un rato. Luego hecho agua y después un poco de leche. Revuelvo un poco más y listo, el café esta preparado.

MRJ