Vi-ta-mi-nas

April 8, 2009

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El sonido avisposo del cerrojo electrónico de la puerta abriéndose se mezcla con el de la lluvia que cae afuera mientras Margarita, una mujer en sus cuarenta y tantos, abre la puerta empapada. Con su pelo teñido de rojo cubriendole la cara y sus anteojos de Sol, entra a la cocina que compartimos en el sótano de la casa de habitaciones de la calle doce oeste. Parece haber estado caminando durante un largo rato porque la veo agita, avanzando pesadamente con una cartera que se parece mucho a esas que se usan para llevar la bola para jugar bolos.

Mis reflejos no están en su mejor día, me levanté con resaca de vodka ruso barato y cervezas “Moño Azul”, sudo en frío y los sonidos parecen amplificarse en mi cabeza a medida que pasan los minutos. La cabeza me late como el corazón de una mula vieja subiendo una cuesta. Una verdadera pesadilla etílica.
Aturdido, tengo la idea en mi cabeza de que haciéndome un café instantáneo todo va a ir mejor, al menos este día, que parece estar perdido mientras el cielo plateado se cae a pedazos a las cinco de la tarde para darle la bienvenida a la noche otra vez.

Margarita vive en el cuarto que está junto al mío con Ron, su pareja. Ron es un personaje rústico también en sus cuarenta y tantos, de aspecto de jugador de hockey retirado, ojos desorbitados y acostumbrado a vestir camisas hawaianas de colores chillones desabotonadas.
El tipo de psicópata que deja mensajes escritos en papel pegados con cinta adhesiva sobre el tubo del teléfono (que también compartimos) diciendo “NO PASEN MENAJES PERSONALES POR EL TELEFONO”. Supongo que alguien le deberá una puñalada o dos, o el servicio penitenciario lo busca porque se dejó la biografía de Picasso en la celda del Pabellón para presos insanos.

Su cuarto está junto al mío pero solo los he visto en contadas ocaciones, sirviéndose vino tinto frío de una botella de plástico de dos litros en un vaso de Mac Donald’s extra largo o comiéndose la manteca salada a cucharadas en una de esas mañanas donde el Sol esta enterrado en el centro de la Tierra y los cuervos afuera en las calles, apuntando a los transeuntes con metralletas exigiéndoles incoherencias a grito pelado.
Otro de esos días en que pareciera que las sonrisas fuesen ilegales
En cambio si he tenido la oscura oportunidad de escucharlos, ya que la pared que separa nuestros cuartos es de un material similar al cartón mojado. Sus peleas nocturnas parecen montadas a una calesita del terror en la que el dueño hace malabares con pastillas de clonazepam y los caballitos se fueron de putas. Un verdadero descalabro sonoro y un certero provocador de pesadillas burlescas entrando aceitadamente a mi ya perturbado subconsciente en esas madrugadas que logro conciliar el sueño que terminan por levantarme de un salto creyendo que se van a matar justo en frente de mi puerta.

La cocina parece un baño químico gigante, con luces de bajo consumo que prendidas hacen un sonido similar a una mosca zumbando atrapada detrás de un vidrio. Carteles en taiwanes e inglés rezan la frase “Ahorrá Energía” con letras negras y fondo amarillo pegados debajo de los interruptores de luz como un souvenir apocalíptico del calentamiento global.
Lo más curioso es un cuadro de esos que se consiguen en el tipo de local “Importaciones de Asia” colgado en la pared más popular para los bichos bolita que logran entrar a la casa por la ventana, que a propósito, tiene un tamaño similar a las que se encuentran al costado de los pequeños yates.
El cuadro hace las veces de cárcel de cristal para una figura tridimensional de un pavo real blanco de plástico que permanece inmóvil sabiendo que no hay forma de escapar. Parece estar relleno de alguna sustancia hedionda y putrefacta que hace que el lugar huela como una carnicería.

Al verla entrar, la saludo tímidamente levantando la mano como si mi brazo estuviese entumecido, mirandole apenas la cara, casi sin querer; espástico, tratando de mantener mi vista enfocada en su frente o en su mentón para evitar chocar contra sus ojos huecos. Me siento como si un perro me estuviese mordiendo la espalda para tratar de subirse a mi cabeza y un chispazo mental de una golpiza en un callejón tailandés se estrella en mi retina cuando ella en cambio, contrae los músculos de su cara hasta producir una mueca rabiosa que se asemeja a una sonrisa. Supongo una regla protocolar de algún organismo expulsado de un protomundo subterráneo.
Su dentadura postiza se deja ver entre entre el telón de carne que es su cara arrugada y los labios que parecen pintados con un fibrón gastado, me hacen acordar a la cadena oxidada de mi bicicleta que en este momento esta afuera atada a una reja bajo la eterna lluvia que baña a esta insípida ciudad.

Dado por terminado el saludo protocolar insinúo con mi dedo índice señalando la taza, seguir con mi asunto de revolver la mezcla pastosa de café y azúcar pero ella vomita,”¡la puta madre como llueve!” Mientras se pasa la mano por la frente mojada, se saca los anteojos y continua, como si en la boca tuviese una de esas máquinas automáticas que disparan clavos, “acabo de ver como atropellaban a una anciana en la avenida, fue asombroso, sus bolsas de la verdulería volaron por los aires mientas las frutas y las verduras se eyectaron al cielo como si un pene gigante eyaculase fuegos artificiales en el calor del caribe. Por un momento nadé en éxtasis, como si la adrenalina de la situación me hubiese catapultado a una fiesta de la adolescencia. ¡Fue un momento mágico, irrepetible e inolvidable!”.
Algunas lagrimas de emoción brotaron torpemente de sus pupilas resecas y metió su mano en la cartera, supuse buscando un pañuelo.
Pero como si el discurso verborrágico e insensible que acababa de presenciar fuese poco, no pude contener mi asombro al observar más detenidamente su cartera para descubrir con asco que estaba llena hasta el tope de manzanas machucadas, trozos de papas, pedazos de cebolla, hojas de lechuga embarrada y un trozo de calabaza, entre un mar de otras verduras y frutas multicolores hechas añicos. Una verdulería ambulante del infierno.
Adivinando mis pensamientos, trata de sonreír aun más esforzando sus músculos de la cara a nuevos límites y en lo que a mi respecta, un calambre facial completo de una película horrorosamente siniestra, me dice: “Ja, ja, supuse que la pobre anciana ya no iba a necesitar sus verduras ya que la comida de los hospitales es muy buena y me tomé el trabajo de recoger algunas, ¡son para todos, como si fuésemos una comunidad!. Vi-ta-mi-nas eso es lo necesitamos querido o ¿acaso crees que me gusta ver que la comida se tire a la basura?
En ese momento yo no podía procesar toda la información correctamente y ni siquiera articulé una sola palabra.
Orgullosamente, abrió la puerta de la heladera y guardó las verduras, junto con la cartera dentro del primer mostrador.

El trip de la realidad me había sobrepasado y la resaca galopante me asfixiaba como si tuviese una bufanda enrollada en la cabeza en verano. Me senté y dejé mi taza azul a un costado, en la mesa de plástico de la cocina mientras escuchaba los arrastrantes pasos de Margarita alejándose para meterse en su cuarto.
Escucho el sonido de la pava sobre la hornalla casi explotando por el calor y levanto la cabeza para ver la pava derretirse ante mis ojos desorbitados en la tarde vomitiva del lunes.
El portazo que la señora al cerrar la puerta blanca de su cuarto me saca del trance casi instantáneamente. Me levanto como si nada y comienzo desde cero mi ritual cafeínico. Dos cucharadas de café instantáneo, tres de azúcar, unas gotas de agua y revuelvo un rato. Luego hecho agua y después un poco de leche. Revuelvo un poco más y listo, el café esta preparado.

MRJ

El amor está en un barco cruzando el desierto

April 2, 2009

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사랑은 사막을 통해 배에 있다
Love is on a ship across the desert

“…Cordones Eléctricos entra como una tromba en la calle del azar, mientras Calogero baja por la garganta de un demonio…”. Me saco los auriculares mientras el tren metálico cargado de pasajeros, cruza a gran velocidad a través de la noche en el desierto.
En el vagón buffet, tres chicas piden gin-tonic a un cantinero negro y se ríen mientras suena el saxofón verde de un anciano con anteojos negros.
Yo estoy sentado en otro vagón, mirando la infinidad del desierto rojo por la ventana. Después de un largo rato de observación, creo ver un barco de carga en el horizonte, es un barco de gran porte, con una pequeña luz azul por encima de la cabina del capitán. Avanza lentamente, como si el tiempo no importase. No distingo su carga, parecen contenedores, pero no estoy seguro.

hightomandoA medida que el tren avanza no le pierdo la mirada al barco, que sigue su marcha muy de a poco. Con el tiempo mi vista se acostumbra a su figura y comienza a darme detalles más precisos de lo que acarrea esa ballena de hierro. Los contenedores se desvanecen en mi imaginación y son reemplazados por montañas de desechos, entre los cuales se destaca una cabeza plástica gigante de una mujer, parece haber sido parte de un espectáculo de esos que se auspician como “Viaje por el cuerpo humano” en los parque de diversiones o ferias.
Se accede por la boca al resto del cuerpo, y dentro, se puede ver un hígado del tamaño de un auto o el corazón del tamaño de una casa.
Miro hacia el asiento del acompañante, buscando un cómplice de tamaño espectáculo, pero lo veo leer detenidamente el catálogo de la compañía ferroviaria en el que se explica detalladamente el espectáculo que hemos venido a ver. “VEA EL APOCALIPSIS A BORDO DEL TREN MAS MODERNO DE LA ARGENTINA” reza el folleto en el tope de todas sus páginas.

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Yo ya lo había leído en mi casa, antes de partir. Una serie de artículos y entrevistas a científicos del porqué, el cómo y el cuando se acabaría la vida en manos de este “Apocalípsis Azul”, como ellos le hacían llamar y aunque yo era completamente escéptico a todo ese rollo del fin del mundo, había comprado el puto boleto de tren y estaba ahí, junto con el resto de los idiotas que querían ver “El APOCALIPSIS A BORDO DEL TREN MAS MODERNO DE LA ARGENTINA”. Pero no había mucho que perder, los boletos estaban de oferta. Los que no estaban de oferta eran los diferentes programas que ofrecían las agencias aero-espaciales, “SALVESE DEL APOCALIPSIS AZUL, COMIENCE UNA NUEVA VIDA EN LA LUNA”.
¿A quien se le hubiese ocurrido viajar a la Luna? Yo estaba completamente seguro de que la Luna estaba habitada por una protoespecie de simios, que no dudarían en acabar con cualquiera que se atreviese a pisarla. Estaba seguro, lo había visto en mis sueños y en el caso de que el equivocado fuese yo, no tenía forma de costear ese boleto. Obviamente era solo accesible para los más ricos del planeta, que accedieron a pagar con toda su fortuna el “Ticket Hacia una Nueva Vida”.
Por los altoparlantes de última generación, la voz cálida de una chica anunciaba que dentro de un minuto comenzaría el apocalipsis y aconsejaban situarse del lado derecho del tren.
Automáticamente toda la tripulación se agolpo en las ventanas del lado derecho. Yo no me moví de mi asiento. No iba a suceder nada, era toda una gran mentira de algún cretino magnate aburrido amigo de algún cerdo publicista.
Yo permanecí en mi asiento, mirando por la ventana, buscando en el horizonte al barco errante con la cabeza gigante de la chica de parque de atracciones.
Por el reflejo del vidrio podía ver a las personas mirando sus relojes o contando en forma regresiva, el espectáculo me daba náuseas, creían estar viendo un programa de T.V. o abriendo los regalos de la Navidad, era patético.

Faltaban diez segundos y mi vista seguía clavada en la cabeza gigante que avanzaba a través del desierto, y mientras los segundos avanzaban comencé a creerme todo el rollo del apocalipsis azul, ¡Hasta me encantó la idea! Por primera vez en todo el viaje estaba contento. Vi mi sonrisa reflejada en el vidrio del tren y también vi las primeras explosiones azules.

Era verdad, los malditos estaban en lo cierto, pequeños meteoritos estallaban en la superficie arenosa del desierto y una esquirla de uno había desecho los vidrios de mi vagón. Pero no me moví del asiento, no podía. La atracción de la cabeza gigante era más fuerte que cualquier otra cosa en el mundo, incluso que el Apocalipsis. Sentí unos incontrolables deseos de estar en el barco con la cabeza gigante de la chica del parque de atracciones. Sentí unas ganas locas de besarla. Por primera vez en muchos años sabía lo que tenía que hacer, sabía cual era el camino a seguir. Me arrojé por la ventana hacia el desierto, que ahora estaba azul.

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