Jaula Nueva para el Mono

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원숭이를 위한 새로운 감금소
New Cage for the Monkey

En el momento que abro la puerta de entrada, sale disparado hacia la calle y rápidamente lo pierdo de vista, inmovilizado, sabiendo que es imposible atraparlo. El mono vuelve a escaparse.
Al tiempo lo encuentro, lo baño, lo peino, le doy de comer y se queda tranquilo.
A las pocas semanas lo veo con la cara pegada a la ventana otra vez; los autos pasando echando humo, la nieve rodando con el viento, los pájaros picoteandose por una ramita, las personas grises yendo al trabajo heladas en la mañana de invierno. Todo lo que está afuera absorve su atención.
Por el reflejo del vidrio puedo ver su cara compenetrada con el infinito. Sus ojos laten brillantes mientras sus manos pellizcan el marco de madera despintada. Siento que puede ver mas allá de la calle, de las chimeneas o de las antenas oxidadas en los techos de las casas del barrio. Puede ver la ciudad encendiendose por la noche y escuchar las bocinas de los buses atravesando las calles del centro; los vagabundos pidiendo monedas en la estacion y las putas maquillandose en el cordón de la calle pensando en el chute que tiene en la cartera; los taxis llenos y los centavos de cobre tirados en el asfalto mientras el neón de los restaurantes del barrio chino se apagan por la mañan; las peleas en los bares y el sonido de una botella estallando en alguna parte; las playas vacías en invierno y una paloma muerta en una terraza bajo el sol de la tarde que se acaba.
Más allá de todo eso, los caminos y las rutas, las montañas azules y los árboles imponentes. El sonido oxidado de los trenes llevando avena al más allá al momento en que las nubes nadan en un atardecer rojo de verano, mientras las estrellas se descargan cantando melancolías y titilando tímidamente hasta desaparecer en la oscuridad de la habitación infinita.

Apago la luz y el simio se queda dormido.

Meses después vuelve a fugarse. Salta en trenes, viaja en camiones de carga, come sardinas enlatadas al pie de una montaña, visita pueblos escondidos y hasta presciento que mantiene conversaciones existenciales interminables y estimulantes con conductores borrachos, osos pardos y musarañas sobrealimentadas. El agua de un lago le muestra su pasado y juntos ríen compartiendo anécdotas que creían haber olvidado. En la orilla, se acurruca en unos pastizales secos y las lágrimas se le caen mientras la fogata se desvanece como diciendo hasta mañana.

Una tarde aparece mientras estoy lavando los platos. Me sorprende disparando una diatriba de incongruencias que me abruman y me confunden.
Nos damos un abrazo estruendos que me contagia sus anécdotas mejor que las palabras y es en ese momento que por un momento puedo entenderlo todo. Por un segundo pienso que nada es verdad y que todo lo que hacemos no tiene sentido. Un pozo gigante se abre en el piso frente a mi y veo en el fondo brillar como oro la palabra miedo.
Me pongo la campera y salgo para la calle a comprar el mejor champagne que encuentre en el mercado. ¡El mono ha regresado y hay que festejarlo!