El amor está en un barco cruzando el desierto
사랑은 사막을 통해 배에 있다
Love is on a ship across the desert
“…Cordones Eléctricos entra como una tromba en la calle del azar, mientras Calogero baja por la garganta de un demonio…”. Me saco los auriculares mientras el tren metálico cargado de pasajeros, cruza a gran velocidad a través de la noche en el desierto.
En el vagón buffet, tres chicas piden gin-tonic a un cantinero negro y se ríen mientras suena el saxofón verde de un anciano con anteojos negros.
Yo estoy sentado en otro vagón, mirando la infinidad del desierto rojo por la ventana. Después de un largo rato de observación, creo ver un barco de carga en el horizonte, es un barco de gran porte, con una pequeña luz azul por encima de la cabina del capitán. Avanza lentamente, como si el tiempo no importase. No distingo su carga, parecen contenedores, pero no estoy seguro.
A medida que el tren avanza no le pierdo la mirada al barco, que sigue su marcha muy de a poco. Con el tiempo mi vista se acostumbra a su figura y comienza a darme detalles más precisos de lo que acarrea esa ballena de hierro. Los contenedores se desvanecen en mi imaginación y son reemplazados por montañas de desechos, entre los cuales se destaca una cabeza plástica gigante de una mujer, parece haber sido parte de un espectáculo de esos que se auspician como “Viaje por el cuerpo humano” en los parque de diversiones o ferias.
Se accede por la boca al resto del cuerpo, y dentro, se puede ver un hígado del tamaño de un auto o el corazón del tamaño de una casa.
Miro hacia el asiento del acompañante, buscando un cómplice de tamaño espectáculo, pero lo veo leer detenidamente el catálogo de la compañía ferroviaria en el que se explica detalladamente el espectáculo que hemos venido a ver. “VEA EL APOCALIPSIS A BORDO DEL TREN MAS MODERNO DE LA ARGENTINA” reza el folleto en el tope de todas sus páginas.
Yo ya lo había leído en mi casa, antes de partir. Una serie de artículos y entrevistas a científicos del porqué, el cómo y el cuando se acabaría la vida en manos de este “Apocalípsis Azul”, como ellos le hacían llamar y aunque yo era completamente escéptico a todo ese rollo del fin del mundo, había comprado el puto boleto de tren y estaba ahí, junto con el resto de los idiotas que querían ver “El APOCALIPSIS A BORDO DEL TREN MAS MODERNO DE LA ARGENTINA”. Pero no había mucho que perder, los boletos estaban de oferta. Los que no estaban de oferta eran los diferentes programas que ofrecían las agencias aero-espaciales, “SALVESE DEL APOCALIPSIS AZUL, COMIENCE UNA NUEVA VIDA EN LA LUNA”.
¿A quien se le hubiese ocurrido viajar a la Luna? Yo estaba completamente seguro de que la Luna estaba habitada por una protoespecie de simios, que no dudarían en acabar con cualquiera que se atreviese a pisarla. Estaba seguro, lo había visto en mis sueños y en el caso de que el equivocado fuese yo, no tenía forma de costear ese boleto. Obviamente era solo accesible para los más ricos del planeta, que accedieron a pagar con toda su fortuna el “Ticket Hacia una Nueva Vida”.
Por los altoparlantes de última generación, la voz cálida de una chica anunciaba que dentro de un minuto comenzaría el apocalipsis y aconsejaban situarse del lado derecho del tren.
Automáticamente toda la tripulación se agolpo en las ventanas del lado derecho. Yo no me moví de mi asiento. No iba a suceder nada, era toda una gran mentira de algún cretino magnate aburrido amigo de algún cerdo publicista.
Yo permanecí en mi asiento, mirando por la ventana, buscando en el horizonte al barco errante con la cabeza gigante de la chica de parque de atracciones.
Por el reflejo del vidrio podía ver a las personas mirando sus relojes o contando en forma regresiva, el espectáculo me daba náuseas, creían estar viendo un programa de T.V. o abriendo los regalos de la Navidad, era patético.
Faltaban diez segundos y mi vista seguía clavada en la cabeza gigante que avanzaba a través del desierto, y mientras los segundos avanzaban comencé a creerme todo el rollo del apocalipsis azul, ¡Hasta me encantó la idea! Por primera vez en todo el viaje estaba contento. Vi mi sonrisa reflejada en el vidrio del tren y también vi las primeras explosiones azules.
Era verdad, los malditos estaban en lo cierto, pequeños meteoritos estallaban en la superficie arenosa del desierto y una esquirla de uno había desecho los vidrios de mi vagón. Pero no me moví del asiento, no podía. La atracción de la cabeza gigante era más fuerte que cualquier otra cosa en el mundo, incluso que el Apocalipsis. Sentí unos incontrolables deseos de estar en el barco con la cabeza gigante de la chica del parque de atracciones. Sentí unas ganas locas de besarla. Por primera vez en muchos años sabía lo que tenía que hacer, sabía cual era el camino a seguir. Me arrojé por la ventana hacia el desierto, que ahora estaba azul.


