El Pibe Alcantarilla

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하수구 아이
The Sewer Kid

Desde hace un tiempo fue cobrando una dimensión inesperada la infección de una herida que tengo en la espalda. Lo que era una simple “cascarita” dio paso a unas ampollas similares a las de una quemadura, lo que me hace imposible dormir de espaldas.
En esta última semana, las ampollas crecieron en número y tamaño. Todo un microcosmos de dolor creciendo detrás mío. Por dentro de las ampollas siento una efervescencia cáustica que a decir verdad me da un poco de miedo, como si todo el asunto fuese a explotar de un momento a otro. Pero otras veces siento todo lo contrario. Ese movimiento dispara en mi mente imágenes de niños jugando bajo la lluvia en un parque, hamacandose o solo riendo a carcajadas mientras saltan en una cama elástica y toman jugo de sandia. En esos momentos abrazo ese sentimiento de compañía mental como si fuese el último cohete de un planeta a punto de explotar disparado hacia el espacio y entonces una sonrisa se dibuja en mi cara.

Me encantaría poder ver directamente al centro del asunto. En un pico de efervescencia, las ampollas parecen emitir una cálida luz intermitente, como si de alguna forma se hubiesen metido dentro docenas de luciérnagas borrachas y no pudiesen encontrar la salida.
Lo mas interesante o atemorizante tal vez, es que con el paso del tiempo esa efervescencia y luminosidad han perdido ese frenesí aleatorio y descontrolado y han dado paso a lo que yo llamo una rutina coreografiada de luz y movimiento que puedo presenciar proyectada en las paredes del acueducto.

La luz intermitente de neón verde del cartel “24hs” de la farmacia se entremezcla con el otro de color rojo que dice “Cerveza Fría” en un almacén Peruano a punto de cerrar, cerca de Callao y Corrientes. El espectáculo de neón incandescente se filtra por una de las rendijas de una alcantarilla al costado del cordón e ilumina parte del acueducto, que hoy viernes esta seco y por eso esta tarde me encontré un regalo, lo que en un primer momento creí una alcancía, resulto ser un pequeño instrumento de viento que al ejecutarlo dota a la escena de una alegría inusitada.

Inesperadamente la melodía atrae a unos roedores que desde un rincón me clavan la mirada como si estuviesen a punto de recibir una orden. Pongo mi puño en la boca como formando un megáfono y les digo:¡Bienvenidos al banquete imaginario, por favor, sirvanse cuanto gusten! Les digo mientras se me cae una gota de saliva espesa y los imagino aplaudiendo vigorosamente, como si estuviesen sentados cómodamente en sillones de pana roja en un teatro céntrico de una Buenos Aires pos apocalíptica, vistiendo de smoking y sonriendo en un festín grotesco.
¡No hay necesidad de formalidades, sientanse como en su casa! ¡Adelante, adelante! ¡No tengan miedo, solo estoy un poco sucio nada más!
El destello de sus ojos me encandila sumiendome en una ceguera temporal. Imagino las estrellas afuera en lo alto latiendo sin sentido mientras un relámpago estalla como si un gigante cayese sobre un techo en una noche azul.

Con los ojos cerrados vuelvo mi cabeza hacia atrás y me doy cuenta que las ampollas tienen el tamaño de un melón y un color rojo crudo. Sintiendo que tengo una carnicería barata en la espalda vuelvo a mirar a la pared y descubro la proyección de las ampollas con mucha más definición.
Nítidamente, podía apreciar figuras recortadas en sombra, como hechas de papel o cartulina, moviendose toscamente, espásticas, enardecidas y errantes.
Casi involuntariamente vuelvo a soplar el instrumento de viento. La madera de la cual esta hecho parece dotar al sonido de una textura rupestre y terrosa. Un pájaro cubista andino pintado de azul en la tapa con el pico abierto, exclamando. Formas geométricas lo rodean sin tocarlo. Me descubro contento al escuchar la melodía, me tiemblan las manos y el pelo se me viene a la cara aunque puedo continuar mirando las sombras de marionetas moviendose bajo la ciudad que duerme pero todos están borrachos por la noche.
Trato de dar forma a una tonada tapando y destapando con el dedo indice el agujero de la cajita de madera pero no puedo. Mis intentos de musicalizar la obra son en vano. Solo consigo un sonido repetitivo y casi tribal. Una especie de mantra del altiplano.

Las figuras resultan ser un gato y un mono. El felino busca jugar persiguiendo la cola del simio y este, como absorbido por la música, baila mientras aplaude con sus manos por sobre su cabeza sin prestar atención al gato, que insiste infinitamente con el juego.

Ya pasaron decenas de años desde el momento en que tomé la decisión de abandonar el mundo de los humanos o lo que ellos llaman “Civilización” para adentrarme en el mundo subterráneo de los acueductos porteños con la idea de nunca más salir. Desde ese momento no había vivido una intensidad y una emoción tan fuerte como en este momento, pero no pude resistirlo. Me quebré en llantos mientras el temblor de mis manos dejaba caer el instrumento de madera y este se perdía en la oscuridad espesa de una zanja.
En ese momento otro relámpago parecía abrir el cielo en mil pedazos y la lluvia estallaba en las calles del centro Buenos Aires. El acueducto comenzaba a inundarse lentamente mientras yo me alejaba hacia un lugar seco y seguro, recordando como si fuese un sueño el espectáculo que acababa de presenciar.

Me sequé las lágrimas con las manos y mientras caminaba por el pasillo húmedo y oscuro del acueducto, acaricie suavemente las ampollas con mi mano húmeda y todavía temblorosa.

Al otro día la lluvia continuaba incesantemente pero yo había alcanzado refugios más altos dentro de los pasillos subterráneos y ya no corría peligro.
Desperté de espaldas mirando hacia arriba, por lo que me di cuenta que estaba en el corredor 99G, casi en la intersección entre la Avenida Las Heras y Pueyrredon.
Después de un rato de observar el laberinto de tuberías oxidadas y enmohecidas, me incorporé de un salto imaginando las ampollas explotadas y casi instantáneamente llevé la mano a la espalda esperando lo peor.
Ya no había ampollas ni tampoco dolor y por lo tanto no volvería a haber luces ni espectáculo de sombras.

Un torrente de agua de desechos se habría unos metros por delante mío y vi como el instrumento de madera con la imagen del pájaro azul caía casi en cámara lenta entre latas de tomate, botellas de Coca-Cola y diarios gratuitos mojados. No pude seguir el recorrido del instrumento, que se camufló entre la basura húmeda y en mi búsqueda desesperada mi cara se disfrazó de pánico al leer el título de la portada de uno de los diarios empapados: Pronostican la Peor Tormenta de los Ultimos Cien Años en Buenos Aires.

Lentamente me senté en el cemento frío y húmedo. Saqué una pequeña radio que siempre llevaba conmigo en el bolsillo. No había mucho que yo pudiese hacer. Busqué en el dial mi estación preferida y me dispuse a esperar que el mono y el gato vieniesen a rescatarme.